Los Araújo: de Galicia a La Aldea, una saga que marcó la historia rural de Gran Canaria
La llegada de Manuel Antonio Lomba en el siglo XVIII desde el Baixo Miño abrió un linaje ligado a la ilustración, al Pleito por la tierra y a la vida pública del municipio del oeste

Salvador Araújo.
En la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los caminos eran inciertos y el aislamiento marcaba la vida en el occidente de Gran Canaria, la llegada de un gallego habría de cambiar para siempre la historia de La Aldea de San Nicolás. Su nombre, Manuel Antonio Araújo Lomba, permanece asociado a los flujos de movilidad atlántica de la época y a la memoria del llamado Camino canario de Santiago, en el marco de la diáspora peninsular hacia las islas.
El origen del primer Araújo permanece envuelto en incertidumbre. Pertenecía a ese reducido grupo de peninsulares que emigraron a La Aldea en el siglo XVIII, aunque las circunstancias de su llegada no están del todo claras. Algunas versiones lo sitúan como prisionero de los ingleses en el contexto de los conflictos de la época, mientras que la tradición oral -recogida por el cronista local Siso Suárez- lo presenta como un hombre de buena posición social y económica, quizá de raíces hidalgas, que habría abandonado Galicia por motivos personales o sociales.
Varios indicios refuerzan esta última hipótesis: en su testamento declara poseer una espada, símbolo habitual de distinción social en aquel tiempo. Además, la familia Araújo y Lomba estuvo vinculada a la hidalguía y a la gestión territorial en el sur de Galicia, especialmente en el ámbito de la villa de Santa María de A Guarda y la vecina comarca del Baixo Miño, donde se documenta su presencia durante el Antiguo Régimen.
El apellido Araújo es de origen toponímico, proveniente de las parroquias de San Martiño y San Payo de Arauxo en Lobios (Ourense), donde se ubicaba el castillo de los Araujo en el siglo XII. Desde allí, se expandieron por el sur de Pontevedra. En el siglo XVIII, formaban parte de la pequeña nobleza rural o hidalgos que gestionaban tierras en la zona del Baixo Miño y la comarca de Vigo. Aunque el apellido principal es Araújo, los nombres compuestos eran comunes en la hidalguía gallega para destacar la unión de patrimonios de casas hidalgas locales.
Una saga aldeana
Hacia 1745 ya aparece asentado en La Aldea. Manuel Antonio Araújo y Lomba, nacido en una casa de La Guardia, en el obispado de Tui el 27 de octubre de 1727, contrajo matrimonio en la parroquia de San Nicolás de Tolentino el 30 de junio de 1745, con Rufina Hernández Sosa, hija de Pedro Matías Hernández y de Clara Hernández, naturales de Tejeda (L I, f. 5 vto.). Tres meses después fue nombrado sacristán y sochantre de dicha iglesia. A partir de entonces comienza la historia de una de las familias más influyentes del municipio. Los hijos del matrimonio Araújo Hernández darán origen a una extensa descendencia que se integrará profundamente en la vida local.
En la mañana del 20 de abril de 1774, se presentó Manuel Antonio Araújo en Las Palmas ante el escribano Juan Agustín de Alvarado para otorgar poder a varios agentes de negocios en la corte de Madrid, a fin de solicitar al Supremo Consejo de Castilla un total de 70 fanegadas de tierras en Tasartico, que se hallaban «infructíferas, pues no crían sino matos, tabaibas, cardones y jaguarzos que con los remanientes que ella hay se pueden coger buenos frutos», señalaba.
Lejos de encajar en la imagen de un agricultor común, Manuel Antonio Araújo se distinguió como un hombre culto y profundamente implicado en las transformaciones de su tiempo. Su ingreso, en junio de 1777, en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas lo situó en el corazón del movimiento ilustrado en Canarias, un espacio desde el que se impulsaban ideas de modernización económica y progreso social.
Desde su papel como socio celador, Araújo se volcó en la mejora de la agricultura en La Aldea. Las actas de la institución, recogidas por José Viera y Clavijoreflejan tanto el entusiasmo como las dificultades de aquel proceso. Hasta 27 campesinos aldeanos se animaron a introducir el cultivo del algodón, una apuesta innovadora que, sin embargo, despertó recelos. Los arrendatarios del marqués de Villanueva del Prado temían que cualquier mejora en las tierras acabara volviéndose en su contra, poniendo en riesgo sus contratos. Otros, por su parte, dudaban en trabajar terrenos baldíos sin la autorización de la Justicia.

