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Análisis

María del Carmen Hernández Domínguez, maestra de la vida, la música y la escuela

La enseñanza fue siempre para ella una actividad vocacional a la que se entregó en cuerpo y alma; su entrega la hizo imprescindible en todos los claustros de profesores de los que formó parte

María del Carmen Hernández Domínguez

María del Carmen Hernández Domínguez / LP/DLP

Era una familia formada por el matrimonio de don Juan Hernández Estevez y doña Carmen Domínguez Suárez y sus tres hijas, aunque pronto fueron menos, pues la pequeña murió. Al decir de todos sus vecinos un ángel que subió al cielo. María del Carmen nació en el barrio teldense de Los Llanos de San Gregorio, concretamente en la larga calle de Gago Coutinho. Su padre, carpintero de profesión, fue un virtuoso violinista, aprendiendo música y varios instrumentos de la mano del gran maestro don Juan Gil, director que fuera de nuestra admirada y nunca bien ponderada Banda Municipal de Música. Don Juan Hernández como otros músicos teldenses dedicaba los fines de semana y festivos a animar bailes y saraos. En estos casos con su entrañable amigo don Pedro Naranjo Medina, ambos asistían a los populares ambigús (bufé acompañado de música), alegraban las pistas de bailes de las Sociedades de Recreo del municipio, destacando las del Casino La Unión de la Zona Fundacional de la ciudad, La Fraternidad de Los Llanos y la de San Antonio del Tabaibal.

Don Juan Hernández Estévez como tantos otros canarios, se vio obligado a emigrar, haciéndolo en un primer momento hacia el Sahara Occidental español, concretamente a la localidad de Cabo Jubi, en donde ejerció de carpintero y relojero. Cada verano, cuando el sol hacía insoportable las altas temperaturas, mandaba por tres meses a sus hijas y esposa a Telde. Algo más tarde la vida lo llevaría a Venezuela, en este caso sin más comunicación con su familia que una carta semanal.

Muy pronto María del Carmen creció y necesitó de una enseñanza reglada. Alguien aconsejó a sus padres que la pusieran en la escuela de la célebre y altamente valorada doña Sebastiana Ruiz (más conocida como Chanita Ruiz). Allí en una sola aula se mezclaban alumnos y alumnas de todas las edades y condiciones sociales. Nos confiesa nuestra biografiada que su maestra le enseñó muchísimas cosas, pero sobre todo el orden, la constancia y las ganas de superarse día a día. De natural tímida, más que retraída, le costaba mucho hablar en voz alta e intervenir con naturalidad en las conversaciones de los demás. Ella emplea el calificativo de apocada para definirse. También tuvo como maestra a doña María Jurado y a doña Leonor Estévez, que le enseñaron mucho y bien.

Virtuosa del piano

De ahí pasaría al Colegio San Gregorio para estudiar los cuatro primeros cursos del bachillerato. Como hija de sus padres, que lo mismo tocaban el piano que el violín y otros instrumentos de cuerda, enseguida comenzó a teclear de memoria diversas canciones. Sus gustos musicales no tenían frontera y así le sacaba al instrumento composiciones tradicionales y otras que no lo eran tanto: boleros, pasodobles y canciones interpretadas por los ídolos musicales del momento, desde Rafael y el Dúo Dinámico pasando por Conchita Bautista, Marisol o Rocío Dúrcal.

Las estrecheces económicas familiares la obligaban a combinar los estudios con el bordado, especializándose en el elegante Bordado Richelieu. La niña y más tarde la jovencita pasaba mucho tiempo con la aguja en la mano, queriendo ganar unas pesetas para comprar el material necesario para ir al colegio (lápices, gomas, afilador, libretas… También bolígrafos, regla…). En el San Gregorio tuvo como profesoras a las memorables doña Lucía Jiménez, doña María Jesús Ojeda y doña Esther Oliva doña Hilda Marrero Rocha. También a don Alejandro Dávila León, a don Manuel Mayor Alonso y al sacerdote don Juan Artiles Sánchez, recordados y admirados por igual.

