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Teror

El bosque secreto de 3.000 bonsáis que esconde Gran Canaria: un lugar único creado durante más de 30 años

Juan José Montes comenzó hace más de 30 años a ‘esculpir’ algunas de las especies más emblemáticas de los bosques de todo el mundo para reunir, a día de hoy, la mayor y mejor colección de bonsais de Canarias en su Centro El Valle, guardería, clínica y escuela en la que ha formado a medio millar de alumnos.

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Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

Teror

En una precurva de la carretera que une Teror con Valleseco, más cerca del primero que del segundo, existe un denso bosque de 3.000 ejemplares que forman un ecosistema propio, el de Juan José Montes, un señor predestinado a domar la naturaleza no solo por su apellido, que ya presagiaba un punto su futuro, sino por su crianza en un lugar con un segundo nombre de foresta: Ciudad Jardín. «Parece que estaba predestinado».

Con esos dos mimbres fue tutelado en el arte del cultivar por su abuela Amalia González Pérez, una señora diestra con los semilleros, lo mismo de hortaliza que de flores de ornamento. Y que además, para más salsa, montaba incursiones guerrilleras por el vecindario con su nieto armada con sus tijeras de podar para hacerse con un botín de esquejes con el acrecentar sus parterres y macetas. El trajín se complementaba los fines de semana, cuando subían en familia a esa misma casa de Teror hoy convertida en bosque, a plantar papas, pimientos, tomates y a mimar frutales.

Mientras Montes habla resulta difícil no mandar los ojos a noveleriar por los celajes de las acacias, los alces japoneses o los formidables laureles condensados en la métrica de los centímetros, o de entrar en una duermevela en la que imaginarse a uno del tamaño de un chuchango paseando por los veredos milimétricos que se conforman entre los tiestos que atesoran la maravilla.

Continúa su relato: «con la bobería me metí a Perito Agrícola, que no terminé». Que fue cuando crea una empresa con un socio para ejecutar jardines, hará hoy de aquellos riegos unos 40 años.

En ese último tercio del siglo XX no es que hubieran muchas empresas especializadas en jardinería, a pesar de la creciente demanda del oficio a cuenta del desarrollo del turismo, así que se tiraba de antiguos agricultores para crear sus paraísos de quita y pon en torno a piscinas y áreas de recreo.

Los que tenían conocimientos para poner una planta en flor conformaban una curiosa suerte de «jardineros-albañiles», personal que aún llevaba estampado en sus genes las mañas culturales maceradas durante generaciones de labrantes de tierra adentro, y que como tantos miles de isleños migraron a la diáspora costera provocada por las nuevas rentas de la hamaca y el salitre.

Ahí bregaba la nueva empresa de Montes y compaña, con la que llegaron a alfombrar y colorear, entre otras urbanizaciones, el Campo Internacional de Maspalomas. «Estando en eso me vino Eufemiano Rodríguez, de Viveros Mogán, al que le comprábamos camiones y camiones de plantas, y que me ofreció compartir con él la representación de la primera empresa de bonsais de España, Iberbonzai».

Juan José confiesa con cierta retranca que a esas alturas del capítulo ya estaba un poco hasta el moño de la jardinería por encargo. «Es cuando uno de las medianías del norte te piden un flamboyán, o uno del sur que plantes una flor de mundo, y que por mucho que le expliques que ahí no se dan, pues resulta que no hay manera».

El caso es que con el andar de la perrita se hace con toda la representación de Iberbonzai, que a su vez cerró «a los cuatro años».

Pero como lo que acontece conviene, fue ahí, en el año del gladiolo de 1991, cuando Montes monta el Centro Bonsai El Valle, nombre corporativo de la que hoy es, de lejos, la mayor y mejor colección de su género en Canarias.

Su centro es un tres en uno: guardería, clínica y escuela.

Ejemplares que quedan solos durante temporadas tienen allí su refugio temporal con todo tipo de agasajos, al igual que aquellos tullidos o enfermos que requieren de la maestría de Montes, y que son derivados a una suerte de UCI montada en un espectacular invernadero en el que el visitante parece adentrarse en una suerte de Monteverde de Costa Rica.

Remata el asunto la propia escuela con una espaciosa y ordenada aula-taller donde a estas alturas del siglo ya ha formado a medio millar de ‘escolares’, algunos de ellos llegados desde Babia, el lugar donde nunca jamás habían plantado antes ni un triste geranio y que hoy pueden darse el pisto de manejar el sofisticado arte de reducir el gigantismo.

A eso se suman los distribuidos en terrazas, unas con zonas de sol y otras de sombra, a veces proporcionada por joyas de tamaño natural, como el fascinante Ginkgo biloba, un árbol fósil de la Edad del Hielo capaz de superar el milenio, y hasta a una bomba atómica, como ocurrió en Hiroshima cuando tras la explosión de 1945 un ejemplar del templo budista Housenbou rebrotó en la primavera siguiente. El caso es que el mundo natural a pequeña escala creado por el maestro durante más de treinta años con las tijeras de pinzar, la podadora cóncava y las tenazas de jin, entre otras decenas de utensilios, y el abono, agua y amor es un insólito paisaje con ejemplares que hoy en día se han convertido en joyas de cuatro cifras, con gemas únicas en su género como una buganvilla centenaria de dos pisos de altura rescatada de una casa de medianías hoy reconvertida en formato bonsai; un Chamaecyparis, o ciprés japonés, recreado como si le hubiera caído un rayo; o el alucinante alcornoque rescatado de la cancela de Osorio, que salvó agonizando por el glifosato, y hoy luce como uno de los grandes iconos chinijos de este edén de medianías.

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