Sector primario
Un día de faena en Arguineguín en la zafra del atún rojo: «Aquí el trabajo lo pasa la persona, no la máquina»
La llegada de atún rojo a Arguineguín en 2026 marca el inicio de una campaña esperada por el sector pesquero, pero también revela los desafíos que enfrentan los pescadores.

Jesús Vega, patrón mayor de Arguineguín. / José Pérez Curbelo
La primera descarga de atún rojo de 2026 en Gran Canaria llegó hace unos días a Arguineguín con cinco ejemplares que sumaron 1.274 kilos. La imagen del desembarco, en la Cofradía de Pescadores, marcó el inicio de una campaña muy esperada por el sector y devolvió al muelle una estampa reconocible en este rincón del sur: la del pescado sobre tierra, la de los marineros en movimiento, la del puerto como lugar de trabajo y, en especial, la de identidad y memoria.
No obstante, detrás de esa escena de arranque de temporada hay una realidad mucho menos vistosa, hecha de noches sin dormir, salidas largas, cuentas cada vez más difíciles de cuadrar y una incertidumbre que acompaña al pescador desde que abandona el puerto hasta que regresa. Esa realidad la resume Jesús Vega Medina, patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Arguineguín desde el 16 de abril del año pasado, y pescador desde prácticamente toda la vida.
Jesús Vega empezó en la mar con tan solo 12 años, faenando con sus tíos después del colegio
Jesús cuenta que empezó prácticamente de niño. Primero, con 12 años; después, con 14, cuando ya combinaba el colegio por las mañanas con las tardes de caballa o de trasmallo junto a sus tíos. La pesca, en su caso, no fue una salida laboral descubierta con el tiempo, sino una tradición familiar, una forma de crecer y de ocupar el mundo. Más adelante, al cumplir los 18, se marchó a Tenerife, donde trabajó durante 17 años en una de las grandes empresas del sector. Aquella etapa le dio experiencia, oficio y perspectiva. En 2019, tomó la decisión de comprar su propio barco. Era un riesgo, reconoce, pero también una forma de hacer suyo un camino que venía de lejos.
Una tradición familiar
En homenaje a sus padres, Jesús Vega bautizó su barco como Julio y Olga. No es una embarcación cualquiera: con 19 metros, explica que es la más grande de Gran Canaria dedicada a la pesca azul. No obstante, su valor va más allá del tamaño. En los muelles, donde cada barco arrastra una historia, los nombres nunca son un simple nombre: hablan del origen, de la familia y de la memoria con la que cada pescador sale a la mar a faenar. En su caso, además, ese vínculo con Arguineguín sigue plenamente vivo. Jesús aún tiene tíos dedicados al oficio; uno trabaja con él a bordo y otro faena en su propio barco junto a su hijo. La pesca, en este rincón del sur, sigue siendo también una herencia que pasa de una generación a otra.

Jesús Vega Medina, junto a su barco 'Julio y Olga'. / José Pérez Curbelo
Desde esa experiencia, Vega defiende una idea que en el muelle se entiende sin necesidad de grandes discursos: la pesca artesanal no es solo una actividad productiva, sino una manera de relacionarse con la mar. Una forma de trabajar, de medir los tiempos, de asumir el esfuerzo y de entender los límites. Frente a otros modelos más industriales, reivindica una pesca de anzuelo, selectiva, donde cada pieza cuenta y donde el trabajo recae directamente sobre el pescador. «Aquí el trabajo lo pasa la persona, no la máquina», explica, al insistir en que el ejemplar pequeño se devuelve al agua y en que nadie está más interesado en proteger la mar que quien vive de ella.
Una jornada cualquiera, antes del amanecer
La teoría se comprende mejor cuando se escucha cómo describe una jornada cualquiera. La faena puede empezar al oscurecer, saliendo del muelle para intentar conseguir cebo vivo durante la noche. Hay que mirar partes meteorológicos, tantear el tiempo, medir el viento y ver si las condiciones permitirán trabajar. Si la carnada entra pronto, toca descansar unas horas. Si no, la noche se va entera en ello. Después llega la jornada de día: salir de nuevo al amanecer, con los prismáticos en mano, pendientes del «averío», de los pardelos agrupados, de cualquier señal que delate la presencia del pescado. Y cuando aparece, todavía queda lo más duro: lograr que pique, pelearlo, subirlo a bordo, medirlo, empaquetarlo y registrar toda la información en el diario electrónico. Nada es inmediato. Nada está garantizado.
En esa descripción está una de las claves encarna la figura de Jesús Vega: el pescador artesanal no sale a recoger un recurso disponible, sino a buscarlo en una negociación constante con la mar, el tiempo y la resistencia física. Puede pasar cuatro días fuera y volver con un solo atún rojo. O salir al día siguiente y dar con diez o doce piezas. Esa incertidumbre, que en otro oficio sería un problema insoportable, forma parte aquí de la lógica del trabajo. Es dureza, pero también es la razón por la que muchos marineros siguen hablando de la mar con una mezcla de cansancio, respeto y belleza.