Pero volvamos atrás, cuando sólo contaba 10 años, ayudaba junto a otras niñas y señoras de la Parroquia de San Gregorio Taumaturgo a limpiar nuestro templo neoclásico, por aquel entonces abarrotado de altares, y peanas portadoras de Santos. María del Carmen, recuerda, con devoción filial, al sacerdote don Antonio Santamaría Alonso, por entonces coadjutor del lugar. Siempre la animaba a tocar el órgano, maravillado de que una niña de tan corta edad, sin estudios previos de música y solo por intuición pudiera tocar tan bien. Un día ya con catorce años y gracias a las enseñanzas del maestro don Luis Nuez, brillaba con luz propia. Todo esto no hubiese sido posible si don Diego Suárez Florido, más conocido como El Sochantre y el hermano de éste, futuro sacerdote misionero, no la hubiesen animado a estudiar música, especialmente solfeo. Para ello contó con la muy estimable ayuda de la salesiana Sor Flora Araña. Era entonces una jovencísima melómana, que era capaz de interpretar totalmente de memoria la celebérrima Misa de Perossi.

Después de terminar el cuarto curso de bachiller y la subsiguiente reválida, comenzó sus estudios de magisterio. La enseñanza fue siempre para ella una actividad vocacional a la que se entregó en cuerpo y alma. Su natural bondad y entrega la hicieron imprescindible en todos los claustros de profesores de los que formó parte. Sus alumnos y alumnas aún la recuerdan y la ponen como ejemplo de la dulzura hecha persona. Los padres siempre la tuvieron como necesaria confidente, amiga y colaboradora. Con sólo catorce-quince años ya la llamaban para sustituir a la maestra titular en el colegio público de San Antonio del Tabaibal. Cuando contaba unos veinte años ensayaba su voz con el maestro don Crescencio Díaz de Felipe.

Casada con don Rafael Bosa Morales, es madre de una gran cantante lírica, Araceli Bosa Hernández, formada en el conservatorio de música de Las Palmas de Gran Canaria.

Por espacio de más de cuarenta años ha sido y es en la actualidad la organista de la parroquial de San Gregorio Taumaturgo, en donde ha desarrollado una altruista y muy benemérita labor. Hablar de Maricarmen es hacerlo de la propia historia del templo llanense. Su imagen, antes en el alto coro y ahora junto a una de las pilastras que sostienen la esbelta cúpula, es cuanto menos muy memorable. A sus dotes de intérprete musical se le une una bella y armónica voz, que ayuda al común de la feligresía a participar en las diferentes liturgias.

Siempre atenta a las necesidades de la iglesia, realizaba diferentes actividades culturales, que repetía en algunos de los colegios en donde ejerció como maestra. Al mundo musical se le añadió el teatro cómico, siempre con éxito, aún se recuerda su trabajo artístico en el popular Teatro-Cine Parroquial. Con entradas populares se lograba reunir fondos para Acción Católica, Domund, Cáritas Diocesanas…

Su vida profesional transcurrió, en un primer momento, por las aulas de los colegios María Auxiliadora y San José de Las Longueras en Telde; los Llanos Prietos, en Agüimes, y también en el popular centro teldense León y Castillo, junto a Los Picachos; para terminar en el instituto Juan Pulido Castro de Arnao. Allí con motivo de su jubilación le hicieron un gran homenaje, en el que participaron alumnos, padres y profesores de todos los lugares por donde había pasado y hecho tanto bien.

En resumen, hemos tenido la satisfacción de haber escrito la vida de una mujer ejemplar, hecha a sí misma de un padre y una madre honestos y trabajadores, con una hermana que supo vencer la enfermedad. Y todo ello con una sonrisa perenne en su rostro, derrochando fraternidad y buen humor entre sus conciudadanos.

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