Una Rama para Pepe Dámaso
La propuesta del Parlamento de conceder la Medalla de Oro de Canarias a Pepe Dámaso es motivo para dedicarle La Rama al artista

Molino del Puerto de Las Nieves, obra de Pepe Dámaso de 1956. / La Provincia
El pasado 8 de julio, el Parlamento de Canarias por unanimidad de todas las fuerzas políticas con representación institucional en el mismo, propuso al artista canario, grancanario y agaetense, José Dámaso Trujillo (Pepe Dámaso), para la concesión de la Medalla de Oro de Canarias; distinción que viene a sumarse a los numerosos premios y reconocimientos ya obtenidos en su larga trayectoria. Sólo queda pendiente la ratificación por parte del Gobierno de Canarias, y la entrega oficial de la medalla, prevista para el próximo mes de mayo de 2027, con motivo del Día de Canarias.
Una noticia que llenó de alegría a quienes sentimos por Pepe Dámaso un profundo afecto y admiración. Su obra, tan prolífica como diversa, es el fruto de una larga vida dedicada al arte, desde aquellos primeros años de adolescencia en su Agaete natal, en los que su instinto y la atracción por los pinceles y el color marcaron su destino artístico y profesional. Con el paso de los años, el hombre y el artista se fundieron en una misma identidad. Su experiencia vital ha dado forma a una creación profundamente espiritual, siempre fiel a la vanguardia, a una modernidad vivida con naturalidad y a una tropicalidad que constituye una de las señas de identidad de toda su obra. Pepe Dámaso ha hecho de Canarias, de su historia y de sus singularidades, la inspiración permanente de una trayectoria única.
Haciendo uso del dicho «la vela que va delante es la que alumbra», y apoyándome en la propuesta parlamentaria para la concesión de la Medalla de Oro, me he tomado la licencia de bailar y dedicarle a Pepe Dámaso la Rama de Agaete 2026. Me parece oportuno recordar que este nuevo galardón viene a sumarse a los reconocimientos anteriores que nuestro querido Pepe atesora, entre ellos el ser Hijo Predilecto de Agaete y Adoptivo de Las Palmas de Gran Canaria; Medalla de Oro en la primera exposición de arte universitario en La Laguna, Tenerife (1957); Premio Canarias de Bellas Artes (1996); Premio Magíster (2009); Académico en la Real Academia Canaria de Bellas Artes (2010); Doctor Honoris Causa por la ULPGC (2013) y Premio Internacional Aglaya a la cultura de paz de la fundación Artisophia. (2023).
Cada vez que se escribe sobre Pepe Dámaso (Agaete, 9 de diciembre de 1933), su obra y su vinculación con su pueblo natal, que es también el mío, y en particular sobre las fiestas de Las Nieves y La Rama, siempre se descubre algo nuevo, más allá de su relato sobre el miedo que le daban los papagüevos cuando de pequeño. Al paso de la comitiva por su casa, el matarife del pueblo, don Pedro Hernández (apodado La Pelika), se lo echaba a hombros para bailar y él veía como aquellos cabezudos se le acercaban.
Quien dijera que, llegadas las Fiestas de las Nieves de 1951, aquel chiquillo miedoso (ahora ya con 17 años), realizaría su primera exposición en los salones de la Sociedad La Luz ( el Casino), de Agaete, como así lo refleja el programa de las fiestas de aquel año. Y que a la vuelta de Madrid y Sevilla, después de haber cumplido con el servicio militar y pasado por las correspondientes academias de bellas artes, enlazara nuevamente con La Rama de Agaete para ilustrar el programa de las fiestas del año 1956 con uno de sus dibujos; anticipándose así a lo que serían sus visiones de La Rama de Agaete en sus años mozos con dos series: la de los años 50, afín al estilo de la corriente indigenista grancanaria, de la que no me cabe la menor duda que es un testimonio de aquel Agaete socialmente oscuro, encorsetado, de ramas enlutadas, de pobrezas y promesas; y la de la década de los años 60, cuando después de muchas Ramas, no sólo bailadas sino vividas, aprehendidas e interiorizadas, Dámaso hace una síntesis entre el expresionismo y la abstracción, reforzada con los materiales-arena y piedra volcánica- y acentuada con el color, que considero concluyente, como expresión que emana desde lo más profundo del sentimiento humano. Fue esa Rama la que viajó, de su mano, primero a Madrid con la exposición en el Ateneo y desde allí a Copenhague, la capital de Dinamarca.

