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Valsequillo

Ángel Rodríguez, un párroco de puertas abiertas en Valsequillo

El municipio reconoce al párroco a título póstumo por su compromiso social y cercanía con los jóvenes y los más vulnerables

Ángel Rodriguez Hernández

Ángel Rodriguez Hernández / LP/DLP

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Las Palmas de Gran Canaria

Un gracias, una sonrisa o una merienda pueden alegrar el día a cualquiera. Y eso lo sabía de sobra el párroco Ángel Rodríguez Hernández, un por entonces joven que en 1986 voló desde Lanzarote a la isla de Gran Canaria para conseguir un objetivo: vivir su sacerdocio caminando junto a los jóvenes y a quienes más sufrían para ayudarles a crecer, construir comunidad y hacer de la fe un compromiso concreto con la vida y con la sociedad. Ahora, Valsequillo lo reconoce como hijo adoptivo a título póstumo, un reconocimiento que llega 16 años después de su fallecimiento pero que pone nombre a algo que el pueblo ya había decidido hacía muchos años: Ángel era uno de los suyos.

El padre Ángel llegó a Valsequillo con apenas 24 años como sacerdote, pero pronto dejó de ser únicamente el cura de la parroquia. Se convirtió en amigo, en vecino, en compañero de los jóvenes, el hombre al que se podía visitar sin avisar, el que escuchaba sin juzgar y el que encontraba siempre un momento para compartir una conversación, una comida sencilla o una sonrisa.

No necesitó grandes discursos para hacerse querer, recuerdan sus allegados.

Siempre con sonrisa

Era una persona risueña y discreta, según definen sus amigos, y poco a poco fue calando en la vida de los vecinos del pueblo. Sin necesidad de ser el centro de atención, Ángel eligió el camino de la sencillez y la humildad. Por su actitud cercana, fue capaz de atraer a los vecinos a la vida parroquial. No juzgaba. No imponía. Y fue con esa tranquilidad que hizo que se ganara la confianza de quienes lo rodeaban.

Su casa era un espacio común; siempre dejaba la llave puesta para que cualquiera pudiera aguardarse. Allí se podía entrar, dormir o pasar la tarde, no hacía falta una ocasión especial: bastaba con querer estar juntos. En fechas señaladas como Navidad, los vecinos y familiares del párroco compartían mesa para hacerse compañía durante estas festividades. Incluso, Ángel llegó a acoger a jóvenes en su hogar, como un chico que procedía de un centro de menores del municipio.

Para muchos llegó a ser un hermano o un primo; de hecho los mayores del pueblo lo apreciaban como a un hijo o un nieto más. Así de cercana era su presencia. No necesitó grandes discursos para hacerse querer, recuerdan sus allegados, quienes lo describen como un hombre con un amor profundo a su familia y a sus raíces conejeras, a quien se le podía ver en la romería de San Miguel vestido con la ropa típica lanzaroteña con mucho orgullo.

Detrás de una risa hay una preocupación

A pesar de su eterna sonrisa y de aquella carcajada contagiosa, había una realidad que le preocupaba profundamente: la injusticia. Ángel se crió en un barrio humilde y familiar de Arrecife, donde el trabajo y el estudio iban de la mano. La pobreza y el abuso eran algo que le estremecía las entrañas aunque el párroco tuvo que vivir con esa sensibilidad que tanto le caracterizaba. A raíz del movimiento juvenil de Acción Católica encontró un proyecto en donde luchar por esas desigualdades.

Por eso, con solo 18 años, hizo las maletas y se marchó a la capital de la provincia en busca de ayuda para esas situaciones. El dolor de los pobres, las injusticias sociales y las situaciones de vulnerabilidad no le dejaban indiferente. Por eso aprovechó la voz que tenía para dársela a los que no podían hablar y generó numerosos espacios de reflexión y sensibilización para ayudar a que las comunidades cristianas se percataran de las situaciones injustas que existían. Pero no se quedó únicamente en la denuncia; Ángel fue más allá y las comunidades parroquiales lo acompañaron.

Para el párroco Ángel la fe no debía quedarse encerrada en la iglesia: tenía que hacerse vida, compromiso, servicio y cercanía. Quizás todo este recorrido pueda resumirse en las palabras que el propio Ángel pronunció en una entrevista en la radio local de Valsequillo, cuando se despedía del pueblo ante un nuevo destino pastoral. Entonces decía que le gustaría «ser recordado como aquel hombre que pasó simplemente haciendo el bien», resumió el párroco.

Ángel sentía un profundo dolor por los pobres, las injusticias sociales y la vulnerabilidad

Un legado que permanece

Ángel entendía el sacerdocio como una forma de caminar junto a las personas. Su experiencia en la Juventud Obrera Cristiana (JOC) marcó de una manera profunda esa manera de vivir la fe una comprometida con la realidad, con los jóvenes y con quienes más sufrían. En Valsequillo encontró un espacio desde el que luchar contra esas desigualdades. Escuchaba antes de hablar, acompañaba sin imponer y confiaba en especial en los jóvenes, a quienes hizo protagonistas de numerosas iniciativas. También estuvo al lado de las personas que atravesaban dificultades, implicándose en Cáritas y promoviendo una comunidad más solidaria y comprometida.

Pero si algo permanece en la memoria de quienes lo conocieron es su forma de estar. Hoy, como hijo adoptivo a título póstumo, Valsequillo reconoce oficialmente una relación que, para muchos vecinos, ya existía desde hacía años. Se marchó dejando una huella profunda. Y quizá no haya mejor manera de resumir su vida que con aquellas palabras que él mismo quiso dejar como recuerdo: «Pasar haciendo el bien». Porque algunos títulos se conceden. Otros, como el de hijo de un pueblo, se ganan con los valores de la vida.

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