Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Desde la ciudad arzobispal… (XCVI)

José Estupiñán Milán, inteligencia y sensibilidad al servicio de la música sacra

Su carrera como seminarista fue tan meteórica que con 26 años, y con una dispensa papal, ya fue nombrado sacerdote al tiempo que gozaba de una ganada fama intelectual

José Estupiñán Milán.

José Estupiñán Milán. / LP/DLP

Caía a plomo la canícula del estío sobre la Vega Mayor. La ciudad languidecía con una quietud y silencio como de cementerio. Así, al menos, era la sensación que por entonces percibió el joven poeta Julián Torón Navarro (1875-1947). Junto a la Alameda y a sólo un tiro de piedra de la actual Basílica de San Juan Bautista, nació el 20 de agosto de 1904 el quinto hijo del matrimonio formado por Ángeles Milán Hernández y Secundino Estupiñán Sánchez. La augusta casona, hogar familiar de los Estupiñán Milán, una de las más nobles y bellas de la zona fundacional de la ciudad, años más tarde vería corretear por su patio central hasta diez vástagos, a saber: María de los Ángeles, Secundina (falleció siendo una infanta), Rosario, Sebastiana, José (que es nuestro biografiado), Secundino, Juana, Diego, Carmen y Dolores Lucía. Todos ellos recibirían una más que esmerada educación de sus anegados progenitores, lo que hizo que fueran muy apreciados entre sus conciudadanos.

José, Pepito para los amigos y conocidos, recibió el bautismo a los cinco días de su natalicio de manos del por aquellos días párroco de la Matriz teldense, D. Joaquín Romero. Seis años más tarde, siguiendo las costumbres de la época, va a ser confirmado en la fe por el obispo Pérez Muñoz, el mismo prelado que procuró aliviar las penurias de los habitantes de La Isleta y la zona portuaria creando los comedores sociales.

Siendo un jovencillo imberbe, pues contaba con menos de doce años, eso sí más que debidamente formado para su edad, realizó las pruebas de ingreso en el Seminario Diocesano de La Inmaculada Concepción de Las Palmas de Gran Canaria, que por entonces tenía rango de Universidad Pontificia. Allí, pronto, muy pronto, empezaría a destacar en toda y cada una de las asignaturas que deberían superar aquellos que como él anhelaban la tonsura, visible señal que marcaba la cabeza de todo sacerdote. Fue tan meteórica su carrera como seminarista que sus profesores dieron por concluida su formación mucho antes de tener la edad reglamentaria para ser diácono. Así, con dispensa papal y tiempo, a los veintiséis años lo tenemos de sacerdote y gozando de una bien ganada fama de intelectual.

A lo largo de sus 58 años de vida terrenal se fue haciendo poseedor de una bien nutrida biblioteca con textos griegos, latinos, franceses y, como no, en español. La misma que después de una selección efectuada por sus herederos, uno de ellos José Juan Sanabria Estupiñán (Pijuán) entregara en calidad de donación a la Biblioteca de la Casa-Museo León y Castillo. Otra parte, ciertamente interesante, por tratar temas teológicos y otros afines, fueron entregados, a la muerte de nuestro protagonista, ocurrida en 1964, a la magna e histórica Biblioteca del Seminario de la Diócesis de Canarias, donde permanece preservada para su consulta por investigadores.

Fue José poseedor de una mente preclara, hábil como pocos para el estudio de situaciones y gentes. Era afable y muy accesible, lo que le permitió poseer una verdadera legión de admiradores que cada día especialmente los domingos y demás fiestas de guardar, acudían a la Santa Iglesia Basílica Catedral de Canarias (Santa Ana) para escuchar sus interpretaciones musicales, fruto de sus altos conocimientos de las más diversas partituras y del dominio absoluto del órgano. El obispo de la Diócesis, monseñor Pildáin Zapiáin, Antonio, dijo de sus buenas mañas musicales que escuchar sus acordes era de lo más sublime que oído alguno pudiera llegar a sentir. El mitrado, una y otra vez, exhortaba a la feligresía catedralicia a prestar la máxima atención a la música que emanaba de las teclas magistralmente tocadas por el canónigo Estupiñán Milán.

Asiduo visitante de su ciudad natal, era imprescindible en las grandes festividades, tales como: la Inmaculada Concepción de Jinámar, San Juan Bautista, San Pedro Mártir de Verona, San Francisco de Asís, San Gregorio Taumaturgo, Nuestra Señora de Candelaria, Nuestra Señora del Buen Suceso, Nuestra Señora del Rosario. Y de forma muy especial y continuada las bajadas, procesiones y subidas del Santo Cristo del Altar Mayor o de Telde, que en aquellos tiempos eran más espaciadas, ya que no se realizaban anualmente.

Cuando contaba con 59 años cumplidos, tal vez un poco antes, comenzó su calvario, padeciendo una grave enfermedad de hígado que no mermó en nada su labor pastoral y entrega a la música. Sus clases magistrales en el seminario proseguían a duras penas y su único consuelo era celebrar, día tras día, la eucaristía. Estando muy grave advirtió a los rectores de la vida diocesana que no se les ocurriera enterrarlo en la sepultura que para los de su rango había reservada en el cementerio católico de Las Palmas (Vegueta). Muy al contrario afirmó enérgicamente: «Deseo que mi pobre cuerpo espere la resurrección de la carne entre los míos, en el cementerio católico de San Juan Bautista de Telde». ¡Y así se hizo!

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents