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José Luis Barba, docente de Canarias galardonado con el premio de Educación Viera y Clavijo: "Los profesores tienen miedo de llevar a sus alumnos al laboratorio"

Catedrático de Biología y Geología y profesor en el IES Villa de Firgas, finalizó en 2022 una trayectoria docente de más de cuarenta años en la que destacó su empeño por transmitir la vocación científica a su alumnado desde la práctica activa

José Luis Barba, docente galardonado con el Viera y Clavijo, en el IES Villa de Firgas.

José Luis Barba, docente galardonado con el Viera y Clavijo, en el IES Villa de Firgas. / ANDRES CRUZ

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Daniel Valle

Daniel Valle

Las Palmas de Gran Canaria

¿Qué supone para usted ser galardonado con el Viera y Clavijo?

Estoy súper agradecido. Es un reconocimiento que no es sólo mío, también del IES Villa de Firgas, que es el que me ha propuesto. Es una satisfacción que se reconozca una labor de cuarenta años de enseñanza. Es un gesto muy bonito.

En esta trayectoria de cuarenta años, ha apostado por la transformación educativa. ¿Se hace difícil seguir innovando después de tanto tiempo?

Mucho, pero es muy necesario. Todavía, en los campos de ciencias, como la física, la química o la biología, hace falta mejorar mucho la forma de enseñanza. Yo lo ejemplifico con la enseñanza de lengua, por ejemplo, en la que haces que el alumnado escriba, hable y redacte. En cambio, en las asignaturas de geología, biología, o, incluso, historia, muchas veces consiste en memorizar cosas. Lo que hay que buscar es transmitir la observación, el análisis de un experimento, su diseño y sacar los resultados. Siempre me he roto la cabeza para ver cómo promocionar la posibilidad de orientar las clases hacia la práctica, durante toda mi carrera.

Que este tipo de asignaturas estén encasilladas en la teoría, ¿puede ser uno de los condicionantes que merman la vocación científica de los jóvenes?

Claro. Nosotros en Europa, en la parte de Francia, Suiza, Italia o España, tomamos mucho de la Ilustración. A la hora de enseñar, no nos ha hecho bien. El mundo anglosajón, como Reino Unido o Estados Unidos, las clases se imparten en laboratorios: el docente diseña una práctica y los alumnos la trabajan. Pequeños experimentos de un día. Nosotros vivimos de la enciclopedia, de memorizar muchas cosas. Siempre he peleado contra eso y, bueno, hemos hecho lo que hemos podido.

Y poder es querer, porque ha impulsado muchos proyectos en esta línea.

Sí, promovimos proyectos como las Olimpiadas de Biología, cuyo objetivo es intentar transmitir al profesorado de toda España que tenía que hacer prácticas. Conseguimos hacer las semanas de prácticas en las facultades: mientras los universitarios estaban de exámenes, conseguimos que alumnos de secundaria pudieran trabajar en el laboratorio unas semanas de diciembre y enero. De hecho, con el tiempo, ellos decidieron hacerse cargo de la iniciativa, que sigue hasta a día de hoy.

Es una buena iniciativa, porque, en el sistema educativo actual, parece que no puedes tocar la práctica hasta que entras en un ciclo o la carrera.

Exactamente, y esto ocurre aún habiendo recursos y laboratorios con mucho material. Me he encontrado algunos centros con instrumental que nunca se llegó a sacar de su paquete. Hay profesores que tienen miedo de llevarse a los alumnos al laboratorio. Algunos me decían, por ejemplo, '¿y qué hacemos si un alumno se corta?' A lo que yo respondía 'pues le pones una tirita, yo que sé' (risas). Yo he intentado siempre que el profesorado pierda el miedo a la práctica, porque los incidentes pueden pasar también durante una excursión. Hay que tener prudencia, pero riesgos hay siempre.

¿Ha tenido usted algún accidente en ese sentido?

Siempre recuerdo una vez que, en una sesión práctica, me clavé un bisturí porque una alumna lo había dejado mal colocado. La pobre se asustó muchísimo, me pedía perdón, pero yo le decía que no pasaba nada, que son cosas que pasan. El bisturí estaba limpio y no pasó nada más. Es la muestra de que, aunque puedan ocurrir accidentes, se solventan con tranquilidad y entendemos que son parte del proceso.

¿Qué siente al ver a ese alumnado que despertó su vocación científica junto a usted convertirse en profesionales?

Un enorme agradecimiento por haber podido colaborar en la formación del presente de nuestro país. Todos los años me sigo felicitando con chicos que conocí en las Olimpiadas de Biología que están trabajando en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), otros en Inglaterra o en Norteamérica u otros que están en centros de investigación de la Península. Es un enorme placer colaborar en que esa gente cumpla sus sueños y llegue al final.

¿Es una relación unilateral la que mantienen docente y alumno?

En absoluto. He tenido la gran suerte en la vida de que siempre he estado con gente muy buena al lado, y también he aprendido muchísimo del alumnado. Por ejemplo, soy un poco desordenado, y después de hacer una práctica, ves a los chicos colocar todo y limpiarlo bien y dices, 'bueno, estos son más ordenados que yo'. Te enseñan a cuidar los detalles. Vas aprendiendo de esa relación que se consigue en el trabajo práctico, de campo. Cuando vas al monte con tus alumnos y te preguntan 'profe, ¿qué planta es esta?' o 'échame una mano con este mapa', creas un vínculo que es enriquecedor para todos.

¿Qué le ha aportado la docencia a su vida?

Bueno, ha sido mi vida. Primero, me ha hecho disfrutar muchísimo. Me ha permitido conocer a muchísima gente, algo que valoro mucho. Por ejemplo, cuando llega el Año Nuevo Chino, la embajada diplomática de China, con la que estuve trabajando con las actividades internacionales, todos los años me felicitan. Yo felicito el Ramadán a toda la gente musulmana, de países como Irak o Emiratos Árabes. Recuerdo, por ejemplo, una anécdota durante unas olimpiadas en la India que coincidieron con el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010, en la que nos juntamos dos profesores de Holanda y dos de España para ver la final, que enfrentó a nuestros países, comiendo un paquete de jamón que habíamos pasado en la maleta. Recuerdo pensar, 'esto es impagable'.

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