El Pollo Florido: 89 años de olvido de su muerte en la Sima de Jinámar en 1937
Figura de la lucha canaria en los años 20 y 30 del pasado siglo, José Santana Florido arrastró bravamente con él a uno de sus raptores al fondo de la cueva en la que murió con 35 años

José Santana Florido. / La Provincia
Andrés Armas Suárez
Nada menos que 89 años han tenido que pasar para que José Santana Florido, el Pollo Florido, desaparecido y muerto trágicamente en 1937 al ser arrojado por la Sima de Jinámar con 35 años por la sinrazón de la guerra civil fraticida que padecimos ( ¡89 años ! ), para que alguien haya rescatado del olvido a un modesto chófer y padre de familia, cuyo único pecado fue el de ser militante del Partido Socialista y destacado, muy destacado, puntal de la lucha canaria. Ese «alguien» se llama Ayuntamiento de Telde, ciudad natal de Florido.
Murió como un valiente, luchando bravamente para no caer en el interminable vacío de la cueva, tanto que arrastró con él a uno de sus raptores. Sus restos nunca han sido extraídos de aquella inmensa, vergonzosa y aberrante tumba… ¿Lo serán algún día …?
He de confesar que la primera vez que oí hablar de José Santana Florido, el legendario y famoso Pollo Florido, puntal de la lucha canaria como he manifestado en los años 20 y 30 del pasado siglo, fue en el mes de octubre de 1950. Tenía yo entonces 13 años, con motivo de una fecha histórica para el internado Hogar Mario César, Casa del Niño, de Auxilio Social, donde me encontraba con 300 acogidos más, con el amargo calificativo de huérfanos de guerra y pobres de solemnidad.
Fue el día en el que Francisco Franco visitó el internado, que al evocarlo hoy me trae gratos recuerdos de mi niñez y adolescencia, y de tantos e inolvidables amigos, la gran mayoría de mi generación, de mi pandilla ya fallecidos. Sólo vivimos mi entrañable Miguel Ambrosio Medina Castellano, que cumplirá los 90 en septiembre y yo, que firmaré los 89 dentro de un mes.
Con la perspectiva y objetiva valoración de los 76 años transcurridos de aquella visita, y analizando hoy la realidad sociopolítica de la época, he de decir que de aquellas peculiares vivencias e ideologías impuestas no queda, ni quedó, felizmente, absolutamente nada.
Una familia unida
Fue un día de vítores y pleitesías a la persona del ilustre visitante con desfiles, con camisas azules y boinas rojas, banderas al viento, canciones con letras de las juventudes hitlerianas (... Volveré a esperarte en la vieja farola frente al cuartel, con ella soñaré, en tí Lilí Marlen, en tí Lili Marlen… acaso aquí la vida perderé, volveré a besarte bajo la farola y a pensar siempre en tí, Lilí Marlen…).
Todo el internado se convirtió en una multitudinaria borrachera de vítores, y aclamaciones, «todo», con dos excepciones, con dos protagonistas, los hijos de José Santana Florido, Gonzalo y Óscar, al negarse en redondo, de manera tajante, a participar en los actos del inacabado boato y exaltación programados. Sus amigos de entonces, con el tiempo, supimos valorar y comprender la firmeza mostrada por ellos dentro del férreo y dictatorial sistema educativo imperante aquel día.
Pasaron los años, nos hicimos mayores. Cada uno emprendió un camino en busca de un futuro, por cierto, muy complicado en los años cincuenta, sesenta y setenta. A la Universidad sólo podían acceder los hijos de la clase media-alta. Sin embargo, algunos conseguimos hacernos con buenos puestos en el mercado laboral de la época: Gonzalo fue ingeniero industrial, con una importante responsabilidad en una empresa de Madrid; Óscar, alcanzó el rango de comandante en el Ejército del Aire; Miguel Ambrosio desarrolló su prolongada vida laboral en Cepsa, y quien suscribe, obtuvo la titulación oficial para la dirección de empresas y actividades turísticas, desempeñando funciones, primero en hoteles y entre 1972-2007 (35 años) en la Caja Insular de Ahorros.