Cuadro alegórico de la fiesta de Agaete de 1963 y, a la derecha, Pepe Dámaso bailando La Rama. / La Provincia
En la vida y obra de Dámaso, a poco que se indague, es fácil entrever que el paisaje y el paisanaje de la Villa Marinera han sido una fuente continua de inspiración. Basta con contemplar (independientemente de la técnica empleada), aquellos paisajes, bodegones, marinas, dibujos y retratos de sus inicios, que ya rezumaban una modernidad alejada del aprendizaje académico, mientras que su temática, a pesar de su diversidad, es un navegar constante entre la vida y la muerte (la pulsión eros-tánatos), ambas revestidas de una espiritualidad no siempre percibida. Y qué decir de la utilización en sus cuadros de materiales no tan al uso como telas raídas, encajes, madera, plástico y cartonaje de desecho, con los que experimenta y que lo posicionan en la corriente pictórica conocida como arte povera (de pobre), surgida en la Italia de los años sesenta el siglo pasado.
No se entendería la vida y la obra de Pepe Dámaso sin ese anclaje primigenio a Agaete y a la fortaleza cultural, de siglos, que la Villa acumula con fuerza arrolladora y a la proyección mediática de la que goza la gran manifestación identitaria de La Rama. No en vano el paisaje y el paisanaje agaetense, evolucionado y reinterpretado a través de su visión artística, incide y ronda continuamente las casas de Juanita la Aurora y de La Umbría de Alonso Quesada, el mar de Tomás Morales, el Dedo de Dios y hasta la reinterpretación del Tríptico Flamenco de la Virgen de las Nieves, que Dámaso pintó pensando verlo algún día expuesto en algún espacio institucional en Agaete. Son todas estas razones más que suficientes como para aceptar la influencia que el patrimonio histórico (tangible e intangible) ejerce sobre Dámaso, recordando además y a vuelapluma, la gran necrópolis del Maipés de arriba, con su tagoror desaparecido, declarada monumento histórico-artístico de carácter nacional en el año 1973, los restos arqueológicos de las excavaciones que exhibe el Museo Canario en Las Palmas de Gran Canaria, o el ritual de invocación de la lluvia recogido por Abreu Galindo en sus crónicas, llevado a cabo por las harimaguadas y que formaba parte del mundo mágico religioso de la sociedad aborigen grancanaria, hasta el retablo flamenco de la Virgen de las Nieves, obra del pintor Joos van Cleve, llegado de Flandes por encargo del hacendado Antón Cerezo.
En la misma línea patrimonial, están los lazos familiares políticos de Francisco de Palomares (hijo del hacendado), con el canónigo, poeta, dramaturgo y músico Bartolomé Cairasco de Figueroa, que no sólo hizo que éste cantara su primera misa en la ermita de Nuestra Señora de las Nieves en el año 1559, según reza en la placa conmemorativa en el frontis de la misma, sino que además, dejara para la posteridad en su libro El Templo Militante, el Canto de Nuestra Señora de las Nieves, acrecentando en ambos casos el patrimonio histórico y cultural del que forma parte el nombre de Agaete, logrando que esté presente de por vida en la ruta del arte flamenco y en el nacimiento de la literatura canaria.
Fiesta de Interés Turístico
Sería en el año 1972 cuando se hace efectiva la orden de 1971, por la que se declara monumento histórico-artístico con carácter provincial la ermita de Las Nieves, al igual que en el mismo año se le concede el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico a la fiesta en honor de Nuestra Señora de las Nieves, hasta que en el año 2018 La Rama de Agaete fue declarada por el Gobierno de Canarias, Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de conocimientos y actividades tradicionales de ámbito local.
Esa Rama que Dámaso nunca dejó de plasmar, ni tampoco de bailar, ni de arrastrar, desde la década de 1950, a sus amigas y amigos artistas como fueron César Manrique, Manolo Millares, Elvireta Escobio y Martín Chirino, con Felo Monzón capitaneando a la plana mayor de la corriente artística indigenista, al socaire de la Escuela Luján Pérez, aportó una imagen imperecedera de aquellas jornadas culturales del Archipiélago, que compartimos con el municipio tinerfeño de Garachico en la década de los setenta del siglo pasado; como también son de un gran valor su autoría de los carteles anunciadores de las Fiestas de las Nieves, entre los que destaco el Ángel de la Rama, entrado el siglo XXI.
