La esclavitud en Gran Canaria a principios de la Edad Moderna
Mucho antes de la abolición de la esclavitud en las Antillas españolas, la Isla fue uno de los principales enclaves del tráfico de seres humanos en el Atlántico, participando activamente en un negocio que marcó su desarrollo económico y social durante siglos

La esclavitud en Gran Canaria a principios de la Edad Moderna / LP/DLP
Han pasado más de 150 años desde que en España se promulgó la conocida como Ley Moret o Ley de vientres libres, la cual marcó el inicio del dilatado proceso que supuso la abolición definitiva de la esclavitud en las Antillas españolas: en 1873 en Puerto Rico y en 1886 en Cuba. Sin embargo, mucho antes de que se tomaran estas medidas, la historia de la esclavitud ya había dejado una importante huella en el Archipiélago, convirtiendo a Gran Canaria, a principios de la Edad Moderna, en un escenario donde se desarrolló un activo comercio y una profunda explotación de seres humanos.
Cuando se habla de esclavitud, solemos pensar en las sociedades del mundo antiguo, donde esta era habitual, así como la que se practicó en los estados propios de la Edad Moderna. A menudo se obvia el Medievo debido al modelo feudal que caracterizó a buena parte del territorio europeo durante esta etapa, en la cual el pacto de vasallaje dio pie a que decreciera la esclavitud. Sin embargo, no fue hasta alrededor del año 1000 cuando la esclavitud tradicional se vio reducida enormemente para dar paso a una nueva forma de opresión: la servidumbre.
Esta última etapa se caracterizó porque fue un largo periodo en el cual las Islas Canarias pasaron al olvido por parte de las civilizaciones europeas. Sin embargo, a finales de la Edad Media se produjo un fenómeno que dio lugar a que el archipiélago volviera a estar en el foco del Viejo Mundo: los mercaderes genoveses decidieron navegar hacia Asia con fines comerciales rodeando las costas africanas en el siglo XIV. En su ruta tuvieron contacto con la población de nuestras islas y hay evidencias de que realizaron intercambios con los locales para obtener bienes como la apreciada sangre de drago, pero también capturaron a algunos canarios para esclavizarlos.
Se escudaban bajo el pretexto de que los indígenas canarios eran paganos, lo que legitimaba su esclavización. Con el desarrollo de la conquista del Archipiélago a lo largo del siglo XV, las capturas aumentaron en gran medida. Conquistadores como Alonso Fernández de Lugo recurrieron a la venta de seres humanos para saldar las deudas generadas por los costes de la empresa conquistadora. Se llegó incluso a esclavizar a miembros pertenecientes a los bandos de paz, es decir, aquellos que se habían rendido pacíficamente, y también se castigaron con dureza las rebeliones, destacando la de La Gomera, que dio lugar a la venta de cientos de personas.
Estos canarios capturados eran enviados en barco para ser vendidos como mercancía en algunas de las principales ciudades españolas, como Sevilla o Valencia. Por lo general, las mujeres jóvenes solían tener el precio más alto, ya que eran muy codiciadas para las labores domésticas.
Paulatinamente, los indígenas canarios fueron adoptando la nueva religión e idioma, mezclándose con la sociedad cristiana. Como consecuencia de ello, se produjo su progresivo reemplazo por personas esclavizadas procedentes del continente africano, necesarias tras la implantación de un nuevo cultivo en el Archipiélago introducido en las últimas décadas del siglo XV: la caña dulce o caña de azúcar.
Para la captura de las personas esclavizadas se llevaban a cabo incursiones y cabalgadas, las cuales se vieron incrementadas a medida que aumentaba la presencia de Portugal a lo largo del litoral occidental africano. Asimismo, había numerosos esclavizados moriscos procedentes de las regiones costeras del Magreb, territorio conocido por los europeos a lo largo de la Edad Moderna como Berbería. Se trataba de un negocio altamente lucrativo en el que los propios pobladores de Canarias participaron de manera directa.
En este caso, nos centraremos en la iniciativa que llevaron a cabo los vecinos y mercaderes de Gran Canaria, los cuales, según indica Manuel Lobo Cabrera en su artículo Relaciones entre Gran Canaria, África y América a través de la trata de negros, decidieron arrebatar el monopolio a los mercaderes portugueses que recorrían las Islas ofreciendo su humana mercancía en los lugares de trabajo; para ello, acudieron directamente a la fuente original.
Estos viajes se realizaban hacia los ríos de Guinea y también a Cabo Verde. Era muy frecuente que se crearan compañías para financiar estas expediciones que, por lo general, resultaban muy rentables, puesto que solían regresar con un contingente de entre 50 y 100 personas esclavizadas. Además, estas travesías se aprovechaban para importar diversos productos del extranjero.
Fue tal la llegada de población de origen africano a la Isla que, como prueba de ello, en 1541 las autoridades denunciaron ante la Corona que había más personas esclavizadas que vecinos libres. Esto se debía a que, al margen de la visión tradicional sobre su trabajo en los ingenios azucareros, también eran esenciales para la vida urbana, desempeñando distintas labores. En el auge constructivo de Las Palmas, muchos de ellos trabajaron como peones ayudando a levantar edificios e incluso aprendieron oficios complejos, pues fueron muchos los artesanos que adquirieron esclavos para que trabajaran como aprendices en sus talleres.
El perfil que buscaban por lo general los compradores de personas esclavizadas era el de hombres jóvenes, de entre 16 y 30 años, para realizar los trabajos físicos más pesados. Sin embargo, un censo realizado por la Inquisición en el año 1525 muestra que las mujeres representaban el 58% de toda la población esclavizada que residía en Las Palmas. Esto puede deberse a que las mujeres destinadas al servicio doméstico alcanzaban una mayor longevidad. Además, las leyes castellanas de la época establecían que cualquier bebé nacido de una madre esclava heredaba automáticamente la condición de esta, garantizando una nueva generación de sirvientes que aumentaba el patrimonio familiar sin necesidad de realizar desembolsos en los mercados. Una triste realidad a ojos del lector actual, pero muy común en la sociedad grancanaria de la Edad Moderna.
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