Mi amistad con los hijos del Pollo Florido fue excelente, pero mucho más con Gonzalo, cuando a mitad de los ochenta volvió desde Madrid a su tierra. Nos veíamos casi a diario. ¡Claro que hablamos largamente de su padre, de lo que él vivió con sólo seis años! De su familia, de su hermano Óscar y de sus hermanas, Ángela, Elia y de Ana María y Josefa María, que viven todavía, con 88 y 90 años y que a través de María José, hija de Josefa María, de 54 años, nos relatan la crueldad del momento vivido en 1937. «Dos policías tocaron una mañana en la puerta de la casa de su hermana en la fábrica del hielo, cerca del Parque Santa Catalina, donde vivían. Preguntaron por José Santana Florido, en esos momentos descansando, después de comer. Le llevaron a una cárcel ubicada en la calle Luis Antúnez, en Alcaravaneras (hoy en día es un centro escolar). Allí le encerraron. Mi abuela, que estaba embarazada, iba todos los días a llevarle la comida, acompañada de su hijo, mi tío Gonzalo, que tenía 6 años. Un día nos dijeron que lo habían trasladado a Gando… y no lo volvimos a ver…».
Gonzalo recordaba con pasmosa nitidez, aquellos angustiosos momentos, a su padre en la cárcel sin saber por qué, a su madre llorando, imágenes que marcaron surcos en su tierna mente.
Fue un modesto chófer de camión, arrendatario de pequeñas parcelas de terreno para cultivo de tomates y plátanos y destacado puntal de la lucha canaria.
No obstante, en Gonzalo, me consta, jamás anidó venganza, estrategias revanchistas, ni conductas de odio inmisericorde, perennes. Luchó por que siempre prevaleciera el diálogo, la razón, la inteligencia y el respeto en la solución de conflictos ideológicos y de cualquier índole, y que ojalá, reiteraba, «que la aberrante e injusta muerte de mi padre, fuese la última de la sinrazón, de luchas entre compatriotas, entre hermanos, que sólo vomitan infiernos eternos…».
Fatalmente, mi amigo Gonzalo murió en 1994, con 61 años, al no superar una intervención quirúrgica. Óscar dijo adiós a principios de este siglo. Antes, compartimos la emotiva reunión que hicimos los antiguos alumnos de la Casa del Niño en 1991, viéndonos por primera vez en 40 años, más de doscientos compañeros y amigos.
Concluyo echando mano de mi inolvidable poeta y amigo, Pedro Lezcano:
«¡Basta de penas de muerte¡ ¡Premio de vida a los hombres, pena de muerte a la pena, por revelarte a morir a la muerte te condenan!
… y yo, sombra asombrada de mi sombra, sigo preguntándole a nadie, en busca de una llamarada, de un fulgor, y de un eterno mañana…»
Un busto o una calle
José Santana Florido nació en Telde el 2 de agosto de 1902 y fue miembro del Club de Lucha Adargoma, siendo un puntal renombrado y reconocido de los que no perdía una agarrada. Comenzó a luchar en el club pionero de San José antes mencionado y en la selección Sur de Gran Canaria, entre otros. Su trágica muerte en la Guerra Civil, a los 35 años en 1937, en la Sima de Jinámar, le hizo ser uno de los mártires de la incomprensible y per secula repudiada contienda. Su sacrificio merece ser perpetuado en el municipio teldense con un busto, una calle, y con el nombre del terrero de lucha de su ciudad. La moción del homenaje al Pollo Florido fue presentada en el Pleno por Nueva Canarias que afirmó que «la memoria no puede ser silenciada porque sin justicia no hay futuro».
Esta tarde, a las 19:30 horas, como colofón al homenaje que el Ayuntamiento de Telde dedica al histórico Pollo Florido, tendrá lugar una interesante luchada en el Terrero de Lucha Canaria del Lomo Cementerio de Telde, entre los Clubes Castro Morales y Almogarén de Valsequillo.
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