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Análisis

A la bola de cristal: ¿habrá tren en Gran Canaria?

El proyecto más ambicioso para la movilidad insular y para la refundación urbanística de áreas como Santa Catalina y San Telmo se sigue viendo todavía como irrealizable

Tren de Gran Canaria / La Provincia

Javier Durán

Javier Durán

El mayor obstáculo para el proyecto del tren de Gran Canaria (Santa Catalina-Maspalomas) es que una gran mayoría no se lo cree. La clase política ha logrado infiltrar en el cerebro de los ciudadanos el cortoplacismo, de manera que las iniciativas a largo plazo se consideran irrealizables o sometidas al capricho de los cambios de gobierno. Con el presupuesto más ambicioso de una obra pública en la Isla (2.000 millones para empezar a hablar), la intención carece, sin embargo, de épica. La tuvo el Puerto de La Luz, el hospital Negrín, la Circunvalación, la conexión viaria a La Aldea, la autovía al Sur... Cada uno a su escala, pero todos ellas han tenido detrás una excitación social o un estado de opinión para llevarlas a buen puerto.

En un contexto insular hablamos de una obra faraonica, quizás la infraestructura más revolucionaria del siglo XXI grancanario. Y lo es por su carácter transformador del frente marítimo de la capital, el beneficio que la misma provocará en una movilidad sostenible, el cambio que traerá consigo en el modo de vida de los usuarios y habitantes de la zonas beneficiadas, y por los efectos colaterales en la trama urbana con la renovación de enclaves tan neurálgicos como Santa Catalina o San Telmo, aparte de los que se sustancien en las correspondientes estaciones en ruta. No es exagerado por tanto, ni mucho menos, referirse a la cuestión desde su carácter refundador.

Una visión transgresora que circula por las administraciones bajo el escepticismo de la pirámide o del obelisco que nunca se va a poder llevar a cabo, o que enterrará uno detrás de otro a ingenieros, arquitectos y urbanistas sin que se vea luz alguna al final del orificio. Penalidad a la que hay que inyectar la respetable dosis de los intereses retardadores de los sectores que afectan al vehículo privado, transporte público y el consiguiente magma de la pugna interinsular (Tenerife también quiere su tren).

En un ataque de desconfianza argumentativa le pregunto a la IA sobre la máxima bestialidad en materia constructiva alrededor del planeta. Aparte de los consabidos logros que han cubierto civilizaciones preclaras amenazadas ahora por la teocracia de Trump, veo el túnel Fehmarnbelt (Dinamarca-Alemania). Está en construcción, tiene más de 18 kilómetros, el subterráneo más largo del mundo sumergido y estará operativo en 2029. Podría citar otras barbaridades, pero creo que es suficiente para constatar que todo es posible, menos alcanzar el objetivo de la inmortalidad.

Por si queda alguna duda o ven lo escrito hasta ahora un tanto ambiguo, clarifico que estoy a favor del tren y de que se gasten los millardos necesarios; que se establezca más rápido que pronto una moratoria en la construcción de carreteras; que se programe un uso racional del coche privado con las correspondiente medidas restrictivas; que se potencie la convivencia entre diferentes modelos de transporte público... Estas prioridades, que son obviedades en el marco verde de la UE, deben lograr la velocidad adecuada para alimentar la épica del tren grancanario: la pieza imprescindible para evolucionar hacia otro tipo de desarrollo socioeconómico.

En el circo de la transacciones políticas para asegurarse las mayorías, todo es posible a efectos presupuestarios para empezar a visualizar el tren grancanario. Siendo estas negociaciones vitales, también lo es el compromiso regional y el convencimiento de que el territorio de la Isla se encuentra al límite, que un avance en su sobrecarga pondría en peligro la capacidad competitiva del modelo turístico. La lógica impone no tocar en los despachos para financiar la conexión ferroviaria a la vez que se hace lo mismo en otros para exigir sin desmayo que se costee un plan de carreteras interminable. La defensa del tren caería en el fracaso. Son propósitos incompatibles.

El reto tecnólogico que se plantea en los distintos niveles constructivos de la infraestructura es apabullante, como no podía ser menos a la hora abrirse paso sobre una geografía insular saturada, también desbordada en lo que se refiere a Las Palmas de Gran Canaria. Pero el perfil epopéyico debe cimentarse comunicando a los ciudadanos los beneficios del tren para su vida, siempre que no se convierta en otra cicatriz, como lo ha sido, sin ir más lejos, la Circunvalación para algunos barrios capitalinos, la GC-110 para Vegueta-Triana o la Autovía Marítima para el disfrute del frente marítimo. Es una oportunidad para vertebrar, no para desvertebrar. El ciudadano está hasta la misma coronilla de convertirse en el más perjudicado por culpa de macroequipamientos que hacen de sus vidas un infierno, unas veces aislándolos y otras como víctimas de demoras por gestiones más que temerarias por las que no se pide responsabilidad alguna. El tren es la ocasión para invertir esa constante.

El deseo de cambio no puede caer en picado. Pero ello no es óbice para preguntarnos seguidamente: ¿hay la suficiente voluntad política para hacerlo, o estamos en la estratosfera de la fanfarria de las infografías y las consultas? Nos falta épica, pero si esto se queda sin articular estaríamos ante un fraude del tamaño de la ballena Moby Dick. Queremos épica para el entusiasmo y posibilismo para no acabar como pollos sin cabeza. Manos arriba los incompetentes y mentirosos.

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