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Desde la ciudad arzobispal… (XCVIII)

Dos nombres para un himno

Arturo Canalejas Aranda y Leandro Medina Pérez figuran como autores del Himno al Santo Cristo de Telde, aunque Carmen de Montes tuvo algo que ver

El Santo Cristo de Telde regresa a lo más alto del altar

El Santo Cristo de Telde regresa a lo más alto del altar / Ayuntamiento de Telde

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Nuestro admirado Pedro Hernández Benítez (Cruces, Isla de Cuba,1893-Telde, Gran Canaria, 1968), cronista oficial de la ciudad, nada dijo del Himno al Santo Cristo del Altar Mayor o de Telde en su obra magna Telde, sus valores: Arqueológicos, Históricos, Artísticos y Religiosos (Imprenta Telde, ciudad de Telde, 1958), pero en su archivo personal, que tras su muerte bien supo custodiar su sobrino Pedro Cabrera Hernández, pudimos ver hace años una cuartilla escrita de puño y letra de nuestro historiador local, en donde consignaba algunas noticias sobre los autores de la archiconocida composición musical. Dos nombres con sus correspondientes apellidos reseñaban la autoría de su música y letra. En el primer caso, se trataba del maestro Arturo Canalejas Aranda; en el segundo, del Rvdo. Leandro Medina Pérez (Arucas, Gran Canaria- 13 de diciembre de 1923-La Orotava, Tenerife, 17 de septiembre de 1976). Hasta aquí todo parecía correcto y ciertamente podría mantenerse como realmente cierto, mas tenemos una ligera sospecha sobre cuántas personas intervinieron en la partitura final.

Arturo estuvo casado con Carmen de Montes Ranz; ambos compartían origen natal, Madrid, y también vocación profesional, la música. Si el primero destacó como director de bandas municipales, la segunda lo haría en el campo de la docencia del piano, aunque ambos dedicaran gran parte de sus vidas a la enseñanza. Teóricos de gran formación, ambos habían estudiado en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se aplicaron sobremanera en la composición de canciones e himnos varios, entre los que destacamos el Himno a Nuestra Señora de Las Maravillas, Patrona de Cehegín (Murcia), estrenado en 1942. Su complicidad fue tal que muchos sospechaban que, aunque el firmante era Arturo, su esposa Carmen tuvo mucho que ver con el resultado último del mismo.

Arturo y Carmen se conocieron a través de la música y según ellos mismos relataron por coincidir en cafés, casinos y clubes del Madrid de los años treinta. Allí ambos acudían para tocar en grupos creados exprofeso para animar a un público variopinto que no siempre guardaba el debido silencio, pues en muchas ocasiones la música, magníficamente interpretada, sólo les servía para bailar.

El maestro Canalejas Aranda era amante de músicas rotundas y seguras, que hicieran vibrar a sus posibles auditorios. Así es como concibe el Himno al Santo Cristo de Telde, que causó entonces y sigue haciéndolo ahora las emociones más hondas y sentidas en las almas de los devotos teldenses.

Arturo estaba más que acostumbrado a dirigir bandas municipales en una región como la murciana, que al igual que la valenciana, hacen gala de ser las mejores de España. No sólo acompañaba con su magistral batuta los pasos o tronos en las procesiones, sino que igualmente lo haría en conciertos públicos, tanto al aire libre, en plazas y parques, como a cubierto, en sociedades de cultura y recreo, así como en teatros. Amante de la zarzuela y otros géneros líricos, siempre supo ser fiel a las creaciones de otros, mas jamás permitió que las suyas fueran libremente versionadas.

Al recordarlo aquí y unir su nombre al de su esposa, no es para negarle méritos, que bien obtenidos los tiene, sino para afirmar que en los casos antes aludidos siempre contó con la colaboración de Carmen. Ella, experta en todas las ramas del saber musical, se comprometió a supervisar los impecables trabajos de su marido. La mayor parte de las veces solo para, tras un exhaustivo examen, aplaudirle a rabiar, pues tal era su admiración por aquel compañero de vida. Otras veces, le aconsejaba sobre la posibilidad de cambiar o añadir algún matiz, que daría como colofón un éxito más rotundo. n

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