Fe y cadenas en el Atlántico: un capítulo heroico de la historia franciscana en las Islas
En Canarias, en los albores de la expansión europea, el mensaje de hermandad de San Francisco de Asís se enfrentó violentamente con los intereses mercantiles y la plaga de la esclavitud

En la imagen, San Francisco de Asís y el lobo de Gubbio, uno de los episodios más conocidos del patrón de Italia y que fue objeto de una exposición en esa ciudad en 2013 para conmemorar el milagro del santo. / La Provincia
Alfonso Licata
En espera de las celebraciones mundiales por San Francisco de Asís en 2026, es fundamental redescubrir el capítulo heroico de la historia franciscana en las Islas Canarias. Aquí, en los albores de la expansión europea, el mensaje de hermandad del santo se enfrentó violentamente con los intereses mercantiles y la plaga de la esclavitud.
A partir del período posterior al redescubrimiento de Lanzarote por parte del navegante genovés Lanzarotto Malocello (en 1312), el Archipiélago se convirtió en un laboratorio para la expansión atlántica, marcado por las incursiones para la captura de esclavos y el inicio de la evangelización. En este contexto dramático, los Frailes Menores asumieron un papel de centinelas morales, alineándose con determinación en defensa de los nativos canarios, los guanches.
La batalla por la justicia en Canarias fue librada desde el principio en los más altos niveles de la cristiandad. La importancia de la institución de la Iglesia Católica residía en su capacidad para ejercer una autoridad moral y jurídica sobre las potencias europeas, reconociendo a los nativos canarios como seres humanos con alma y dignidad, no como simple mercancía. Esta posición, promovida en el campo por los misioneros, fue formalizada y respaldada por el Papado.
El Papado intervino precozmente para sanctionar los abusos, demostrando que la defensa de los nativos era un principio de la Iglesia anterior a la gran era de los descubrimientos. Inmediatamente después de la primera oleada de contactos europeos e incursiones de esclavos, el papa Clemente VI desempeñó un papel fundamental. En 1344, erigió el Reino de las Islas Afortunadas (Canarias) a favor del príncipe castellano Luis de la Cerda, pero imponiendo severas restricciones sobre los derechos de los habitantes. Aunque la iniciativa estuvo ligada a ambiciones políticas, fue el primer paso para reconocer las Islas como territorio de misión y proteger a los aborígenes de la pura y simple esclavitud indiscriminada, estableciendo que las conversiones debían ser pacíficas.
La bula ‘Sicut Dudum’
El papa Gregorio XI continuó la línea de sus predecesores, reiterando la importancia de la evangelización pacífica y la necesidad de proteger a las poblaciones locales de los ataques y la esclavitud. Su preocupación era que las incursiones esclavistas comprometieran la posibilidad misma de la misión cristiana.
Estas intervenciones del siglo XIV prepararon el terreno para las condenas más explícitas del siglo XV: a principios del siglo XV, el papa Martín V emitió varias bulas y cartas apostólicas, condenando firmemente la reducción a la esclavitud de los indígenas de Canarias, amenazando con sanciones espirituales a quienes perpetraban la esclavitud en nombre de la conversión.
La intervención del papa Eugenio IV fue la más resuelta. Su bula Sicut Dudum, promulgada en 1434, es considerada un momento crucial en la historia de los derechos humanos. Ordenaba la liberación inmediata de todos los nativos canarios reducidos a la esclavitud y amenazaba con la excomunión a cualquiera que continuara con dicha práctica.
Paralelamente a las intervenciones papales, los franciscanos operaban en el campo. Su papel fue doble: misión pacífica y denuncia abierta. Tal compromiso culminó con la institución de la primera sede eclesiástica. Con la expedición de Jean de Béthencourt (principios del siglo XV), los franciscanos estuvieron en el centro de la primera organización eclesiástica. En 1404, se erigió la diócesis de San Marcial del Rubicón en Lanzarote.
El primer obispo nombrado para esta sede fue Alfonso Sanlúcar de Barrameda, O.F.M., demostrando la prioridad y la confianza depositada en la Orden para guiar la evangelización. De hecho, muchos de los primeros obispos de Canarias provinieron de los Frailes Menores.
El compromiso de los frailes no estuvo exento de peligros mortales, a menudo pagados con el martirio. Su misión chocaba tanto con la resistencia de los nativos, que veían en los misioneros a los precursores de los asaltantes, como con la hostilidad de los propios europeos que veían obstaculizados sus tráficos.
En Fuerteventura ya a mediados del siglo XIV, diversas fuentes registran la matanza de varios frailes (probablemente franciscanos y dominicos) por parte de los aborígenes en Fuerteventura, atestiguando los riesgos de las primeras expediciones.
Gran Canaria, que resistió más tiempo, fue escenario de violencia contra los misioneros que intentaban la evangelización pacífica. El fraile Diego de Illescas y sus compañeros, además de otros cinco frailes franciscanos asesinados en diferentes momentos antes de 1478, fueron víctimas de los aborígenes (guanches).
La acción de los franciscanos en Canarias, respaldada por la autoridad moral del Papado desde el siglo XIV, establece un precedente histórico de alcance global. El Archipiélago fue el primer laboratorio en el que la expansión europea se vio obligada a confrontar la cuestión de los derechos de las poblaciones nativas.
La defensa intransigente de los guanches anticipó en más de un siglo la acción de frailes como Bartolomé de las Casas en América. La historia canaria está tejida de fe, martirio y lucha por la justicia. Honrando a San Francisco, recordamos que Canarias no es solo un paraíso turístico, sino el teatro de batallas morales que moldearon los principios de la defensa de los derechos humanos al inicio de la Edad Moderna.
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