Pesca del día en el muelle de Arguineguín. / José Pérez Curbelo
El combustible, un nuevo reto para el sector
La campaña de este año, además, ha comenzado con mejores sensaciones que la anterior. Jesús explica que enero y febrero fueron meses flojos, sin apenas movimiento, y que fue a finales de marzo cuando empezó a verse algo más de pescado y de cebo vivo. Ya en abril, tras el paso del temporal, la expectativa mejoró y en distintas islas comenzaron a registrarse capturas. La noticia del desembarco en Arguineguín va en esa línea: el inicio de campaña en la isla llega con margen dentro de la cuota asignada a Canarias, fijada en 500 toneladas, y con la percepción compartida por el sector de que el arranque ha sido más rápido de lo habitual.
Sin embargo, ese relativo optimismo choca de frente con el principal problema que hoy desvela al sector: el coste del combustible. Vega no duda al señalar el gasóleo como la amenaza más inmediata. Explica que, si antes podían repostar a 40 o 50 céntimos, ahora el litro ronda los 1,34 euros. Y eso, en barcos que consumen miles de litros, cambia por completo la ecuación. En su caso, con una embarcación de 19 metros y cinco personas trabajando, el gasto mensual entre combustible, Seguridad Social y víveres puede dispararse hasta los 9.000 o 10.000 euros. Hay barcos, asegura, que ya están planteándose amarrar porque salir a faenar deja de ser rentable.
La pesca artesanal no es solo un recurso económico, sino una forma de vida y una tradición familiar
En 2025 la cofradía recibió 300 toneladas menos
Asimismo, Vega habla también del aumento general de los costes, de la subida de la Seguridad Social, de las exigencias administrativas, de una burocracia cada vez más presente en un oficio que tradicionalmente se ha hecho con las manos y con la experiencia. Y añade otra derivada: cuando los barcos paran, no sufre solo el pescador. También se resiente la cofradía, que depende de la actividad de la flota y de todo lo que se mueve alrededor del muelle. Según explica, el año pasado la cofradía facturó 300 toneladas menos.

El barco 'Julio y Olga', entrando al muelle de Arguineguín. / José Pérez Curbelo
En esa tensión entre orgullo y amenaza se mueve hoy la pesca artesanal de Arguineguín. Por un lado, mantiene intacto su valor identitario en una isla donde el turismo ha transformado el paisaje y la economía del sur. Por otro, vive sometida a unos costes que ponen en cuestión su continuidad. Y, en medio, están hombres y mujeres, como Jesús Vega, que hablan con crudeza de las dificultades, pero sin dejar de afirmar que volverían a elegir esta vida. Lo dice sin épica forzada, casi como quien constata una evidencia: «no sabría hacer otra cosa». Esa frase, más que una resignación, parece una declaración de pertenencia.
Entender la historia pesquera de la isla
La defensa de esta pesca va más allá del presente inmediato. En una isla donde el turismo ha reordenado el paisaje económico y social del sur, oficios como este siguen siendo esenciales para entender de dónde viene una parte de Gran Canaria. No solo por lo que generan, sino por lo que conservan: un vocabulario, una forma de organizar el tiempo, una cultura del esfuerzo y una relación directa con la mar. Jesús Vega, con apenas un año al frente de la cofradía, representa esa continuidad. La de quienes siguen saliendo sabiendo que cada marea es incierta, que los costes aprietan y que el oficio pide cada vez más, pero también la de quienes no conciben otra vida lejos del salitre.
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