La joya que renace con el proyecto LIFE INSULAR

El guirre es una de las aves rapaces autóctonas que encuentran refugio en Alegranza. / La Provincia
El Archipiélago Chinijo parece un paraíso detenido en el tiempo. Dunas que respiran con el viento alisio, coladas volcánicas que narran la historia geológica del Atlántico y acantilados que se elevan como murallas ancestrales sobre un océano rebosante de vida.
Se llama Archipiélago Chinijo al conjunto de islas situadas al norte de Lanzarote y muy cercano a las costas del sur de Marruecos. De reducido tamaño, de ahí su nombre, cuenta con los espacios protegidos de la Reserva Natural Integral de Los Islotes y el Parque Natural del Archipiélago Chinijo. Lo conforman 3 islas y 2 islotes. La Graciosa es la isla de mayor tamaño y la única habitada por el hombre. Los islotes conforman para las aves un hábitat singular que, por sus características, es altamente representativo.
La presencia en varios puntos de yacimientos de huevos de aves prehistóricas que habitaban las islas le confiere un valor científico adicional. Sin embargo, bajo esa apariencia idílica se esconde un territorio frágil, moldeado por fuerzas naturales extremas y sometido a amenazas crecientes.
En este escenario único, el proyecto europeo LIFE INSULAR ha puesto su foco en la única Zona de Especial Conservación en la que actúa en Canarias: la ZEC Archipiélago Chinijo. Su objetivo es tan ambicioso como urgente, y no es otro que recuperar hábitats esenciales, reforzar la biodiversidad insular y garantizar que este enclave, el más valioso de la región macaronésica, siga siendo un refugio biológico para las generaciones futuras.
La ZEC Archipiélago Chinijo abarca los islotes de La Graciosa y Alegranza, así como una extensa franja del litoral noroeste de Lanzarote que incluye los imponentes Riscos de Famara y las llanuras de Lomos Blancos, Sacominas y Costa Blanca. Este conjunto forma parte del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, un espacio de excepcional valor que combina la grandeza del paisaje volcánico con una biodiversidad que no tiene parangón en Canarias.
La plataforma marina que rodea estos territorios -un escalón submarino que rara vez supera los 200 metros de profundidad- favorece la existencia de fondos rocosos, veriles, túneles volcánicos sumergidos y extensas praderas de rodolitos, uno de los ecosistemas más singulares del Atlántico oriental.
En este marco, LIFE INSULAR ha enfocado sus esfuerzos en la restauración de once tipos de hábitats de interés comunitario presentes en la ZEC, que suman más de 1.684 hectáreas. Entre ellos destacan especialmente las dunas grises, un ecosistema escaso y extremadamente sensible donde numerosas especies encuentran refugio, alimento y áreas de reproducción.
La Graciosa alberga algunas de las mejores representaciones de este hábitat en toda la Macaronesia, lo que convierte a la isla en un escenario privilegiado para la recuperación ecológica aplicada. La restauración de las dunas -afectadas durante décadas por el tránsito humano, especies invasoras y procesos erosivos acelerados- es hoy uno de los ejes centrales de la intervención.
Pero para entender la importancia estratégica de esta zona hay que mirar al paisaje. Alegranza, con su majestuosa caldera de 1,1 kilómetros de diámetro, es un recordatorio constante de la fuerza que dio origen al archipiélago. Aunque está parcialmente erosionada, su estructura volcánica determina aún la dinámica ecológica de la isla. En contraste, el macizo de Famara -un muro basáltico de 23 kilómetros que culmina en las Peñas del Chache, el punto más alto de Lanzarote- actúa como un gigantesco reservorio de biodiversidad.
Sus acantilados almacenan capas de basaltos, depósitos terrígenos y almagres, además de un río de lavas procedente de la erupción del volcán de La Corona hace apenas 5.000 años. Ese flujo, que desbordó el portillo de Vega Chica y se precipitó hacia los riscos, es hoy una pieza fundamental del discurso geológico del área y un símbolo de la continuidad volcánica del paisaje tanto en superficie como bajo el mar.
