Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Medioambiente

Estudiantes de EE UU analizan la resiliencia de Gran Canaria a través de sus barrancos

Los alumnos de la iniciativa Future Islands investigan la geografía y el conocimiento local para proponer soluciones ante el cambio climático en Gran Canaria.

Parte de los alumnos estadounidenses del proyecto Future Islands en una de sus visitas a los barrancos de Gran Canaria.

Parte de los alumnos estadounidenses del proyecto Future Islands en una de sus visitas a los barrancos de Gran Canaria. / Instituto20Grados

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

Las Palmas de Gran Canaria

¿Qué le pasa a un alumno de la costa oeste de Estados Unidos cuando asoma por las barranqueras de Juncalillo? “Que del asombro alguno llega a aprender a decir ños”.

La respuesta es del arquitecto y paisajista Ignacio López Busón, director del programa Future Islands, iniciativa que cumple en este 2026 su segunda edición y que trae a Canarias a trece alumnos de las universidades de Oregón, Maryland, Washington y Cornell, a los que se suma Fran Reina, un joven arquitecto de 27 años por la ULPGC becado por la Fundación Canaria Instituto20Grados.

Durante seis semanas viven, analizan y, sobre todo, viven Gran Canaria bajo los criterios del Departamento de Arquitectura del Paisaje de la Universidad de Oregón, y no solo descubren peculiares hechos de la isla para su currículum académico sino para la propia sociedad isleña, y lo hacen con parámetros igualmente llamativos. ¿Qué si no es Gran Canaria, sino una gran tarta volcánica cuya unidad básica constructiva está compuesta por una perfecta sucesión de barrancos?

Lo explica mejor López Busón, que dirige el programa con la colaboración del también arquitecto y urbanista Juan Palop-Casado, al frente de Instituto20Grados. “La naturaleza volcánica ha creado una isla de reducida extensión pero bastante alta, lo que provoca una morfología que convierte al barranco en su unidad territorial, donde todo lo que ocurre está vinculado a sus cuencas”.

Los estudiantes investigan infinidad de parámetros con un fin muy concreto, el de servir como base para una isla más resiliente ante el cambio climático, lo que incluye realizar un exhaustivo trabajo de campo en el que son acompañados por geógrafos, ingenieros, ambientalistas, urbanistas, senderistas, expertos en gobernanza y participación ciudadana, sin olvidar a la propia población local que son los que atesoran los conocimientos adquiridos durante siglos de supervivencia en el difícil entorno geográfico de la isla adentro.

Inteligencia adquirida

Así, y a modo de ejemplo, en sus recientes visitas a Juncalillo y Artenara han sido guiados por las expertas en bancales del Departamento de Geografía de la ULPGC Lidia Esther Romero y Wendy Ojeda, así como por la Fundación Canaria Lidia García, que facilitan la documentación de toda esa inteligencia adquirida.

“Hay un conocimiento de los isleños que viven en ese territorio que simplemente no se puede transmitir en una web, es el de unas personas que viven en sus cuevas y te señalan con precisión todo tipo de detalles, como el punto exacto por el que baja una escorrentía. Se trata de un conocimiento situado en el lugar que es el que hay que conservar y transmitir”, detalla la directora de Instituto20Grados, Cristina Suárez.

Pero el cómo se proyecta este diálogo con los barrancos en una potencial mejora de la resistencia de la isla frente a los desafíos del cambio climático o de la economía masificada por el turismo que desequilibra los limitados recursos de un territorio insular es toda una sorpresa.

Fran Reina detalla el proceso en el que el grupo de estudiantes se distribuye las tareas y así, tomando como referencia el barranco del Guiniguada, una parte de los alumnos “se encarga de estudiar la falta de recursos y servicios que sufre la población del lugar, otro de sus aspectos sociales, como la oferta de equipamientos básicos, bien sean educativos o sanitarios, y un tercero en la accesibilidad y el transporte".

Así se llega a muy distintas conclusiones, como ocurre con el caso del agua, para lo que proponen otras maneras muy distintas de gestionarla alejadas de la actual explotación industrial. “El problema principal”, retoma el hilo López Busón, “es que el agua llega en sus últimos tramos contaminada por los usos agrícolas de las cotas superiores, por lo que hay que tratar que en vez de residuo se convierta en recurso mediante pequeñas depuradoras en la que cada barrio de su trazado trate su agua de manera descentralizada aprovechando que el propio barranco facilita la circulación y filtración del agua de forma natural”.

Mecánica medieval

En este aspecto resulta revelador una forma de gestión que rompe con una mecánica medieval, en la que durante cientos de años el agua de la cumbre se lleva a la costa desastrando la ecología de sus cauces, esto en vísperas -o ya de lleno-, de una crisis climática que elevará aún más las temperaturas y reducirá las precipitaciones. Y más detalles, los bancales de Juncalillo y los del Guiniguada son diametralmente distintos. Los primeros, de reducidas dimensiones, hablan de una agricultura de subsistencia, y los segundos, muchos más amplios, de una agricultura de exportación.

Pero son justo los de Juncalillo los extrapolables a todos los demás cauces, sobre todo al del Guiniguada, como modelo para lograr una agricultura más sostenible a las comunidades que se desarrollan en sus entornos. «Se podrá decir», concluye López Busón, que un bancal no soluciona nada, pero si se multiplica la iniciativa puede generar un gran beneficio, y de hecho en el propio Guiniguada ya se están comprando bancales para potenciar la agricultura urbana.

Tracking Pixel Contents