El segundo milagro de la Princesa Ico
Las esculturas que hizo en barro Juan Brito en torno a la historia aborigen ven de nuevo la luz tras décadas en el olvido
Gregorio Cabrera
Mi familia..." Juan Brito abre los brazos y las contempla con la misma emoción que alguien que se reencontrara con sus hermanos demasiado tiempo después. Las mira y las toca una a una. Las veinticinco figuras de alrededor de un metro de alto que integran la serie que recrea la historia y leyenda de la Princesa Ico son trozos de su vida, casi carne de su carne aunque estén hechas de barro. Dos años de desvelos y jornadas enteras modelando de pie, sin descanso. Se cobraron una enfermedad en las piernas, en realidad de los pocos achaques visibles a sus 90 años. Las moldeó exprimiendo su imaginación y su conocimiento sobre sus vidas y el lugar en el que vivieron en el siglo XIV, antes de la llegada de los conquistadores en 1402. "Muchas veces les hacía la cabeza y por la noche se la cortaba", recuerda. Así de cruda es la búsqueda de la perfección.
Cada escultura cuenta algo. "Este es Tiguafaya", hijo del Rey Zonzamas y la Reina Fayna, "y de ahí parece ser que procede el nombre de Timanfaya, porque le tocó la parte sur de la isla. De hecho, hasta 1730, cuando tuvieron lugar las erupciones, eran llamadas las tierras del príncipe", cuenta Juan. Tiguafaya, junto al resto de protagonistas de la saga, ha sido rescatado de la oscuridad de un vulgar almacén donde increíblemente ha estado oculta esta magna obra.
Esta historia de barro arranca en realidad en la segunda mitad del siglo XIV, en el reino de Zonzamas y Fayna. Un mal tiempo arrastró hasta las costas de Lanzarote al marino Ruiz de Avendaño. Se cuenta que el castellano ayuntó con la Reina y que fruto de esta unión nació Ico. "En aquella época también se vendían turrones", bromea Brito. Más adelante, ya muertos sus padres y crecida ella con el estigma, el tagoror se reunió y se decidió someterla a una prueba a vida o muerte para que demostrara si era digna de llevar las riendas de la aldea. Ella y otras tres jóvenes fueron introducidas durante tres días en una cueva preñada del humo de hogueras. Fue la única que sobrevivió, pero lo hizo gracias a la ayuda secreta de una anciana, Uga, que le entregó a escondidas tres esponjas marinas para que respirara a través de ellas.
A veces Juan mira fijamente a sus creaciones. Entonces ellas cobran incluso más vida de la que ya desprenden. Se adivina el temor a que, en un arrebato, les corte de nuevo la cabeza.
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