Teror
El molino de Santiago Marrero en Teror reabre sus puertas como una residencia artística
El espacio recuperado aspira a "moler la cabeza" de los creadores, ofreciendo un entorno tranquilo para el desarrollo de sus proyectos

Aralia Loiterstein Lorente, propietaria de El Molino, explica las instalaciones / ANDRES CRUZ
El municipio de Teror cuenta con un nuevo espacio destinado a la cultura. El antiguo molino de Santiago Marrero, junto al Barranco del Álamo, ha reabierto sus puertas convertido en una residencia artística bajo el nombre ‘El Molino’. El proyecto está impulsado por Aralia Loiterstein Lorente, vecina de la villa mariana, que ha rehabilitado la finca familiar que heredó de sus abuelos para acoger a pintores, escritores, fotógrafos y músicos que buscan un lugar tranquilo donde desarrollar sus proyectos.
El molino, que estuvo en funcionamiento hasta la década de los sesenta, fue durante años un punto de encuentro para los vecinos del caserío de La Molineta, de El Álamo, de La Cuesta Falcón, de El Faro y de Los Corrales, aunque por allí también llegaban cargados de millo vecinos de San Mateo, Santa Brígida y Valleseco para llevarse su saco de gofio. Décadas después, la finca pasó a manos de los abuelos de Aralia y, cuando llegó a Gran Canaria en 2015 con su familia, el espacio llevaba años sin usarse. De ahí que los techos estuvieran cubiertos de beroles y que en el patio los árboles ya echaran raíces.
Habitaciones con memoria
La recuperación del lugar fue un proceso largo. Durante los primeros años, la familia se levantaba desde las seis de la mañana para limpiar la finca y devolver la vida a la casa. Hoy, sus tres habitaciones reciben nombres vinculados al antiguo molino: Gofio, la más luminosa, cuenta con un tragaluz y con un techo de madera de más de cuatro metros; Millo, la más íntima, está situada en la antigua vivienda del molinero; y Piedra, la más pequeña y fresca, es la habitación donde antes se encontraba la antigua tostadora de cereales.

Dormitorio en el interior de El Molino / ANDRES CRUZ
Sin embargo, la intención con la que se ha creado El Molino no es funcionar como una casa rural convencional. Aralia defiende que el corazón del proyecto está en los espacios comunes como el porche, el salón con chimenea y las actividades que se pueden hacer como jugar a juegos de mesa, tocar instrumentos musicales y hasta escuchar música en un reproductor de CD de los de antes. «Alrededor de una mesa es donde la gente se relaja, se rompe el hielo y empiezan a pasar cosas», asegura Aralia.
La idea nació cuando conoció el concepto de residencia artística, extendido en Europa y en otras comunidades de España, pero todavía poco habitual en Canarias. Aralia descubrió este modelo hace apenas dos años, al leer un artículo sobre una residencia literaria conocida como La Casa de Cihuela, en un pueblo de Soria. Más tarde se alojó como artista residente en La Casa de Belmonte, en Teruel, una experiencia que, según cuenta, le cambió el rumbo. Allí comprobó cómo un espacio pensado para la creación podía ayudar a avanzar proyectos y crear comunidad.
"Moler la cabeza"
De regreso a Teror, la idea estuvo clara: si el molino había sido durante décadas un lugar de reunión para moler el millo, ahora también lo sería, pero de distinta forma. «En aquellos tiempos la gente venía a moler el millo y ahora mi idea es que vengan a moler la cabeza», resume. Por sus habitaciones pueden pasar todo tipo de personas creativasque necesitan una pausa para ordenar ideas.
El Molino ya forma parte de Res Artis, una red internacional de residencias creativas con presencia en más de cuarenta países, desde Islandia hasta la Patagonia. Las estancias van desde tres noches hasta seis meses, con tarifas adaptadas a residentes canarios y a jóvenes artistas locales. Además del trabajo individual, el proyecto contempla actividades abiertas al municipio. Este mes el espacio acoge un seminario en colaboración con el Ayuntamiento de Teror, y están previstos talleres de conservas, encuentros literarios y otras propuestas culturales.

Camino hacia el porche de El Molino. / ANDRES CRUZ
Sostenibilidad en el ADN
La filosofía del proyecto se sostiene en criterios ambientales y de cercanía, pues los muebles son reciclados, rehabilitados o encargados a artesanos locales y el agua de la lluvia se recoge en estanques. «Para mí la sostenibilidad ambiental es una forma de vivir», explica Aralia, que defiende el comercio de proximidad para conservar los oficios tradicionales. El lugar que durante décadas transformó el millo en gofio busca ahora convertirse en un espacio donde las ideas encuentren forma. La cultura, sostiene su impulsora, no tiene por qué concentrarse solo en la capital, sino que también puede crecer en las medianías, entre árboles frutales, conversaciones y proyectos que necesitan tiempo para madurar.
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