Santa Brígida
Santa Brígida tiene su propio 'hombre del tiempo': Carlos Hernández lleva 50 años enviando datos meteorológicos a la Aemet
Carlos Hernández lleva 50 años observando el clima desde su finca en Santa Brígida, donde registra temperaturas, humedad y lluvias para la Aemet. Su trabajo esencial ayuda a completar la información meteorológica.

Carlos Hernández junto a los instrumentos de medición del clima. / Andrés Cruz

Aunque su labor pasa muchas veces desapercibida, el trabajo del observador meteorológico resulta fundamental especialmente en los municipios situados en las medianías de las islas. Allí, donde el clima cambia con rapidez y la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) no tiene estación climatológica, personas como Carlos Hernández se convierten en piezas clave para entender el comportamiento del tiempo.
En Santa Brígida, Hernández, vecino del municipio y de 83 años, lleva alrededor de cinco décadas mirando al cielo con la misma constancia. Desde su finca, donde instaló una estación meteorológica hace ya unos 50 años, registra las subidas y bajadas de temperatura, así como las precipitaciones que caen en la zona. Después esos datos los envía a la Aemet y contribuye así al seguimiento climático de un territorio en donde no hay estación climatológica.
Carlos no comenzó siendo un experto en meteorología. De hecho, reconoce que cuando dio sus primeros pasos en esta labor apenas sabía del tema. «Empecé a ser observador meteorológico para ayudar a antiguos conocidos con los datos de la zona, ya que yo tenía una finca en la que podía instalar la estación», recuerda. Desde entonces su rutina se ha mantenido casi intacta: observar, anotar y compartir.
En la garita instalada en su finca, Carlos no solo conserva termómetros y pluviómetros. Entre los instrumentos también destaca un termohidrógrafo, un aparato que permite medir de forma continua tanto la temperatura como la humedad relativa. «Cada 24 horas llego a la finca, tomo la temperatura máxima y la mínima y hay una tarjetita en la que se va apuntando todo, con unos recuadros», explica. En esas pequeñas fichas queda reflejado el pulso diario del tiempo en Santa Brígida. Cada jornada se marca con su fecha correspondiente y se divide por franjas horarias —mañana, tarde y noche—, donde Carlos ve y anota los datos más relevantes.
En cuanto al pluviómetro la meteorología es algo diferente. «El pluviómetro tiene dos tapas. Hay que destaparlas y en su interior hay un pequeño recipiente, que recoge la lluvia», afirma. Con esa agua recogida, hay que verterla en una probeta para para medirla en milímetros. No obstante, Carlos no envía cada día los datos a la Aemet, a no ser que sea una situación meteorológica extrema como alguna borrasca.
Los datos no los remite a diario, sino al final de cada mes. Entonces revisa todos los registros acumulados y, en el caso de la lluvia, suma las precipitaciones recogidas durante ese periodo para trasladar el balance completo a la Aemet. «Ahora, por ejemplo, veo que en el pasado mes de abril, el día 7, llovieron 25,3 litros. Y el total de abril fue de 67,2 litros por metro cuadrado», señala mientras repasa sus anotaciones.
Carlos echa la vista atrás y recuerda que, cuando comenzó su labor como observador meteorológico, la sede de la Aemet se encontraba en la calle Buenos Aires, en Las Palmas de Gran Canaria. «Ahora ya no está allí; está en Tafira, cerca de la Universidad», señala. El observador también recuerda que, en aquella época, el servicio meteorológico dependía directamente del Ejército del Aire. Fue entonces cuando un amigo que formaba parte del Ejército le propuso convertirse en observador meteorológico, ya que en la zona no existía ninguna estación meteorológica.
«Como agricultor me venía muy bien. Conocer la temperatura y la humedad me ayudaba mucho en todo lo relacionado con las plagas», argumenta Carlos. Su vínculo con la meteorología, por tanto, no nació solo de la colaboración con la Aemet, sino también de una necesidad muy ligada al campo: entender mejor las condiciones que podían afectar a sus cultivos.
Aun así, cuando no se encuentra en la zona o no puede acudir a la finca para revisar los datos, la observación no se detiene. Los propios instrumentos se encargan de dejar constancia de lo ocurrido. «Hay un aparato al que todos los lunes tengo que darle cuerda, y tiene una banda donde marca los días de la semana, con sus correspondientes horas, y ahí se van grabando los resultados», explica.
Ese mecanismo, casi de otra época, sigue cumpliendo su función con una precisión silenciosa. Carlos sabe que, aunque algún día no pueda acercarse hasta la garita, el tiempo continúa quedando registrado. «No pasa absolutamente nada», asegura, porque el aparato sigue trabajando por él.
Uno de los técnicos superiores de Meteorología de la Aemet en Canarias, José Antonio Monreal, destaca el valor que todavía mantienen estos colaboradores repartidos por el territorio. Explica que existen estaciones automáticas que registran datos de forma continua y que, en muchos casos, también cuentan con personal de apoyo ante posibles averías. Sin embargo, subraya que las estaciones climatológicas tradicionales —como la de Carlos Hernández— cumplen una función distinta y esencial: están ubicadas en zonas donde no hay otro tipo de estaciones y donde, sin ellas, la información meteorológica sería insuficiente.
«Este tipo de estaciones son las conocidas como tradicionales», recalca Monreal. Son las mismas en las que, durante décadas, el colaborador se levantaba por la mañana para revisar los instrumentos y anotar a mano los datos correspondientes al día anterior. «Esto es lo que se hacía antiguamente», recuerda. En Canarias, esa red humana sigue teniendo un peso importante. Actualmente hay alrededor de 200 colaboradores como Carlos distribuidos por diferentes municipios del Archipiélago. n
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