Aquel salto cualitativo de Dámaso en la evolución pictórica a partir de los años sesenta fue acompañado de su posicionamiento de ruptura con el pasado caduco, apostando por la modernidad con el apoyo de aquel grupo de amigos socialmente rompedor conocido como Los Toninos, que si bien no derribaron del todo las murallas mentales por mor del conservadurismo y la férrea censura, sí que lograron que se colara por alguna rendija una brizna de aire fresco renovador que culturalmente y por ¿permisivo?, logró respirar mi generación afrontando la reprobación social y la ruptura generacional con la temeridad propia de la juventud, empezando por comprender el sentido libertario de una playa como la de Guayedra.
Y si Pepe Dámaso con su grupo de amigos se atrevieron a escenificar en 1957 la obra de Manolo Padorno Oí crecer a las palomas, siendo un texto lírico y dramático de contenido político y social, edulcorada ante la autoridad competente como una obra moderna (que lo era), con procedimientos vanguardistas como la utilización del verso libre, sumándole los decorados realizados por Dámaso, mi grupo de amigas y amigos, emulando a la generación que nos precedió, tuvimos el arrojo de escenificar en aquel totum revolutum en el que vivimos mientras transitábamos hacia la democracia, la obra de Federico García Lorca Poeta en Nueva York, en el casino de Agaete. Era agosto de 1976 y se me iluminaron los ojos cuando vi entre el público a Pepe Dámaso.

Pepe Dámaso (i) con Manolo Millares y otros amigos. / La Provincia
Pero independientemente de la titularidad de los bienes patrimoniales según conste en el registro de la propiedad, y de la categoría de las declaraciones institucionales de bienes culturales cuando las hubiere, a los que la población en general pudiera tener libre acceso en unos casos o pagando la cuota establecida en otros, aplico el criterio de patrimonio histórico a todos aquellos bienes muebles e inmuebles, medioambientales y culturales distintivos de Agaete, por los que la población muestra su reconocimiento y respeto al ser un legado transferido a través de los siglos, que configura el espacio en el que nos reconocemos y que forma parte de nuestra existencia y de nuestro mapa afectivo, ya sean las iglesias y ermitas del municipio, el museo de La Rama, el Huerto de las Flores y las tertulias lideradas culturalmente por el médico del pueblo y poeta Tomás Morales, al que por su creación literaria se le reconoce como el padre de la literatura canaria moderna, como de la antigua lo es Cairasco de Figueroa, que vinieron a reforzar y reafirmar el posicionamiento de la villa marinera en el ámbito patrimonial histórico en el siglo XX.
Espacios como Los Chorros con su pilar y lavaderos públicos de antaño, el mirador de la Cruz en la zona conocida como las Peñas, el Puente sobre el barranco de Agaete, los restos de muros y paredes de piedra que sirvieron de líneas divisorias de la propiedad atomizada por las herencias de siglos, los restos de la red de ingeniería hidráulica y hasta me atrevo a incluir el empedrado de las pocas calles y callejones que aún lo conservan y, por supuesto, el color blanco envolvente (consolidado mediante ordenanza municipal) con el que cada año y según la costumbre, enjalbegábamos nuestras casas en vísperas de las fiestas de Las Nieves, una acción que con mirada retrospectiva supuso un salto cualitativo y una muestra de madurez colectiva en la manera con la que la ciudadanía agaetense manifiesta su respeto y cuidado del entorno. Fue en esa época y como consecuencia de esa acción municipal de donde surgió el eslogan promocional Agaete. Gracia blanca de la Costa Negra.
De la misma manera aplico el criterio patrimonial histórico a los edificios públicos como el ayuntamiento, la biblioteca pública y el antiguo grupo escolar, entre otros, haciendo un paréntesis con los dos inmuebles propiedad del Cabildo de Gran Canaria, pero al fin y al cabo propiedades públicas, como son el centro cultural de la villa gestionado por la municipalidad y la que fuera casa familiar de Pepe Dámaso, en la plaza de la Constitución, que ahí continua a la espera de la intervención correspondiente para abrirla al público como Casa del Artista, por expreso deseo de Dámaso y que vendría a dotar al municipio de otro recurso cultural que enriquecería el modelo de sostenibilidad por el que Agaete apostó hace años.
