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El barco que llegó a Gran Canaria, fue agasajado con un banquete y escapó antes de ser detenido

Era La Mosca, venía de Bayona con papeles del poder bonapartista y su fuga del Puerto de La Luz acabó alimentando una sospecha que Tenerife convirtió en arma política

Grabado histórico del Puerto de La Luz, realizado a partir de fotografías de finales del siglo XIX, junto a un retrato de José Bonaparte.

Grabado histórico del Puerto de La Luz, realizado a partir de fotografías de finales del siglo XIX, junto a un retrato de José Bonaparte. / LP/DLP

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Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Por evitar un lío, estuvieron a punto de meterse en uno mucho mayor. En junio de 1808, las autoridades grancanarias todavía no parecían comprender la dimensión del problema en el que estaba metida España. Llegaban noticias de Fernando VII, de Napoleón, de Bayona, donde se había forzado el cambio de rey, de juntas que se levantaban en la Península y de un poder que cambiaba de manos más rápido de lo que tardaba un barco en llegar a Canarias. Los barcos eran la única actualización posible y casi siempre llegaban tarde. Uno de ellos apareció en el Puerto de La Luz. Se llamaba La Mosca, y resultó bastante cojonera.

El barco viajaba desde Bayona, en Francia, y tenía destino en América. Su misión era llevar a las colonias la noticia de una España bajo los Bonaparte, cuando la Guerra de la Independencia apenas comenzaba. Su capitán, Mariano de Izarviribil, acabaría siendo uno de los protagonistas del episodio que comprometió a Gran Canaria.

Al llegar al Puerto de La Luz, Izarviribil bajó a tierra, entró en el castillo y mandó aviso al gobernador militar interino de la isla, José Verdugo, con quien habló durante horas. Cuando Verdugo regresó hacia la ciudad, ya no parecía tranquilo. Tenía que decidir entre detener al hombre que lo había mandado llamar, retener el barco y esperar órdenes, o dejarlo seguir. Eligió una tercera vía: no decidir del todo.

Avisó a Santa Cruz de Tenerife, donde estaba el comandante general, el marqués de Casa-Cagigal. Mientras llegaba la respuesta, Verdugo no trató a La Mosca como un barco sospechoso. Tampoco la aisló ni la retuvo. Más bien la recibió como una visita incómoda, pero importante.

Néstor Álamo reconstruyó en 1960 aquellos días de espera y medias decisiones. Según Álamo, no solo se aguardó respuesta. En el puerto se llamó a carpinteros para dejar listo el velero y desde Las Palmas se mandó a recoger los papeles oficiales que La Mosca traía desde Bayona para la Real Audiencia. Entre aquella documentación, según Millares Torres, venía una proclama que anunciaba a José Bonaparte como rey de España.

José I, retratado hacia 1809 por Joseph Flaugier.

José Bonaparte, coronado como José I de España, en un retrato pintado hacia 1809 por Joseph Flaugier. / LP/DLP

Los que no tragaron

La ciudad empezó a enterarse. El barco venía de Bayona, traía papeles para la Audiencia y seguía en el puerto como si nada. Entre quienes menos tragaban estaban José de Quintana y Llarena, hombre de peso en la vida política local, y Graciliano Afonso, doctoral de la Catedral de Santa Ana y amigo suyo.

Ambos sospecharon lo suficiente como para ir al puerto y comprobar qué traía realmente aquella nave. Se encontraron con un detalle difícil de pasar por alto: el barco llevaba bandera española, sí, pero con el escudo partido y sin corona.

La información más comprometida salió de los propios marineros. Según Álamo, algunos tripulantes acabaron hablando en el mesón de La Luz. Eran partidarios de Fernando VII y no compartían la misión de su capitán, así que tampoco hubo que arrancarles mucho. Unos vasos de vino y gente con ganas de escuchar bastaron para que largaran. Dejaron claro que Izarviribil no era un simple capitán. Venía como enviado del gobierno de Bayona y llevaba hacia América la orden de reconocer al nuevo poder bonapartista.

Con todo aquello sabido, tocaba decidir. Si a aquel barco se le dejaba continuar, Gran Canaria podía quedar como escala útil de un enviado de José Bonaparte. Más que suficiente para acabar bajo sospecha de traición.

Quintana advirtió a Verdugo del peligro y de lo que podía significar ayudar, aunque fuera por omisión. Verdugo, según Álamo, prefirió no darse por enterado. Ante su negativa, Quintana buscó al corregidor Antonio Aguirre. La idea era detener a Izarviribil antes de que regresara al barco, retener La Mosca y esperar instrucciones claras. Aguirre entendió el riesgo. Incluso pareció dispuesto a moverse.

El banquete

Pero cuando tocó actuar, Aguirre también se quitó de en medio. Esa misma jornada, Verdugo ofreció en su casa un banquete a Izarviribil. Tanta hospitalidad empezaba a ser difícil de explicar.

En la casa de Verdugo se sentaron autoridades locales y gente importante de la isla, con Izarviribil como invitado. Con una mesa tan larga, costaba vender aquello como una simple cortesía.

Con los brindis llegó el momento más delicado. En la versión del doctoral Graciliano Afonso recogida por Álamo, uno de los comensales se levantó, alzó la copa y gritó: «¡Viva Su Majestad José I!». Álvarez Rixo, que era niño entonces, señaló en cambio a Izarviribil como iniciador del brindis. El matiz importa, pero no salva la escena.

Mientras tanto, los hombres de La Mosca estuvieron rápidos. Esa noche recogieron víveres y pertrechos. Cuando los carpinteros volvieron al puerto por la mañana para continuar los trabajos, el barco ya no estaba. La decisión que nadie quiso tomar la tomó Izarviribil por todos.

La orden que llegó tarde

La respuesta de Santa Cruz llegó tarde. Cagigal ordenaba tomar declaración a los tripulantes y retener el barco hasta aclarar qué traía y qué pretendía. Era, en el fondo, lo que Quintana había defendido desde el principio. Pero La Mosca ya no estaba.

En Tenerife, donde O’Donnell ya maniobraba contra Cagigal, el episodio cayó como un regalo. Permitía cargar contra las autoridades grancanarias y alimentar la sospecha de afrancesamiento. La Laguna podía presentarse como la parte que sí había sabido reaccionar.

En julio de 1808, pocas semanas después del lío de La Mosca, se formó en La Laguna una Junta que empezó a actuar como autoridad de Canarias. Gran Canaria no aceptó aquella tutela. En Las Palmas estaban la Real Audiencia y buena parte del peso institucional de las islas. El pleito insular no nació con aquel barco, pero le dio munición de sobra.

Poco después, O’Donnell hizo detener a Cagigal y envió a Gran Canaria al coronel Juan Creagh para tomar el mando militar de la isla. Verdugo, el gobernador que había recibido a Izarviribil, acabó arrestado y enviado a Tenerife como sospechoso de traición.

Para intentar quitarse la mancha, Las Palmas proclamó solemnemente a Fernando VII y empezó a cerrar filas contra la Junta de La Laguna. También fueron detenidos el regente de la Audiencia y el fiscal, enviados a Tenerife como parte de aquella ofensiva. Gran Canaria respondió creando su propio Cabildo General Permanente para plantarse ante la autoridad de la Junta lagunera.

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