Santa Lucía de Tirajana
Las luchas aparceras por la justicia en el sureste de Gran Canaria
Eduardo González Pérez da un paso más en la recuperación de la memoria de la vida de miseria e injusticia de los aparceros y sus familias en el sureste de la isla. Tras debutar con ‘Lo que el viento nos escribe’ continúa con ‘ Vientos del Sureste’, un libro en el que combina narrativa con documentos de un tiempo de luchas sociales del campo.

Eduardo González sostiene entre sus manos ‘Vientos del Sureste’. / LP/DLP

Eduardo González Pérez vivió en primera persona la vida dura y humilde de la aparcería en Santa Lucía de Tirajana. Acompañaba desde muy niño a su familia a trabajar en las zafras, a la vez que era testigo de aquella subsistencia entre surcos, el silbido del viento, cucañas, cuarterías y horas de agua para el riego.
Con el paso del tiempo, todo eso fue moldeando en él una memoria que necesitaba compatir. Aquella forma de vida había plantado en él la semilla de la escritura. De ahí salió su primer libro, Lo que el viento nos escribe, ambientado en el mundo de la aparcería en el Sureste. Ahora da un paso más y publica Vientos del Sureste (Editorial Mercurio). Lejos de un ensayo histórico al uso, el autor se decide por la literatura para poner voz a las familias aparceras, a sus miedos, sus rebeldías y sus contradicciones, y para interrogarse sobre la mezquindad y la dignidad humanas en contextos de explotación. Esta segunda entrega toma como eje las luchas de la aparcería entre finales de los años setenta y hasta las puertas del año 2000.
En lugar de capítulos numerados, la historia se articula como las horas de un reloj digital. Comienza a las 05.00 de la mañana y avanza hasta las 23.59, condensando casi en un solo día la experiencia acumulada de varias décadas. «Hemos usado las horas de un día para contar una historia», resume González, que utiliza ese recurso temporal para ir y venir entre recuerdos, conversaciones, asambleas y escenas íntimas de las familias protagonistas.
Ese ‘día’ literario sucede cuando en Gran Canaria se intensifican las tensiones entre los viejos sistemas de cultivo y la progresiva generalización del trabajo asalariado. En ese marco, el libro recrea las manifestaciones, huelgas y encierros de los aparceros, las denuncias por fraude en el peso del tomate, las infraviviendas de las cuarterías y la paulatina toma de conciencia de la población campesina, que comienza a perder el miedo a organizarse tras la muerte del dictador en 1975.
Uno de los hilos documentales que recorre la novela es el informe sanitario que emitió el entonces Centro de Salud de San Fernando de Maspalomas sobre las cuarterías de la zona del Faro, donde vivían hacinadas muchas familias aparceras. Ese documento, que el autor incorpora como pieza histórica dentro de la ficción, describe unas viviendas «sin condiciones mínimas de habitabilidad», rodeadas de humedad y miseria, que contrastan con la riqueza generada por las exportaciones de tomate que salen de los mismos campos.
Eduardo González se ha ayudado para su relato en la plataforma Jable de la ULPGC, con la que contruyó la cronología de aquellos conflictos, desde las primeras huelgas de los aparceros y aparceras hasta los encierros en la catedral de Canarias y las protestas apoyadas por estibadores, estudiantes, curas y vecinos de toda la Isla. «Se le dio voz tanto a los exportadores de tomate, a la patronal, como a los aparceros», recuerda González, aún sorprendido por el nivel de detalle con el que la prensa de entonces citaba nombres, apellidos e incluso las calles donde vivían algunos de los protagonistas.
Aunque el autor insiste en que no ha escrito un libro de historia, resulta inevitable que su biografía se filtre entre líneas. «Nací en una cuartería, viví de niño una crianza en los los tomateros», subraya, recordando que trabajó como aparcero de niño hasta marcharse al servicio militar. Esos recuerdos infantiles entre los que entran los surcos, las cabras, las verduras plantadas en los márgenes de las parcelas para tener algo que poner en la mesa de las humildes familias, se mezclan con las historias escuchadas a los mayores, los aparceros y el pastor colindante, las vecinas que se quedaban con los niños enfermos cuando las madres tenían que ir a trabajar en la tierra, la solidaridad entre la vecindad y, a la vez, la dureza de una vida sin juguetes ni apenas ropa.
De toda esa vivencia salen frases tan duras recogidas de la gente que vivió esos tiempos como «Esto no es tierra. Esto es un castigo» o «Poner la mesa no es sentarse a comer. Es que nadie se levante con hambre».
Sin embargo, González evita que el relato de Vientos del Sureste se reduzca a una crónica personalizada. En toda la obra apenas aparece un nombre propio, solo el de Abuela Herminia. El resto de personajes se identifican como «el aparcero de arriba», «el hijo del aparcero», «las hijas» o «las hermanas». «Intento que se sientan reflejadas muchas de las personas que lo puedan leer», explica. No es casual que muchos lectores veteranos que consiguieron su primer libro le reconocieran «yo siento que fui ese niño también».
Esa renuncia a bautizar personajes permite que funcione como un espejo colectivo. En las páginas se adivinan cientos de historias familiares del Sureste grancanario, Doctoral, Vecindario, Casa Pastores, el entorno del Faro de Maspalomas, todas atravesadas por la misma mezcla de precariedad, orgullo y lucha. Más allá de la reconstrucción de un periodo concreto, traza un puente implícito con el presente. González contrasta la fuerza de aquellas movilizaciones, huelgas del tomate, encierros, comités contra la OTAN, marchas multitudinarias por el hospital comarcal, con la tibieza de muchas protestas actuales. «Hoy convocas ciertas manifestaciones y, lamentablemente, tienen menos apoyo social», lamenta, convencido de que recordar la capacidad de organización de los aparceros puede servir de antídoto contra el desánimo y la desmemoria.
El escritor subraya que, para contar todo esto, ha preferido la forma de la novela antes que el ensayo histórico. «No quiero hacer un libro de historia, sino escribir literatura», insiste. Eduardo González adelanta que habrá una tercera entrega. Y es que la memoria de aquellos tiempos da para mucho.
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