Entrevista | Juan Rodríguez Urquía Ingeniero agrónomo
Juan Rodríguez Urquía, ingeniero agrónomo: «Nunca digo que soy agrónomo, sino un agricultor con título»
Llega a la jubilación tras 38 años de actividad profesional tras pasar por el Consejo Insular de Aguas del Cabildo, empresas y cooperativas de la isla hasta terminar en los planes de empleo de limpieza en los invernaderos en el Sureste. ‘Urquía’, como le conocen popularmente, se despide con la serenidad de quien ha cumplido una misión que va mucho más allá de la Ingeniería.

Juan Urquía se despide después de 38 años como ingeniero agrónomo. / LP/DLP

Llega usted al final de su etapa profesional.
Sí, llega al final. Ahora me dedicaré un poco a mi finquita y a leer, que me encanta y tengo algunos libros atrasados. Yo no dejo nada a mitad. También me toca pasear con mi mujer, Toñi. Llevo dos años que no he hecho ningún viaje en condiciones, y me encanta viajar, que es otra de las cosas que quiero hacer.
¿Cómo valora todos estos años dedicados a la Ingeniería Agrónoma?
Han sido maravillosos. Pienso que la mejor carrera que existe en el mundo en la agrónoma. Puedes hacer absolutamente de todo, desde construir un puente hasta una casa, un cultivo, hacer una finca, investigación, desarrollo, relaciones humanas y estar todo el día en contacto con la naturaleza. Yo no digo que soy agrónomo, digo que soy un agricultor con título, porque soy un agricultor que le encanta la formación. Esa es mi frase, además de otra, «lo que está bien no se toca y lo que está mal hay que moverlo». Tampoco vale decir que eres el que más sabe porque siempre hay alguien que sabe más que tú.
Después de 18 años en el Consejo Insular de Aguas del Cabildo, decidió dejar su plaza para que alguien más joven la ocupara. Fue ahí cuando se cruzó el Plan de Empleo de la Mancomunidad del Sureste para la limpieza de invernaderos en el Sureste.
Sí, ya quería estar prejubilado y dedicarme a mi pasión por el café, que tengo unos 400 cafetales plantados en Agüimes, y también planeaba irme con una especie de ONG a Ecuador y Honduras a enseñar a cultivar a gente que no sabe lo que tiene entre manos y ayudar, pero me llamaron para dirigir el plan de empleo en la Mancomunidad del Sureste. Al principio puse algunas excusas (se ríe), pero me dijeron que o entraba o no se hacía porque no encontraban director. Así que me integré en el proyecto y ha sido una experiencia maravillosa por lo que he vivido.
¿Qué descubrió en estos dos últimos años trabajando con la gente del Plan de Empleo?
Ha sido una cura de humildad y una revelación. A veces me decían «esa gente no me gusta», y yo respondía ¿cómo que esa gente? Son tus vecinos. Son personas con dificultades económicas y sociales. El éxito no es haber limpiado 210 hectáreas o sacado un millón y medio de kilos de basura. El éxito son las 160 familias que han resuelto su vida durante nueve meses del plan de empleo. Verlos salir con cara de felicidad y con formación es lo más satisfactorio. Muchos han encontrado trabajo antes de terminar el plan porque ahora tienen formación y saben que son importantes.
Cuando clausuraron el plan de empleo recibió el aplauso de las personas que han estado trabajando con usted. Ese tipo de detalles no ocurre siempre y también dice mucho de usted.
Sí, y me emociona. Me ocurrió también en el primer plan de empleo que hicimos en los invernaderos. Trato a la gente con mucho cariño porque las trato como quiero que me traten a mí. Me he llevado 80 problemas diarios a mi casa. Sé que soy exigente a la hora de querer que la gente tome decisiones. Que se acostumbren a tener un orden y organicen el trabajo del día. Yo le decía los capataces que no les quitara la dignidad a las personas. Ellos están aquí ganándose el sueldo que cobran y para eso tienen que sentirse cómodos y valorados. Cuando me aplaudían no era a mí, se están aplaudiendo a ellos mismos.
Dice que ha trabajado con libertad.
Así es. Siempre me han dejado libertad de trabajo y eso te permite hacer cosas. En Copaisan, en La Aldea, hicimos la hidroponía, seguimos con los injertos y conseguimos el primer certificado AENOR de Canarias en la agricultura. Ese trabajo fue espectacular y lo recuerdo con mucho cariño.
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