Firma de Manuel Araújo. / La Provincia
Ante estas resistencias, la Sociedad intervino directamente, apelando al espíritu reformista del marqués. Y los esfuerzos comenzaron a dar fruto. El 14 de junio de 1779, Araújo comunicaba con satisfacción que los vecinos «recogían las primeras cosechas de algodón, añadiendo que no cesaba de animarlos también al plantío de morales, almendros y olivos, explicándoles igualmente el mejor modo de hacer la siembra de la linaza».
Así, más allá del campo, Araújo encarnó el impulso de una época que buscaba transformar la realidad desde el conocimiento, la iniciativa y el compromiso colectivo. En La Aldea desempeñó a su vez múltiples cargos: Sacristán durante largos años, mayordomo de cofradías, administrador del puerto, responsable de las tercias reales y administrador del estanco de la orchilla. La tradición popular le atribuye, además, la donación de un cuadro de las Ánimas Benditas a la ermita de San Nicolás, hoy desaparecido. Aunque los documentos sugieren que su relación fue más bien como mayordomo de la cofradía, la historia refleja el peso simbólico que alcanzó su figura en la memoria colectiva.
Su perfil combina religiosidad, gestión económica y participación política, algo poco habitual en un entorno rural tan aislado y encerrado en sí mismo.

La placa de la calle en honor a Manuel Araújo. / La Provincia
El Pleito de La Aldea
Si hay un aspecto que define el legado de Manuel Antonio Araújo y Lomba es su profunda implicación en los conflictos sociales que marcaron la historia de La Aldea de San Nicolás, uno de los episodios más significativos en la lucha por la tierra en Gran Canaria.
Según recoge el cronista oficial Francisco Suárez Moreno, Araújo desempeñó un papel clave en los disturbios de 1777 y 1784 contra las autoridades, episodios estudiados por el profesor Antonio Macías Hernández. Pero, sobre todo, su protagonismo se hace decisivo en la reactivación del Pleito de La Aldea hacia 1780.
Este prolongado enfrentamiento -cuya historia ha sido recientemente reeditada por el Cabildo de Gran Canaria a partir de las investigaciones del propio cronista- enfrentaba a los vecinos con los propietarios del mayorazgo por el control de las tierras, en una lucha que marcaría el devenir del municipio durante décadas.
Araújo no se limitó a respaldar la causa: invirtió parte de su propio patrimonio para sostener el litigio y asumió un papel activo en la organización y defensa de los intereses vecinales. El coste personal fue elevado. Tanto él como su hijo, así como su cuñado Antonio Ramírez sufrieron encarcelamientos y destierros, algunos de ellos en el penal de Ceuta.
La huella de este compromiso se prolongó incluso en generaciones posteriores. Un siglo más tarde, en 1880, su biznieto Francisco Segura Carvajal sería también recluido en Ceuta, en este caso por el asesinato del secretario del Ayuntamiento aldeano. A ello se suma la ruina económica parcial del propio Araújo, quien llegó a perder gran parte de su fortuna en el sostenimiento del Pleito, tal y como dejó consignado en su testamento. Su figura emerge así no solo como líder social, sino como uno de los principales impulsores -y también víctimas- de una de las luchas agrarias más significativas de la historia de Gran Canaria.
Una herencia incompleta
El testamento de Manuel Antonio Araújo y Lomba revela también un vínculo nunca roto con su tierra natal. En él menciona una herencia familiar en Galicia de la que solo había logrado percibir una parte, quedando el resto pendiente de reclamación por sus hijos. De hecho, ya el 1 de julio de 1779 había poder ante el escribano de Las Palmas, Juan Agustín de Herrera, a favor de Antonio Dadín Blanco y del abad y cura de la parroquia de la villa de La Guardia, para que gestionaran en su nombre la recuperación de la cuarta parte de los bienes dejados por sus padres, Manuel Araújo y Liberata de Lomba, naturales y vecinos de la villa de Santa María de La Guardia, en Pontevedra. Como uno de los cuatro herederos, le correspondía esa porción de la herencia, cuya tramitación debía realizarse necesariamente en el reino de Galicia.
