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El refugio de Sara Carbonero (42 años) en Canarias: playas volcánicas y mucha calma

La isla canaria se ha convertido en el refugio atlántico de Sara Carbonero, un espacio que valora por su autenticidad, su ritmo pausado y su conexión familiar

El refugio de Sara Carbonero (42 años) en Canarias: playas volcánicas, ruta de vinos y mucha calma

Foto: Archivo | Vídeo Europa Press

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Las Palmas de Gran Canaria

La periodista ha encontrado en la isla de los volcanes uno de esos lugares a los que se vuelve sin hacer ruido. Después de despedir 2025 en La Graciosa y de regresar meses más tarde a Lanzarote, Sara Carbonero ha dejado claro que Canarias ocupa un sitio especial en su mapa personal.

El refugio de Sara Carbonero ya no mira al Mediterráneo, sino al Atlántico. La periodista, de 42 años, ha encontrado en Lanzarote y La Graciosa un rincón de desconexión que encaja con esa forma suya de entender la vida en los últimos años: menos ruido, más mar, más tiempo con los suyos y paisajes que no necesitan explicación.

No es casualidad que haya vuelto. Tampoco que lo haya compartido con sus seguidores en Instagram con una palabra sencilla y muy significativa: “Volver”. En junio de 2026, la comunicadora regresó a Lanzarote acompañando a uno de sus hijos por un torneo deportivo, pero el viaje terminó siendo algo más que una agenda familiar. También hubo playa, gastronomía, amigas y ese paisaje volcánico que en Canarias convierte cualquier escapada en una pausa de verdad.

Lanzarote tiene algo que Sara Carbonero parece reconocer muy bien: una belleza sin exceso. No necesita grandes artificios. Basta la carretera entre malpaíses, los muros bajos de piedra, las viñas de La Geria protegidas del viento, el Atlántico rompiendo contra la costa y esa luz limpia que parece dejarlo todo en silencio.

La Geria, el Proyecto SUMA y Carla Suárez, entre los premiados por Endecan

Imagen de archivo de La Geria, Lanzarote / LA PROVINCIA

La relación de la periodista con la isla se hizo especialmente visible al comenzar 2026. Sara Carbonero despidió 2025 en La Graciosa junto a Isabel Jiménez, su gran amiga y socia, y un grupo cercano de amistades. En redes sociales habló entonces de un baño en el mar, de “la isla más bonita” y de una “compañía de lujo”. La escena era muy canaria: buen tiempo, mar, calma, paseos, yoga, encuentros alrededor de la mesa y la sensación de estar lejos sin tener que explicar demasiado.

Aquellos días transcurrieron en La Graciosa, la isla situada al norte de Lanzarote, integrada en el Archipiélago Chinijo. En concreto, en la zona de Pedro Barba y Caleta de Sebo, dos nombres que para cualquier visitante resumen bien el espíritu de la octava isla: calles de arena, casas blancas, mar transparente y un ritmo que todavía se resiste a parecerse al de otros destinos turísticos.

Pero ese inicio de año también tuvo una cara difícil. El 2 de enero, Sara Carbonero tuvo que ser trasladada a un hospital de Lanzarote tras encontrarse indispuesta durante sus vacaciones. Permaneció ingresada en el Hospital Doctor José Molina Orosa, donde fue intervenida de urgencia. Meses después, su regreso a la isla tuvo inevitablemente un valor simbólico: no era solo volver a un destino bonito, sino regresar al lugar donde había vivido un susto importante y convertirlo en un recuerdo distinto.

Ahí está quizá la clave del vínculo de Sara Carbonero con Lanzarote. La isla no aparece en su vida como un decorado de postal, sino como un lugar de compañía, de familia y de reconstrucción íntima. Su vuelta en 2026, con sus hijos y amigas, tiene algo de gesto sereno: recuperar un espacio, caminarlo de otra manera y permitir que el paisaje haga su trabajo.

