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Análisis

Las leyendas, o no tanto, de las jovencitas Teodora y Lucrecia

La Finca Condal de Juan Grande guarda la memoria de Teodora y Lucrecia, dos doncellas de los Amoreto cuya historia está marcada por un amor imposible, una vida retirada y la fidelidad fraternal

Recreación de las hermanas doncellas facilitadas por el autor.  | LP/DLP

Recreación de las hermanas doncellas facilitadas por el autor. | LP/DLP

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Pedro J. Franco López

Pedro J. Franco López

La undécima entrega de esta galería de personajes está dedicada a dos jóvenes doncellas, las hermanas Teodora y Lucrecia, vinculadas a los Amoreto, una de las familias más influyentes de los antiguos Tirajanas, residentes de Juan Grande. A finales del siglo XV comienzan a fundarse los mayorazgos en Canarias para preservar determinados bienes dentro de una misma línea hereditaria. Es entonces cuando la familia Amoreto crea el suyo y erige su residencia en la noble casona de la Hacienda de la Vega Grande, junto a su ermita de Nuestra Señora de Guadalupe. Dos siglos después, aquella propiedad acabaría convirtiéndose en la actual Finca Condal de Juan Grande, origen del histórico Condado de la Vega Grande de Guadalupe.

Pero la historia que hoy nos ocupa es la de Alexandro Amoreto y Manrique, Maestre de Campo y Caballero de la Orden de Calatrava, que tuvo dos hijas: Teodora y Lucrecia. Ambas vivían en la casona solariega de la familia, una residencia de gruesos muros que inspiró relatos urbanos. Tanto fue así que el historiador e investigador Santiago Cazorla León, en su obra Los Tirajanas de Gran Canaria, se hizo eco de ellas.

Ambas hermanas, inseparables, de carácter dulce y melancólico, llevaban una vida retirada en la finca, por lo que rara vez participaban en celebraciones. Cuenta la leyenda que las muchachas se enamoraron del mismo caballero forastero que transitaba con frecuencia por el camino entre Tirajana y la costa. Sin embargo, cuando descubrieron esta realidad, las dos hicieron un pacto: renunciar al caballero. Así lo prefirieron antes que poner en riesgo el cariño que las unía. Con el paso del tiempo, el hidalgo desapareció tan misteriosamente como había llegado y las hermanas acentuaron aún más su vida retirada. La leyenda añade que, en algunas tardes serenas, varios campesinos aseguraban verlas paseando juntas por los terrenos de la finca, siempre en silencio, como si custodiaran un secreto compartido. Así nació la imagen de ‘las dos doncellas’, convertida en símbolo de la lealtad fraterna por encima del amor romántico.

Otra leyenda también recogida por el historiador Cazorla León relata que las dos jóvenes, tras pasar toda su vida en la casa solariega de Juan Grande, sentían una creciente curiosidad por conocer la Ciudad de Canaria. Durante años le insistieron a su padre para que les dejara visitarla. El hombre siempre respondía con silencio, hasta que un día les anunció que cumpliría su deseo. Con las caballerías prontas para el viaje, al amanecer siguiente emprendieron la travesía llenas de ilusión. Tras varias horas de camino llegaron a las proximidades del túnel de Telde, el de La Laja. Allí el patriarca detuvo la marcha y, señalando la ciudad que se divisaba a lo lejos, les dijo: «Vedla bien. Esa es la Ciudad y su Catedral. Regresemos ahora a nuestro hogar, donde reina la paz». Y así, sin llegar a entrar en ella, las dos jóvenes regresaron por el mismo camino.

Estas historias forman parte inseparable de la memoria colectiva de Juan Grande y de Canarias. En ellas perviven las voces, los sueños y las tradiciones de quienes nos precedieron. Por ello constituyen un valioso patrimonio cultural e histórico que merece ser conservado y transmitido a las futuras generaciones.

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