Especies marinas únicas
La extraordinaria riqueza natural del Archipiélago Chinijo no termina en tierra firme. Sus fondos albergan más de 304 especies de macroalgas marinas, lo que equivale al 53% de toda la flora marina del Archipiélago Canario. Esta cifra convierte a la zona en el punto con mayor diversidad algal del archipiélago y en uno de los enclaves de referencia para el estudio de la flora marina macaronésica. Las comunidades de gorgonias roja y amarilla, el coral naranja, el coral negro y la gerardia son solo algunos ejemplos de una fauna invertebrada que en otras regiones solo se encuentra a mayor profundidad.
La vida submarina se entrelaza con la terrestre, creando un corredor ecológico donde se han identificado más de 200 especies de peces. Entre ellos, destacan endemismos canarios como el caboso, especies macaronésicas como la fula negra, el pejeperro o la morena negra, y otras especies que en el resto del archipiélago son raras, como la baila, la lubina o el romero capitán. Esta abundancia constituye la base alimentaria de una de las comunidades de aves marinas más importantes del Atlántico.
Alegranza alberga la mayor densidad reproductora de pardela cenicienta de España y quizás de Europa, mientras que en Montaña Clara se localiza la que podría ser la única colonia de paíño pechialbo en Canarias. A ello se suma la presencia de halcones de Berbería y Eleonor, águila pescadora, alimoche o guirre, así como aves esteparias y limícolas que encuentran refugio en los llanos del norte de Soo.
Sin embargo, este laboratorio natural convive con asentamientos humanos. La Graciosa cuenta con dos núcleos poblacionales: Caleta del Sebo, el pueblo más emblemático, y Pedro Barba, un pequeño enclave estacional. En la costa lanzaroteña, los núcleos de La Caleta y la urbanización de Famara concentran buena parte del turismo, un turismo que, aunque moderado y tradicionalmente vinculado a estilos de vida respetuosos con el medio, ejerce presión sobre ecosistemas extremadamente sensibles. En verano, La Graciosa llega a recibir más de 200 visitantes diarios, una cifra que hace indispensable una gestión rigurosa para equilibrar la protección ambiental con la actividad humana. Las medidas de regulación impulsadas desde el Parque Natural han permitido ordenar esta afluencia, evitando impactos severos en los hábitats más delicados.
Nuevo modelo de gestión
Es en este contexto donde LIFE INSULAR cobra fuerza. Más que un proyecto de conservación, representa un nuevo modelo de gestión para territorios insulares. La eliminación de flora invasora, la recuperación de dunas degradadas, la plantación de especies autóctonas cultivadas en viveros especializados o la restauración geomorfológica de zonas erosionadas son acciones que buscan asegurar la supervivencia a largo plazo de un mosaico de ecosistemas únicos en Europa. La particularidad de este proyecto reside en su visión integral: no se trata solo de reparar los daños visibles, sino de anticipar el futuro ecológico del archipiélago frente a fenómenos como la erosión acelerada, el turismo creciente o los efectos del cambio climático.
LIFE INSULAR actúa también como un puente entre ciencia, administraciones y ciudadanía. El conocimiento técnico aportado por equipos de biólogos, geólogos y expertos en restauración ecológica se combina con la participación local y el apoyo institucional para generar un modelo de conservación sostenible, replicable e innovador. El Archipiélago Chinijo es un espacio a proteger y un ejemplo vivo de cómo la cooperación puede transformar la manera en la que cuidamos nuestros ecosistemas más frágiles.
El proyecto recuerda que la conservación no es una tarea aislada ni un ejercicio puntual de reparación, sino una apuesta continua que exige planificación, seguimiento y compromiso. Con su intervención en las dunas grises, los acantilados, los ecosistemas submarinos y las comunidades de flora y fauna, LIFE INSULAR está devolviendo resiliencia a uno de los espacios más singulares de Canarias y de toda Europa.
Su legado será un territorio más estable, con hábitats reforzados, especies más protegidas y una comunidad más consciente de que preservar el paraíso es una responsabilidad compartida.
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