Si acertadas han sido sus grandes series pictóricas como Juanita, La Rama, La Muerte puso huevos en la herida, La Umbría pictórica y cinematográfica, las solidarias con el colectivo Lgtbiq+ sobre el VIH-sida y la película Requiem para un absurdo, basada en hechos reales, entre otras, no menos acertada fue la idea de que Pepe Dámaso estuviera presente en aquel primer ciclo Canarias Hoy, celebrado en Agaete en 1988. Era el momento oportuno para que su serie Héroes Atlánticos, presentada al público en el Castillo de la Luz en 1984, con motivo del Día de Canarias, regresara a su pueblo natal, porque fue en el centro cultural de la villa donde Dámaso la concibió, desplegando todo su arte y de donde partió la obra una vez acabada. Al ser propiedad de la Comunidad Autónoma fue a través de Carlos Díaz-Bertrana, entonces director general de Cultura, con quien hicimos las gestiones para que, tanto los siete cuadros de la serie, como sus bocetos, fueran expuestos en Agaete como así sucedió. Guardo aún en mi archivo el documento que, como secretario de la Comisión municipal de Fiestas de las Nieves, firmé para retirar del palacete de San Bernardo en Las Palmas capital los cuadros y del edificio de usos múltiples los bocetos. Aquella impresionante exposición celebrada entre el 13 y el 26 de agosto vino a culminar la brillante programación de los veranos de la villa.
Cómo iba a imaginar que 35 años después tuviera que hacer gestiones similares para que el retablo de la capilla del albergue de Arinaga, pintado por Pepe Dámaso en el año 1968, y utilizado como fondo del monumento del Jueves Santo en la iglesia de la Concepción de Agaete, volviera también al lugar en el que se pintó y a la iglesia en la que se expuso, con motivo de las primeras jornadas Agaete a Pepe Dámaso, en su 90 cumpleaños.
Avanzado como siempre a su tiempo, Pepe Dámaso nunca fue ajeno al acontecer del África inmediata, de hecho en el año 1966 participó en el primer festival mundial de las artes negras en Dakar (Senegal), lo mismo que años después lo haría en La Habana (Cuba), en su interés por explorar la tricontinentalidad canaria a través del indigenismo, los rituales ancestrales y las raíces de las manifestaciones artísticas, que le valieron en su profundización sobre el fenómeno migratorio del que ha dejado constancia con sus trabajos Emigración, La tragedia atlántica y la muestra expuesta en el Espacio de las artes Pepe Dámaso, en el municipio de Pájara en Fuerteventura.
Reclamado por la sociedad canaria y sus instituciones, Pepe Dámaso no deja de recibir reconocimientos a su creación artística de tantos años, por lo que igual que el Parlamento de Canarias le dedicó un homenaje el Gabinete Literario en el día internacional de los museos, y la escuela oficial de idiomas de Las Palmas de Gran Canaria otro bajo el epígrafe No estamos muertos. Somos historia, para el que eligieron la carpeta La muerte puso huevos en la herida y los Héroes Atlántico. La diócesis de Canarias organizó recientemente en la catedral de Santa Ana otro acto para recepcionar ante notario siete láminas que, en palabras de Dámaso, entregaba al museo diocesano autorizando además el que pudieran utilizarse como diseños para vidrieras.
Paisajes imborrables
Querido Pepe, siempre es un placer recorrer Agaete sin nostalgias, sabiendo que el Casino La Luz custodia aquellas acuarelas de tus inicios, paisajes imborrables del Agaete de siempre, de tu generación, de la mía y de las venideras, que entrar en el centro cultural es ver en su patio los dos vinilos que sustituyen a las pinturas al fresco que, acertadamente en los años cincuenta del siglo pasado, indicaban los servicios de señoras y caballero. Paseo y doy por hecho que en muchos hogares guardamos los carteles que has dedicado a las fiestas de Las Nieves y a las de San Pedro en el Valle de Agaete, en las que identificas La Rama con la espiritualidad. Como es el del Ángel de la Rama, que pasar junto al museo de La Rama es contemplar los trozos de mosaicos de colores formando dibujos inspirados en el dosel de la pintura flamenca del cuadro de la Virgen de las Nieves, que llegar al Puerto es encontrarme con la escultura del drago que, acertadamente, encargara la Mancomunidad del Norte de la isla y con la decoración marinera del restaurante Las Nasas que tú orientaste en los años setenta, a falta como dije de que la municipalidad, al igual que la iglesia de Agaete aceptó la donación de tu visión del Apocalipsis, haga lo mismo con la interpretación del tríptico flamenco que lució en el centro cultural de Agaete y en la ermita de las Nieves con motivo de las jornadas que te dedicamos.
Como dijera Nuria Espert, cuando al finalizar la representación de la ópera Ainadamar en el Teatro Real de Madrid , la visité en su camerino y le pedí que me firmara uno de los programas para Pepe Dámaso: «¡Es amigo mío, es mi amigo!», para a continuación escribir «Cariño mío, Pepe Dámaso, con el amor de siempre» , repito sus mismas palabras ¡Eres mi amigo, querido y admirado Pepe Dámaso!, con el amor de siempre, esta Rama es tuya.
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