De cuando Fermín y Plácido Valerón se encontraron en El Tablero para despedirse
La migración separó a los hermanos, ya que uno vivía en Gran Canaria y el otro en Cuba, hasta que volvieron a verse 68 años después con la complicidad de sus familiares

Plácido y Fermín Valerón, en el domicilio de este último, en El Tablero en 1994. / Pedro J. Franco López
Sé que no es muy ético ni estético que el escribidor haga menciones de sí mismo en sus escritos; no obstante, la historia de Fermín y Plácido Valerón merece permanecer en la memoria colectiva de El Tablero y de la emigración canaria: dos hermanos, que lograron reencontrarse después de sesenta y ocho años separados por el destino y el océano Atlántico.
Fermín, de 103 años, residía en El Tablero. Plácido, de 98, vivía en Cuba. Tanto ellos como sus familias mantuvieron la ilusión de que se volvieran a ver, aunque solo fuera por última vez. El impulso definitivo nació de la promesa que Josefa Bernar hizo a su marido, Eleuterio Valerón, antes de morir: «haría todo lo posible para que aquel reencuentro se llevara a cabo».
La empresa no fue sencilla. A la distancia entre Canarias y Cuba se sumaron largas trabas burocráticas, agravadas por la pérdida de la partida de nacimiento de Plácido. En 1994, dos de sus hijas viajaron a Canarias, aunque no pudieron traerse a su padre. Todo coincidía con que el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana acordaba en pleno corporativo un hermanamiento solidario con Santiago de Cuba, encomendándosele las gestiones previas al acto de hermanamiento oficial al funcionario técnico cultural y encargado de protocolo, que por aquel entonces recaía en mi persona. Así que, aprovechando mi viaje oficial a Cuba, asumí también la misión de agilizar los trámites necesarios, para traerme a Plácido Valerón a Canarias a mi vuelta.
Finalizadas felizmente las gestiones, Plácido fue trasladado a La Habana. Allí, debido a problemas en la embajada española, la estancia se prolongó una semana más. Ese tiempo me permitió largas conversaciones con Plácido, que transcribí escrupulosamente. A pesar de su avanzada edad, Plácido conservaba una memoria prodigiosa. Recordaba con nitidez su infancia y juventud en El Tablero y Maspalomas, historias populares, anécdotas de toda índole y costumbres ya casi desaparecidas.
Los hermanos llevaron vidas marcadas por la dureza de su tiempo. Trabajaron en pozos, galerías, desmontes y despedregaban cercados, sobreviviendo con queso, pescado y gofio con rábanos o cerrajas. Era la época en que la ciudadanía de El Tablero y Maspalomas mantenía una relación estrecha, casi familiar, unidas por el aislamiento y la necesidad mutua.
Plácido emigró a Cuba en 1914, con apenas 18 años, a bordo del Valbanera, instalándose en Ciego de Ávila. Tres años después llamó a Fermín, que también marchó a Cuba y permaneció allí -en Camagüey- unos nueve años, hasta reunir dinero suficiente para regresar a El Tablero, donde le esperaban su esposa e hijos. Desde entonces, cada uno quedó al frente de varias generaciones de descendientes a un lado distinto del Atlántico.
El reencuentro, esperado durante casi siete décadas, fue sereno y profundamente humano. Ambos habían sido preparados por sus familiares para el momento. Pasaban mucho tiempo juntos, aunque hablaban poco. Fermín era más callado y Plácido más dicharachero, aunque a veces mostraba confusión. Aun así, compartieron sus últimos días rodeados del cariño de la familia, que cuidó cada detalle protegiéndoles de emociones demasiado intensas.
El Atlántico volvió a separarles, pero la familia cubana y la canaria quedaron inmensamente felices por haber cumplido aquella promesa: ver juntos por última vez a Fermín y Plácido. Más que un reencuentro familiar, fue la restitución de una parte de la historia de un pueblo y de la memoria migratoria canaria.
Por mi parte, de la experiencia vivida, a día de hoy me quedo con mis notas -que algún día verán la luz- y con las cartas de agradecimiento de uno de sus hijos, a lápiz y con letra caligráfica, que son pura poesía y su lectura aún emociona.
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