Arucas
«Santiago el nuestro»: el sacerdote de 90 años que ha acompañado a varias generaciones de Arucas
El cura Santiago Rodríguez llegó a Arucas con la idea de permanecer solo seis años, pero aquel destino provisional terminó convirtiéndose en 42 años de vida junto al municipio. A sus 90 años, forma parte de la memoria de varias generaciones de aruquenses, que ahora reconocen su entrega con una placa en la iglesia de San Juan Bautista.

El cura Santiago Rodríguez, junto al reconocimiento que le hicieron el día de San Juan en Arucas. / Andrés Cruz

Hay vecinos de Arucas a los que el sacerdote Santiago Rodríguez ha acompañado prácticamente durante toda su vida. Los bautizó cuando apenas eran unos bebés, les dio la primera comunión, estuvo presente en su confirmación y, años después, incluso ofició su boda. En muchas familias del municipio resulta difícil encontrar a alguien que no haya pasado alguna vez por las manos de este sacerdote. Su popularidad se hace evidente cada vez que camina por las calles de Arucas. Los saludos cruzan de una acera a otra y su nombre resuena a cada paso. No es para menos. A sus 90 años, «Santiago el nuestro», como lo conocen cariñosamente los aruquenses, lleva 42 años vinculado a la iglesia de San Juan Bautista y a la vida cotidiana del municipio.
Estas más de cuatro décadas de trabajo, entrega y cercanía han recibido un reconocimiento especial durante las fiestas de San Juan. En homenaje a su dedicación, se le ha concedido una placa que será colocada en la iglesia, dejando constancia permanente de la huella que Santiago Rodríguez ha dejado en varias generaciones de vecinos.
Santiago llegó al sacerdocio casi por casualidad. Aunque desde pequeño le gustaba escuchar los problemas de los demás y ofrecer consejo, nunca imaginó que aquella inclinación acabaría convirtiéndose en la vocación que marcaría buena parte de su vida. Su camino comenzó cuando tenía entre 13 y 14 años. Un sacerdote de Los Arbejales, en Teror, les propuso a él y a otros dos amigos ingresar en el seminario. Santiago recuerda hoy aquel momento como una experiencia más de juventud, aunque reconoce que tuvieron «la buena suerte» de que los tres salieron siendo curas.
Desde entonces Santiago ha ejercido su labor en distintas parroquias de Arucas y en la capital, aunque él mismo se define como «un sacerdote de pocas parroquias». Su memoria, sin embargo, conserva con nitidez cada uno de los lugares que han marcado su trayectoria. «Me enviaron a Schamann, donde me estrené como cura en la iglesia de Los Dolores. De allí me fui a Carrizal; después, al seminario de Tafira como profesor, y más tarde al Claret, en Las Palmas de Gran Canaria, que fue mi último destino antes de llegar a Arucas», recuerda.
Al sacerdote le hace especial gracia —y también le despierta un profundo cariño— pensar que lleva 42 años vinculado a la iglesia de San Juan Bautista de Arucas. Cuando le comunicaron que debía dejar el Claret para trasladarse a esta parroquia del norte, el destino parecía tener fecha de caducidad: seis años. «Pues mira, eran seis años y ya llevo más de 40, que se dice pronto», afirma entre risas.
No obstante, la noticia no le resultó fácil de encajar en un primer momento. «Lo primero que pensé cuando me dijeron que tenía que venirme a Arucas fue que esta iglesia iba a ser demasiado grande para mí», recuerda Santiago.
Aun así, con ese sentido del humor que conserva intacto a sus 90 años, admite que terminó aceptando el destino «porque siempre hay que obedecer al obispo». Antes de comenzar su nueva etapa, eso sí, quiso dejarle claras sus intenciones a la Virgen: «Le dije un miércoles, 18 de septiembre, que yo venía a Arucas para hacer trabajar a los demás y que fueran ellos quienes se hicieran responsables, porque lo que era trabajar yo...», bromea.
Rutina y escaleras
Que Santiago conserve ese humor y esa energía a sus 90 años no es casualidad. Al sacerdote le gusta mantener una rutina activa y llevar una vida prácticamente igual a la de hace 20 o 30 años. «Hago vida normal. Durante la semana sigo yendo a la iglesia, escucho misa todos los días, visito a algunos enfermos y les llevo la comunión, sobre todo a quienes viven cerca de la parroquia. Además, todos los sábados celebro la misa en la iglesia de Los Portales», enumera con naturalidad.
A sus 90 años, el momento que más precaución le exige llega durante la misa, cuando tiene que subir y bajar las escaleras de la iglesia para dar la comunión. «Ahí sí que tengo cuidado para no caerme», reconoce entre risas.
Aunque Santiago es conocido por su humor y su alegría, quienes lo tratan de cerca coinciden en describirlo como un hombre tranquilo, discreto y poco amigo de los reconocimientos. Le gusta pasar desapercibido y, sobre todo, no soporta las sorpresas. «Ahora me han dado la placa y lo han hecho todo a escondidas para que no me enterase, porque, si no, obligo a pararlo todo», asegura entre risas.
Para él fue una auténtica sorpresa que en la eucaristía del día de San Juan sus compañeros sacerdotes aparecieran con esa placa en la iglesia. «Yo es que llevo una vida normal, por eso no esperaba ningún homenaje, yo lo único que hago es vivir el tiempo que Dios quiera y punto», continúa.
Eso sí, Santiago insiste en que la suya no será la única placa de homenaje que ocupe un lugar en la iglesia. «Solo faltaría», responde con humildad. En la sacristía ya se conservan numerosos reconocimientos dedicados a otros sacerdotes que, a lo largo de los años, también formaron parte de la historia de San Juan Bautista de Arucas. «Está el sacerdote que hizo la iglesia, que además se encuentra enterrado en el propio templo; también don Juan Ayala, don Lorenzo y otro cura de Tenerife que, curiosamente, también se llamaba Santiago», enumera.
A partir de ahora, junto a todos esos nombres, habrá también un espacio para Santiago Rodríguez, «Santiago el nuestro» para los aruquenses. Un sacerdote que, después de más de cuatro décadas, no solo forma parte de la historia de la iglesia, sino también de la vida y de la memoria colectiva de Arucas.
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