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San Bartolomé de Tirajana

Las monjas Pilar y Esther se despiden de la ermita de Santa Águeda tras 40 años a cargo del templo

Las hermanas de la comunidad Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia Pilar Martín y Esther Pérez llevan décadas al cuidado de la centenaria ermita de Santa Águeda. Ahora, debido a su avanzada edad, deben dejar el templo y marchar a la comunidad de Vistabella, en Tenerife, donde podrán ser mejor atendidas.

Las hermanas Pilar Martín e Isabel Pérez en su vivienda a pie de playa en El Pajar.

Las hermanas Pilar Martín e Isabel Pérez en su vivienda a pie de playa en El Pajar. / LP/DLP

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Las Palmas de Gran Canaria

La centenaria ermita de Santa Águeda ha tenido tres guardianas que se han hecho cargo de su cuidado durante las últimas décadas: Pilar Martín, Esther Pérez y la fallecida Carmen Rubio. Las hermanas Pilar y Esther, pertenecientes a la comunidad Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia, tienen 88 y 94 años respectivamente. Debido a su avanzada edad y a la dificultad para poder vivir solas, han tenido que tomar la compleja decisión de abandonar la que ha sido su casa durante casi 40 años y marchar a la Comunidad de Vistabella, ubicada en Santa Cruz de Tenerife, para poder ser atendidas.

Las monjas, que se han convertido en personas de referencia en el pueblo, expresan que aunque les da pena tener que dejar su hogar, lo que verdaderamente les preocupa es no saber cuál será el devenir de la ermita. Esther recuerda que la edificación fue rehabilitada hace algo menos de tres años "y la dejaron preciosa". Asegura que cada día habla con el párroco para preguntarle si tiene constancia de quién se hará cargo de su mantenimiento y de que permanezca activa, pero aún lo desconocen.

Imagen del interior de la ermita de Santa Águeda después de ser reformada.

Imagen del interior de la ermita de Santa Águeda después de ser reformada. / LP/DLP

La vida en una cuartería

El apego de las hermanas hacia el pequeño templo es más que comprensible, pues le han dedicado buena parte de sus vidas. Pilar, natural de la capital grancanaria, llegó a El Pajar en el año 1983 y recuerda que lo que hasta ahora era su hogar, en aquel momento era una cuartería sumamente deteriorada en la que no había camas y cuyo baño era de uso común para todas las personas que llegaban a trabajar en los tomateros. La hermana rememora que la primera vez que pernoctó en el lugar puso un colchón en el suelo y no pudo dormir a causa de la presencia de lagartos, cucarachas y ratones. Pilar recuerda entre risas que aquella noche le dijo a su amiga "¡Ay, Carmen! ¡Esto es el arca de Noé!", debido a la afluencia de animales.

Poco a poco fueron adecentando el inmueble y decorándolo a su gusto hasta convertirlo en el acogedor hogar que es a día de hoy. Pilar recuerda que al principio las puertas se abrían solas, había dos habitaciones y en el centro del edificio se ubicaban varios grifos propios de una cuartería. Hubo un día en el que el techo se desprendió por completo y tuvieron que estar un mes viviendo en un apartamento que les cedió un empresario hasta que el lugar se reformó y volvió a ser habitable.

Una llamada inesperada

Esther, oriunda de Valleseco, arribó a El Pajar en el año 1997, cuando ya se había jubilado de su oficio como profesora. Proveniente de una familia muy religiosa en la que dos de sus hermanas ya pertenecían a las Dominicas y su hermano era sacerdote, confiesa que durante su juventud no se planteaba siquiera ser monja. "Yo decía que si en mi familia ya todos se dedican a esto, ¿Para qué lo voy a hacer yo?", afirma Esther. Sin embargo, y contra todo pronóstico, a los 20 años sintió la llamada porque, según señala, "al final era lo que el Señor quería".

Mientras Carmen y Pilar se dedicaban a dar clases de religión en varios colegios de la zona, ella impartía sus lecciones en la Casa de la Cultura. La hermana enseñó a leer a muchos infantes de la zona que por aquel entonces no estaban alfabetizados y siente orgullo al saber que varios de ellos pudieron incorporarse a los estudios gracias a los conocimientos que les inculcó.

Imagen de la ermita de Santa Águeda antes de la reforma.

Imagen de la ermita de Santa Águeda antes de la reforma. / LP/DLP

Las maestras del pueblo

Las monjas no solo han realizado una incansable labor dedicada a la iglesia, sino que han dejado su huella en el desarrollo vital de muchos de los jóvenes de Arguineguín. Se sienten como las segundas madres de algunos de los chavales del lugar, debido a que recurrían a ellas para pedirles consejo y buscar cobijo en su cariño y su sabiduría. Las hermanas, partiendo desde su vivienda a pie de playa, enseñaron a nadar a los más pequeños de la localidad.

Su implicación en el pueblo siempre ha sido lo que ha definido su misión . A las niñas de la localidad les daban clases de costura, inculcándoles las técnicas del punto de cruz. También se involucraron en la organización de las fiestas que los jóvenes tenían en sus colegios. "Les enseñamos a hacer una tortilla, a untar el pan en el chorizo… Lo básico para que ellos pudieran manejarse por su cuenta", recuerda Pilar. Por otro lado, se trasladaban a las casas de las personas mayores que habían perdido su movilidad para llevarles la comunión.

La iglesia es considerada la más antigua de la Isla y el lugar donde se dio la primera misa

A día de hoy, Pilar ya no tiene la misma capacidad para desplazarse, así que todas las tardes ve la misa en directo a través de Youtube y comulga junto a su compañera en la comodidad de su hogar. Esther es la encargada de abrir y cerrar la ermita de Santa Águeda cada día. A las nueve de la mañana se persona en el templo para la apertura de puertas y entre las cinco y la seis de la tarde, «dependiendo del calor haga», vuelve para clausurarla. Las hermanas sienten un fuerte orgullo de haber sido las encargadas de cuidar este templo, que es considerado el más antiguo de Gran Canaria, con más de 670 años y el lugar donde se celebró la primera eucaristía de la Isla.

Esther y Pilar aseguran que la ermita es un monumento, un símbolo de enorme importancia, no solo para ellas, sino para el patrimonio canario. Cuentan que personas de toda la ínsula llegan a dejar flores a modo de ofrenda y que muchos turistas se acercan a El Pajar solo para hacerle una visita. Por ese motivo, desean que tras su marcha el legado del templo pueda continuar y que otra hermandad pueda tomar el relevo de una labor que llevan haciendo durante varias décadas.

"Nos mudamos con pena, pero estaremos junto a un colegio y escucharemos las voces de los niños"

Las hermanas confiesan que se marchan a Tenerife con una "gran pena" en su corazón, pero admiten que se sienten ilusionadas con la idea de trasladarse a la Comunidad de Vistabella porque se encuentra junto a un colegio. Pilar explica que de esa manera podrán seguir "escuchando las voces de los niños", a quienes han dedicado la mayor parte de su misión en la isla de Gran Canaria.

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