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Gáldar

Iván Quintana: «La artesanía fue fundamental para el desarrollo vital de la población»

El artista de Carrizal inaugura este 3 de septiembre una espectacular muestra locera en el Museo Agáldar con un centenar de piezas, algunas de ellas de hasta 200 años de antigüedad.

Iván Quintana.

Iván Quintana. / La Provincia

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Juanjo Jiménez

Juanjo Jiménez

Gáldar

Iván Quintana nació en Carrizal en 1995 y tiene 31 años. Terminó sus estudios de Atención a la Dependencia, pero sucumbió al mundo de la cultura. Se ha dedicado a la música y la ganadería, y, en la última etapa de su vida, ante la escasez de documentación, a la artesanía, a la que considera como vestigios y testigos del desarrollo de la vida tradicional.

Inaugura usted este 3 de septiembre la exposición ‘Las manos que hacían la loza’ en el Museo Agáldar. ¿Qué ofrece al público?

En la exposición se recopila la loza tradicional, con cerca de un centenar de piezas, muchas de ellas de más de 200 años, que provienen de distintos lugares y reúnen la tipología de los cuatro centros loceros de Gran Canaria: Hoya de Pineda, Lugarejos, La Atalaya de Santa Brígida y, el primero en desaparecer, Tunte.

Tunte, el gran desconocido.

Fue el primer centro locero en perderse por la sencilla razón de que se fueron muriendo los artesanos o abandonaron el oficio. Sabemos que es importante porque dejó piezas muy antiguas que fueron sustituyéndose por los nuevos materiales. En este sentido hay un libro que reúne la tipología de la loza de Tunte, que también habla de esa desaparición que también pudo deberse, según mis anotaciones, a que la gente de Tunte y Santa Lucía bajó a plantar tomateros y fue buscando otros recursos de vida. Pudo ser una de las causas, aunque no lo tengo confirmado.

Antes supondría una verdadera industria…

La artesanía en Canarias hasta bien avanzado el siglo XIX y casi principios del XX era fundamental para el desarrollo vital de la población. Como decía la locera Carmela Lugo, «hoy la gente tiene una jartá de plástico», pero antes hacía falta un ganiguete para fregar, una talla para el agua, un tostador para el millo y la loza común, como el caso de una olla para cocinar. Incluso pude rescatar una olla de leche, donde los pastores ordeñaban y hervían la leche.

"Para el artesano Justo Cubas, la loza de Lugarejos, pero para mí quizá la más importante fue la de La Atalaya de Santa Brígida, porque, desde mi punto de vista, tiene mayor variedad de tipologías y riqueza de bruñidos, además de diferentes apéndices o dispositivos como los mamelones, crestas, vertederos, croques y bruñidos".

Iván Quintana

¿Cuál fue el centro locero más importante?

Para mí, sin sentar cátedra, creo que cada uno tiene lo suyo. Para el artesano Justo Cubas, la loza de Lugarejos, pero para mí quizá la más importante fue la de La Atalaya de Santa Brígida, porque, desde mi punto de vista, tiene mayor variedad de tipologías y riqueza de bruñidos, además de diferentes apéndices o dispositivos como los mamelones, crestas, vertederos, croques y bruñidos.

Es decir, que lo que usted ha reunido en Gáldar es un tesoro.

Hombre, juntar casi cien piezas, cada una distinta y con su peculiaridad, no es fácil.

¿Y este fondo de dónde viene?

Empezó cuando hice un pequeño sondeo por Carrizal. Queríamos abrir para las fiestas, en una casa que nos prestaban, un pequeño museo de etnografía para dar a conocer a la gente que se acercara a la fiesta parte de nuestro patrimonio y nuestras costumbres en determinadas épocas. Y de repente empezaron a aparecer piezas de barro sorprendentes. En Carrizal, y solo para las fiestas, se hacía un tipo de sopa denominada como la sopa de la Virgen, que tiene que hacerse en una cazuela de barro porque son hervidas y no mojadas, es decir, aquellas que se elaboran para los domingos en las que se moja el pan. Así es como nos llegó la vecina Antoñita María Morales con una cazuela de su abuela del tipo sopa de la Virgen de más de 200 años.

Y ahí ya usted se enamoró del asunto.

Claro. Y fíjese qué curioso: aparecieron siete cazuelas más de este tipo que estaban guardadas o bien con flores en el patio, sin conocer la historia de la cazuela. Y a raíz de toda esta investigación, empezaron a aparecer bernegales, jarras de gofio, tostadores, tallas de agua...

¿Esto cuándo fue?

Yo llevo parte de mi vida en esto; hará más de 15 años. Empecé con 15 años en Los Gofiones, que es cuando comencé a moverme en el mundo de la cultura.

¿Y la colección es suya?

Sí, mía, personal.

Tendrá un potente valor económico.

Yo no lo he tasado, pero un amigo me dijo que era una cifra bastante importante tanto por lo emocional como por la antigüedad de las piezas. Creo que tengo diez totalmente exclusivas, es decir, que no he visto en otras colecciones, solo en fotos de la época de las loceras. Son únicas en su tipología.

¿Cómo cuáles?

Una jarra de gofio de La Atalaya que puede tener 200 años. Un frutero, o un plato de fiesta, muy antiguos, que se hacían para las familias de mayor poder adquisitivo de sitios pudientes como Vegueta. Esas familias pedían esos platos para las grandes comilonas, sobre todo por las dimensiones, porque los pobres no es que no tuvieran dónde comer, sino que ni siquiera tenían qué comer. También tengo unas tallitas, réplicas de tallas que se hacían con restos de barro que eran juguetes para los niños: son pequeñitas y enseguida se rompen o se traspapelan. Hay bastantes rarezas dentro de la muestra.

"Yo pagaba lo que me pidieran para que me reprodujeran una gran jarra de gofio, y una artesana lo intentó tres veces, pero las tres se le rompió. Esto quiere decir que muchos artesanos han perdido la maña de trabajar piezas de mayor envergadura; ya no tienen la habilidad ni la destreza para hacerlo".

Iván Quintana

¿Cuál es el futuro de la loza, si es que fuera el caso?

Se mantiene, pero se ha convertido más en una manualidad que en una artesanía por necesidad. Ya el que compra una talla lo hace para decorar, no para darle funcionalidad, así que los artesanos ya solo hacen chucherías pequeñas. Yo pagaba lo que me pidieran para que me reprodujeran esa gran jarra de gofio, y una artesana lo intentó tres veces, pero las tres se le rompió. Esto quiere decir que muchos artesanos han perdido la maña de trabajar piezas de mayor envergadura; ya no tienen la habilidad ni la destreza para hacerlo. No es por lo difícil, sino porque cuanto más grande es la pieza, más complicado es de manipular, porque el barro se trabaja fresco, y si es como un bidón, la dificultad es mucho mayor.

Deme una razón más, por si fueran pocas, para terminar de engoar a los isleños al Museo Agáldar.

Bueno, porque es una manera de dar a conocer las manos de esas madres que, con mucho sacrificio, se revolvían en sus cuevitas para sobrevivir a tiempos difíciles. Es parte de nuestra historia y de nuestra identidad como pueblo.

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