Este episodio refuerza la imagen de un hombre que, pese a su arraigo definitivo en La Aldea de San Nicolás, mantuvo siempre vivos sus lazos familiares y sus expectativas económicas en la Península.
Un legado que perdura
Manuel Antonio Araújo y Lomba falleció en su casa de La Aldea el 27 de septiembre de 1792, a los 69 años (L II, f. 149), dejando tras de sí mucho más que una familia compuesta por sus cuatro hijos: Clemente Araujo Lomba, nacido en 1745 y casado en la parroquia de San Nicolás de Tolentino el 13 de octubre de 1766 con María del Pino Ramírez Segura, padres de siete hijos; Liberata Araújo, nacida en 1748 y casada en La Aldea el 7 de marzo de 1769 con Antonio Ramírez, futuro alcalde real del lugar, padres de tres hijos; Agustina Araújo Lomba, nacida en 1758, casó en La Aldea el 11 de noviembre de 1776 con Juan Antonio de Medina Suárez, padres de diez hijos; Juan Vicente Araújo, nacido en 1753 y casado en La Aldea, el 30 de octubre de 1775 con Bárbara Bolaños Castellano Valencia, padres de doce hijos. Otro quinto hijo, bautizado como Juan Crisóstomo, murió al año de su nacimiento.
La saga de los Araújo se fue desarrollando de forma orgánica. La microhistoria del clan era un reflejo de la historia política y social del municipio. De esta estirpe surgirían figuras de notable relevancia histórica, entre ellas su tataranieto Salvador Araújo Ramírez (1864-1932), protagonista en los compases finales del Pleito de La Aldea. El cronista oficial de la isla y de Gáldar, Martín Moreno, lo definió como el último «gestor romántico» del histórico conflicto en sus Siestas de Memorias, publicadas en La Provincia el 23 de agosto de 1987. Con esta expresión, Moreno evocaba la entrega casi quijotesca del ex alcalde aldeano, quien asumió la defensa de los intereses de sus paisanos con una mezcla de tenacidad y convicción personal.
Hasta en tres ocasiones viajó don Salvador Araújo a Madrid para reclamar justicia. En la última de ellas, en plena dictadura, llegó a interpelar directamente al general Miguel Primo de Rivera con una frase que resume su determinación: «¡Vengo a pedirle que la Justicia llegue a La Aldea!». Conocido en los círculos gubernamentales como «el aldeano», su figura se hizo habitual en los pasillos de la administración central, donde, día tras día, entregaba telegramas e informes remitidos por sus vecinos, ejerciendo como incansable portavoz de su comunidad. Sin embargo, y pese a su entrega, el paso del tiempo no le ha concedido el reconocimiento que cabría esperar.
Hoy, la octava generación de esta familia mantiene vivo ese vínculo con lo público. Entre los numerosos miembros de una extensa descendencia destacan Venturita Araújo, hijo del alcalde Salvador Araújo y reconocido músico de larga trayectoria en el municipio, y su sobrino Víctor Julio Suárez Araújo, exconcejal de Cultura en La Aldea; ambos son testimonio de una continuidad que entrelaza memoria, compromiso y arraigo al territorio a lo largo del tiempo.
La figura del patriarca gallego encarna el tránsito entre dos mundos: Galicia y Canarias, la llegada de ideas ilustradas a entornos rurales y la persistencia de las luchas campesinas por la tierra y la justicia. Pero, más allá de estas lecturas, representa el origen de una saga -los Araújo-que durante generaciones ha formado parte esencial del tejido social de La Aldea. En la actualidad, el nombre de Manuel Araújo Lomba pervive en el callejero del municipio, si bien su memoria ha quedado, en apariencia, reducido a su oficio de sacristán, obviando su relevante papel como defensor de la Ilustración, miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas y contemporáneo de Viera y Clavijo, con quien compartió inquietudes intelectuales y afán reformista.
Sin embargo, en ese rincón apartado de Gran Canaria, la historia de esta familia revela algo más hondo: cómo la llegada de un solo hombre pudo alterar el rumbo de toda una comunidad rural, inaugurando una transformación profunda en su tejido social y cultural.
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