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Tickets de supermercado y cocinar las matemáticas: así eran las clases de Bartolo, un docente querido en Valsequillo

Durante más de 30 años, Bartolo Robaina convirtió el colegio de Tenteniguada en mucho más que un aula. Enseñó con tarros, recetas y paseos por el campo, convencido de que la vida cotidiana era mejor que el libro de texto. Hoy, sus antiguos alumnos lo siguen saludando por la calle con cariño

Bertolomé Robaina, profesor en Valsequillo.

Bertolomé Robaina, profesor en Valsequillo. / LP/DLP

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Elena Montesdeoca

Elena Montesdeoca

Valsequillo

Siempre se ha dicho que la profesión de docente es, y debe seguir siendo, profundamente vocacional. Bartolo Robaina, que fue profesor durante más de 30 años en el colegio de Tenteniguada, en Valsequillo, y también director del centro, convirtió esa vocación en una forma de entender la enseñanza. A Bartolo le podía faltar cualquier cosa, menos la ilusión por enseñar. Lo hizo durante décadas con métodos curiosos y divertidos, capaces de dejar una huella que todavía permanece. Tanto es así que aquellos niños que pasaron por sus clases continúan saludándolo hoy por la calle con cariño. Algunos incluso decidieron con el paso de los años seguir sus pasos y dedicarse también a la enseñanza, inspirados por quien fue uno de los profesores más queridos del municipio.

Como él mismo recuerda, desde muy joven sintió la vocación de ayudar a sus compañeros de clase cuando tenían dudas o alguna asignatura se les atravesaba. «Siempre me ha gustado experimentar y enseñar. Sobre todo, convertir las cosas que aparentemente son difíciles en fáciles», explica Robaina. Ya durante sus estudios de Magisterio tenía claras algunas de las ideas que, con el tiempo, acabaría trasladando a sus clases. Una de ellas era la necesidad de abrir la escuela a su entorno. «Siempre tuve en mente que la escuela tiene que estar abierta y relacionada con la zona en donde está ubicada», afirma.

Al campo para aprender

Las clases de Bartolo fueron, durante más de 30 años, de las más recordadas del colegio. «Muchas veces llegaba la hora de volver a casa y los niños no querían irse», recuerda el antiguo profesor. Aquello no se debía solo a la simpatía del docente, sino también a la forma en la que preparaba cada clase, siempre con cariño, ilusión y una manera distinta de acercar el conocimiento a sus alumnos. En la asignatura de Conocimiento del Medio, por ejemplo, no siempre hacía falta permanecer dentro del aula. «A veces ni siquiera dábamos la clase en el colegio, sino que nos íbamos a caminar por el campo, nos sentábamos debajo de un nisperero y observábamos las abejas, estudiábamos las plantas y todo lo relacionado con el entorno», relata Robaina.

Obtuvo la Medalla Viera y Clavijo por su labor como profesor durante 30 años en Tenteniguada

De vuelta al aula, el profesor reunía a los alumnos en torno al libro de consulta para contrastar todo lo que habían observado y aprendido durante la salida al campo. En esta asignatura, Bartolo ni siquiera recurría a un libro de texto convencional. Le bastaba con el material que los propios alumnos habían creado sobre la naturaleza y con los distintos experimentos que realizaban en clase. Para él, aquello «era más que suficiente».

Cocinar en la escuela

«Nuestro pequeño laboratorio estaba hecho con los tarros que los alumnos traían de sus casas», destaca. Esa misma filosofía la aplicaba también a las matemáticas. Cuando Bartolo impartía esta asignatura, los alumnos utilizaban tickets de supermercados y de otros comercios para aprender de forma práctica. «Con ello les enseñaba qué era un producto, el precio del kilo, las sumas, las restas y muchas otras cosas», recuerda el docente.

Y si todo aquello ya resultaba llamativo como forma de aprender, Bartolo todavía iba un paso más allá. En clase también cocinaban para trabajar las medidas, practicar operaciones y relacionar distintas materias a través de una misma actividad. «Los alumnos traían cada uno un alimento y hacíamos recetas. Por un lado, era un trabajo de Conocimiento del Medio; por otro, de Lengua Castellana, porque redactábamos libros de recetas; y también de Matemáticas», recuerda con nostalgia el docente.

Para él, uno de los mayores orgullos de su trayectoria es haber conseguido que sus alumnos aprendieran jugando y a partir de las cosas más cotidianas de la vida. El cariño que despertó entre los estudiantes y sus familias quedó reflejado el día de su jubilación, cuando sus compañeros le organizaron una gran fiesta a la que, según recuerda, acudió «medio pueblo». «Yo eso no me lo esperaba, fue una gran sorpresa», admite. A ese reconocimiento popular se suma también la Medalla Viera y Clavijo, concedida en reconocimiento a la labor que desempeñó durante tantos años con sus alumnos.

Nostalgia

Hoy, décadas después de haber impartido clase a varias generaciones de alumnos, muchos de ellos todavía lo reconocen por la calle y lo saludan con alegría e ilusión. «Muchas veces voy caminando y me tocan la pita. Cuando miro, es alguno de mis antiguos alumnos», cuenta.

Lo mismo le ocurre durante las fiestas del municipio de Valsequillo, donde los saludos y reencuentros se suceden constantemente. «Muchas veces yo no los recuerdo, porque han pasado muchos años y ellos han crecido. Me ven y me gritan: ¡Bartolo, soy alumna tuya!. Entonces tengo que preguntarles el nombre, porque ya no los reconozco», admite entre risas. «Me dan las gracias y me dicen que lo que han estudiado conmigo les ha servido para la vida», recalca.

Con el paso de los años, muchos de aquellos pequeños alumnos decidieron seguir los pasos de Bartolo y estudiar Magisterio para, de alguna forma, transmitir a otros niños lo mismo que ellos sintieron en sus clases. De hecho, uno de esos antiguos alumnos es actualmente el director del colegio de Tenteniguada, el mismo centro en el que Bartolo vivió algunos de los mejores años de su vida haciendo aquello que más le gustaba: enseñar, jugar y demostrar que las cosas útiles de la vida también se aprenden desde la curiosidad y la ilusión.

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