Análisis
Juan Santana, el sacristán mayor de la basílica menor
Siempre dispuesto a ayudar en lo espiritual y lo humano, tenía un trato afable con todos

Juan Santana, el sacristán mayor de la basílica menor / La Provincia
Comenzábamos a andar los últimos años de la convulsa década de los sesenta del pasado siglo XX cuando llegaba a nuestra ciudad Teodoro Rodríguez y Rodríguez, quien accedía a la Parroquia Matriz de San Juan Bautista, dejando con gran dolor a su Virgen de Las Nieves y a la feligresía de Agaete. Todo se había precipitado, pues nadie esperaba la repentina muerte de don Juan Rodríguez Alvarado, meritorio sacerdote, que de forma prematura nos dejó. Fueron tan pocos meses los que estuvo entre nosotros que pasó a los anales de la historia teldense como Juan El Breve. Fue unos años más tarde cuando el nuevo rector de la Basílica Menor tomó una bien meditada y sabia decisión: escoger entre varios acólitos a un nuevo sacristán, Juan Santana Quintana.
Nuestro biografiado había nacido y criado en el cercano y conventual barrio de San Francisco, también conocido por Santa María de La Antigua, concretamente en una de sus rúas más carismáticas, Huerta, que a forma de sierpe se extiende con notable angostura desde el Árbol Bonito hasta chocar de frente con la cuesta de la vía Inés Chimida.
Juanito era miembro de una conocida familia formada por sus progenitores y varios hermanos, a los que se les unía un buen número de primos. Como cualquier niño de entonces, su vida transcurría entre la antigua casa-hogar, las calles cercanas y el cotidiano ir y venir a la escuela pública. Pronto fue habitual su presencia como monaguillo en el templo sanjuanero, formando parte de una pléyade de chicos, más o menos de su edad, que asistían a los sacerdotes a dar lustre a los diferente actos religiosos allí celebrados. Teodoro con su célebre retranca dialéctica los apodó ‘mis mariachis’. Y entre todos ellos, pronto destacaría Juan por servicial y devoto al Santo Cristo del Altar Mayor o de Telde y también de la magnifica magen de vestir de Nuestra Señora de La Soledad.
Su formación religiosa iba mucho más allá del conocimiento de las Santas Escrituras, pues ávido de experiencias en el saber, era un incansable lector y amigo entrañable de cuantos le podían aportar noticias del pasado de nuestra parroquial. Así sucedía a través de sus largas conversaciones con el antiguo cronista oficial de la ciudad, Antonio Hernández Rivero, portador de la antorcha investigadora del anterior cronista, el eximio Pedro Hernández Benítez.
Siempre dispuesto a ayudar en lo espiritual y en lo humano, se esmeraba enormemente en tener un trato afable y cordial para con todos. Desde que lo conocí allá por finales de los años setenta, siempre mantuvimos una gran amistad basada en el respeto mutuo y en el intercambio incesante de conocimientos históricos locales.
Ya fuera en la huerta o patio de los naranjos, lugar éste escogido para llevar a cabo sus arreglos florales, que tanta vida daban a los altares de las cinco capillas y también del retablo de las Ánimas del Purgatorio o en Semana Santa, junto con Segundo Amador Martín, trabajaba denodadamente para procesionar espléndidamente compuestos los diez tronos de la Procesión Magna. Si algo le preocupaba sobremanera era la conservación y prestancia de la venerada imagen del Santo Cristo, al que los días posteriores a su Bajada (14 de septiembre) limpiaba con detalle, mientras sus labios se movían en sentida oración. Asimismo, era admirable ver con qué ahínco le sacaba brillo a la repujada plata que recubre el Santo Madero. Así era nuestro querido y cercano Juan, al que no le afloraba su carácter, sino para pedir respeto por el recinto sacro, cuando algún turista o visitante relajaba las formas.
La enfermedad que año tras año lo fue mermando, engrandeció y fortaleció su espíritu. A diario se paseaba cadenciosamente lento por la zona fundacional de la ciudad, portando en una mano la consabida bolsa de plástico con la cena y, en la otra un puro habano que de vez en cuando inhalaba para, en segundos, exhalar su humo suavemente.
Tras hacer su visita diaria al santo patrono, San Juan Bautista; su devoción hacia la eucaristía se hacía patente, cuando se recluía en la capilla del Rosario hinojándose ante el sagrario. Allí, recogido en alma y cuerpo, rezaba con devoción a la Santísima Virgen, echando una que otra mirada furtiva a nuestro San Amaro, a quien rogaba que cuidara de sus pies y de sus manos.
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