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Cierra la guardería Trapito de Ingenio: Adela se despide de sus 1.000 niños y niñas

Adela Hernández pone fin a una larga trayectoria al frente de la guardería Trapito, en Ingenio. Calcula que a lo largo de estos 28 años han pasado por su jardín de infancia un millar de niños y niñas. El colegio de La Pastrana de Ingenio la homenajeó por su dedicación y compromiso con la educación y el cuidado de la infancia.

Adela Hernández en el patio de la guardería Trapito, de la que se despide después de 28 años el frente.

Adela Hernández en el patio de la guardería Trapito, de la que se despide después de 28 años el frente. / LP/DLP

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José A. Neketan

José A. Neketan

Ingenio

El nombre de Adela Hernández está en la memoria de muchas familias que le confiaron a sus hijos e hijas, llevándolos a su guardería Trapito, en el barrio de La Pastrana de Ingenio.

La educadora infantil se jubila después de 28 años al frente de su empresa, y lo hace con la serenidad de quien siente que ha cumplido una misión de vida. Tras toda una trayectoria dedicada al cuidado de niños y niñas del municipio, deja detrás un proyecto educativo y humano que ha marcado a varias generaciones. Su marcha no es solo el cierre de su guardería. Es también el final de una etapa construida con afecto, paciencia, límites y una enorme vocación por la infancia.

Su huella en la comunidad es tan profunda que el colegio de La Pastrana, cerca de donde tiene su guardería, le hizo un homenaje dentro de la celebración del Día de Canarias, reconociendo así una larga trayectoria en el cuidado y la educación. El director del centro, Jesús Monzón, le hizo entrega de una placa con la leyenda «El CEIP La Pastrana rinde homenaje y reconocimiento a la guardería infantil Trapito, en la persona de María Adela Hernández Ramírez por sus más de 30 años de dedicación, entrega y compromiso con la educación y el cuidado de la infancia. Trapito no solo fue un lugar para crecer, sino un lugar lleno de cariño con muchas familias. Gracias por vivir tu vocación con amor y entrega, dejando una huella imborrable en el pueblo de Ingenio».

Tras 28 años de actividad en la guardería se retira siguiendo los pasos de su hermana Rafaela

Adela es de Ingenio, del barrio del Cristo, y su propia niñez explica en parte la manera en que ha entendido siempre la educación. Creció en una infancia dura, en un barrio sin asfaltar, sin luz y con muchas carencias, en una época en la que los niños y niñas apenas tenían voz y debían ayudar en casa y trabajos familiares desde muy pequeños. Aquella realidad, que ella recuerda como una etapa «gris», marcó profundamente su mirada sobre la infancia. Lo que a ella le faltó entonces, atención, reconocimiento y cariño, fue precisamente lo que quiso ofrecer después a los pequeños que pasaron por Trapito.

Cuidar y educar por vocación

La educadora se emociona cuando habla de lo que ha sido toda una vida dedicada a la educación infantil. «He tenido una profesión maravillosa», asegura, y añade que ha tenido «la gran suerte de que lo que nos faltó en nuestra infancia, he podido, dentro de mis posibilidades, transmitírselo a los niños y niñas que han pasado por aquí. Llenarlos por dentro, quererlos y sintonizar con ellos de una forma emocional».

Su vocación empezó a tomar forma mucho antes de abrir Trapito. Adela trabajó durante varios años en la guardería municipal de Ingenio y también en el centro de acogida en Santa Rosalía, en Telde.

La inestabilidad laboral la empujó a buscar otro camino. Primero montó una pequeña escuela en el patio de su casa, donde estuvo dos años, hasta que la necesidad de regularizar la actividad la llevó, junto a su familia, a abrir la guardería en 1997. Así nació Trapito, un centro que acabó convirtiéndose en una referencia afectiva y educativa en el municipio.

La educadora se emociona cuando habla de lo que ha sido su vida dedicada a la educación infantil

El nombre de la guardería también tiene una historia cargada de emoción. La figura de su cuñado, Francisco Milán, está detrás de él, al que quiso dedicarle el centro como un homenaje, porque no llegó a ver la guardería en funcionamiento. En ese gesto hay mucha de la filosofía de Adela, convertir el dolor en cuidado, la carencia en presencia y la memoria en un lugar donde los niños pudieran vivir la infancia de otra manera.

Adela y su hermana Rafaela abrieron las puertas de Trapito. Rafaela se jubiló el año pasado y ahora Adela sigue sus pasos. La educadora calcula que a lo largo de casi tres décadas han pasado por sus manos 1.000 niños y niñas, la gran mayoría de Ingenio.

Ella nunca entendió la educación infantil como una tarea mecánica ni como algo de despacho. Su idea siempre fue estar con los niños, acompañarlos de verdad, conectar con ellos emocionalmente y, al mismo tiempo, poner límites claros. Para Adela, querer no es permitirlo todo. También es orientar, corregir y enseñar a convivir. Esa convicción, que hoy mantiene con firmeza, la llevó a educar desde el cariño, pero también desde la responsabilidad.

El papel de las familias

Una parte importante de su reflexión gira en torno al papel de las familias. Cree que hoy muchos padres están más implicados que antes y valora que cada vez haya más conciencia sobre la necesidad de educar con equilibrio, sin desbordes ni permisividad absoluta.

Aun así, insiste en que la infancia es la base de todo y que es en esos primeros años de la vida cuando se siembra la fortaleza emocional que luego permitirá a cada persona afrontar la vida.

Cuando los niños son tratados como lo que son, niños o niñas, y reciben de sus mayores afecto, límites y acompañamiento, crecen mejor preparados para el mundo adulto. Cuando se les exige asumir cargas que no les corresponden, advierte, algo se rompe en ellos.

Ahora le espera una etapa distinta. Quiere dedicarse al silencio, a reencontrarse consigo misma y a una de sus grandes aficiones, las plantas. Después de una vida sin descanso, hecha de trabajo, responsabilidad y entrega, busca un tiempo más tranquilo, más suyo. Pero aunque cierre Trapito, no se cierra la historia que Adela deja en Ingenio. Queda en los niños y niñas que educó, en las familias que acompañó y en esa idea sencilla pero poderosa que ha guiado toda su vida, la infancia se construye con amor, presencia y límites, y cuando eso ocurre, una comunidad entera crece mejor.

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