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Las sardinas son historia en Garavilla

Las naves que albergaron la última conservera de Arrecife han desaparecido bajo las palas mecánicas

Las sardinas son historia en Garavilla

Las sardinas son historia en Garavilla

Dos excavadoras trabajan sin cesar para reconvertir la antigua conservera Garavilla en el que va a ser el mayor centro comercial de Arrecife. De la fábrica creada por el industrial vasco Estanislao Garavilla a comienzos de 1967 apenas queda ya una parte de la fachada principal, que solo se mantendrá en pie hasta que la futura zona comercial de 32.376 metros cuadrados de superficie útil de exposición y venta empiece a levantarse.

Con la desaparición de estas naves se pone fin a la época dorada de la pesca lanzaroteña en la que llegaron a convivir, en los primeros años de la década de los 80 del pasado siglo, hasta cuatro conserveras de sardinas y atún y tres empresas de fabricación de harinas y aceites de pescado.

Un sector pesquero que llegó a tener, a finales de los 70, hasta un total de 36 barcos sardinales, 40 artesanales y hasta 300 embarcaciones para la flota de bajura. La que era la mayor flota pesquera de Canarias tenía la misión de abastecer a todo un sector industrial, que junto al turismo, era uno de los grandes motores de la economía lanzaroteña.

Con sede en la localidad vizcaína de Bermeo, Garavilla bajo el principio de que "se enlata donde hay pescado", se fijó en Lanzarote por su proximidad con los bancos pesqueros africanos. Una industria que, a través de la marca Isabel, se sumaba a las que tenía ya abiertas en Bermeo, Vigo (Galicia), San Juan de la Arena (Asturias), Mundaca (Vizcaya) y la Línea de la Concepción en Cádiz.

En octubre de 1966, Estanislao Garavilla adquiría los terrenos de la fábrica de salazones Afer S.A. , propiedad de Aquilino Fernández que en la década de los años 50 se dedicaba a la elaboración de pescado seco y salado. Unas instalaciones, que además de tener una capacidad de producción diaria de 25 toneladas de atún y 15 de sardinas (aunque no al mismo tiempo) y otras 30 toneladas de harinas de pescado contaba también con una fábrica de hielo (imprescindible para poder funcionar) y una red de frigoríficos.

Su puesta en marcha supuso la contratación de 100 mujeres, que eran las que se encargaban de cortar y empaquetar las sardinas en las latas, y casi 50 hombres. Una situación que obligó a la empresa a tener que recurrir incluso a la isla de Fuerteventura por la escasez de mano de obra en la isla para un trabajo que en los primeros años era muy duro.

Una guagua para el personal

"Una guagua recorría los distintos municipios para traer a los trabajadores", recuerda Pablo Luis Cabrera, que estuvo 27 años en Garavilla siendo el presidente del comité de empresa durante el conflicto que desembocó en el cierre de esta industria en el año 2000. Una fábrica que incluso construyó un comedor y una cafetería para atender al personal.

"Además de tener que estar de pie las ocho horas, en el caso de las mujeres se añadía el esfuerzo de cortar de forma manual con una tijera cada día miles de colas y cabezas de sardinas", señala Cabrera.

Un esfuerzo que incluso acarreó problemas físicos a las trabajadoras. "Los principios fueron muy duros y muchas mujeres por el uso de las tijeras tenían las manos deformadas hasta que, poco a poco, se fueron introduciendo mejoras técnicas como las máquinas cortadoras", indica José Alayón que trabajó casi tres décadas en el departamento de personal.

La estrecha relación de Garavilla con Bermeo propició que los atuneros vascos empezaran a atracar en el puerto de Arrecife para desembarcar sus capturas. Se estima que hasta 90 embarcaciones solo de Bermeo se desplazaron hacia las aguas canarias y africanas.

La fábrica de Arrecife se llegó a convertir en el gran centro de producción de latas de sardina del grupo Garavilla no solo para la distribución nacional y europea sino principalmente para el continente africano.. "En una ocasión estuvimos prácticamente dos meses estuchando hasta 200.000 cajas de sardinas para un encargo de ayuda humanitaria en un país africano", señala Pablo Luis Cabrera.

Según el estudio "La pesca artesanal de altura en Lanzarote y la industria derivada" de J. Ezequiel Acosta Rodríguez "en 1984 Arrecife contaba con siete fábricas conserveras y de subproductos pesqueros: Agramar, Atunera Canaria, Garavilla, Lanzarote, Lloret y Llinares, Hijos de Angel Ojeda y Rocar que llegaron a producir unas 40.000 toneladas anuales de conservas de pescado además de grandes cantidades de aceite y harina de pescado".

El principal destino, concretamente el 55% de la producción era para los países de la cuenca ribereña africana, " Congo, Guinea y sobretodo Nigeria que tras su independencia y posterior crecimiento económico fueron sustituyendo las importaciones de salazón de pescado seco por conservas de pescado. El resto de la producción será repartido en la Península y en Europa", señala Acosta.

Sin embargo, la descolonización del Sáhara, los restrictivos acuerdos pesqueros con Mauritania y sobre todo con Marruecos marcó el comienzo del fin de las industrias pesqueras de Arrecife. "Además de estas restricciones para la pesca los armadores tenían que pagar cada vez más a cambio de la pesca en aguas marroquíes lo que obligó al amarre de gran parte de la flota artesanal conejera y al progresivo cierre de las industrias conserveras y derivados", señala el estudio de Acosta Rodríguez.

La integración de España en la Unión Europea y el incremento de los costes de producción al situarse los productos lanzaroteños en peores condiciones que los ofertados por los principales competidores, fundamentalmente Marruecos y Portugal, también contribuyó a la decadencia.

En este contexto, la familia Garavilla ideó un plan para trasladar la producción de su fábrica de Lanzarote a Marruecos llevando a cabo el progresivo desmantelamiento de la maquinaria. "Tenían el barco preparado en el puerto de Arrecife para llevarse la maquinaria pero nos plantamos en la puerta y logramos paralizar la operación hasta que en octubre de 2001 nos pagaron lo que nos debían", afirma Pablo Luis Cabrera.

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