La isla que parece de otro planeta

Lanzarote no se parece a ningún otro lugar de España. Ni siquiera a otras islas de Canarias. Es una isla volcánica, seca, luminosa, aparentemente desnuda y profundamente magnética. La UNESCO la declaró Reserva de la Biosfera en 1993, y el Geoparque Lanzarote y Archipiélago Chinijo forma parte de la Red Global de Geoparques desde 2015.

La explicación está en el terreno. En Timanfaya, en los campos de lava, en los conos volcánicos, en las cenizas negras donde crecen las viñas de La Geria, en los cráteres que parecen recién detenidos en el tiempo. Lanzarote es una isla que habla de fuego, pero también de paciencia. Todo aquí parece haberse formado lentamente para que el visitante aprenda a mirar sin prisa.

Parque Nacional de Timanfaya, en Lanzarote.

Parque Nacional de Timanfaya, en Lanzarote. / E.D. / L.P.

Ese paisaje es, precisamente, uno de los atractivos que más encajan con el perfil de Sara Carbonero. La periodista ha construido en los últimos años una imagen pública vinculada a la calma, la introspección, la naturaleza y los planes sencillos. Lanzarote ofrece todo eso, pero sin impostura: desayunos al sol, caminos de tierra, baños en playas abiertas, pueblos blancos y una gastronomía que mira al producto local.

Entre los lugares que han aparecido asociados a su última escapada está La Geria, uno de los paisajes más reconocibles de la isla. Allí, las vides crecen en hoyos excavados en la ceniza volcánica, protegidas por pequeños muros semicirculares de piedra. Es uno de esos escenarios que explican Lanzarote mejor que cualquier frase: belleza, supervivencia y adaptación al territorio.

También se ha mencionado la zona de Los Pocillos, en Puerto del Carmen, un arenal amplio y tranquilo que funciona como contrapunto a la postal más salvaje de la isla. Porque Lanzarote no es solo Timanfaya o las playas vírgenes del sur. También es vida cotidiana, paseos familiares, restaurantes, terrazas, partidos de fútbol, encuentros con amigos y esa normalidad que a veces buscan quienes viven demasiado expuestos.

Playa de Los Pocillos en Puerto del Carmen

Playa de Los Pocillos en Puerto del Carmen / Turismo de Lanzarote

La Graciosa, el otro refugio

Si Lanzarote es la isla del fuego, La Graciosa es la isla de la pausa. Situada al norte, dentro del Archipiélago Chinijo, conserva una identidad muy particular: no hay prisas, las calles son de arena y el mar parece estar siempre más cerca de lo normal.

Para Sara Carbonero e Isabel Jiménez, La Graciosa no ha sido una visita aislada. Ya habían estado allí antes, y su escapada de Fin de Año volvió a colocarlas en un escenario que muchas personas en Canarias reconocen como uno de los últimos refugios de tranquilidad real del Archipiélago.

Caleta de Sebo, Pedro Barba, la playa de Las Conchas, Montaña Amarilla o la travesía desde Órzola son nombres que forman parte de esa experiencia. No hace falta mucho más: una bicicleta, unas sandalias, protección solar, agua y ganas de dejar que el día transcurra sin demasiada planificación.

En ese sentido, La Graciosa funciona como el reverso perfecto de la vida pública. Es difícil pasar desapercibido cuando se es Sara Carbonero, pero la isla ayuda. No porque esconda, sino porque baja el volumen. Y quizá por eso tantos rostros conocidos encuentran en Canarias algo que no siempre aparece en otros destinos: clima, belleza y una discreción natural.

César Manrique y la belleza sin estridencias

Hablar de Lanzarote sin hablar de César Manrique sería dejar la isla a medias. El artista entendió antes que nadie que el territorio era la gran obra. Su huella está en los Jameos del Agua, el Mirador del Río, el Jardín de Cactus, la Fundación César Manrique y en una forma de mirar Lanzarote que sigue vigente: intervenir lo justo, respetar el paisaje y no competir con él.

Esa filosofía explica por qué la isla resulta tan fotogénica sin parecer fabricada. Las casas blancas, las carpinterías verdes o azules, la ausencia de grandes alturas en buena parte del territorio, la integración de la arquitectura en el volcán. Todo responde a una idea sencilla y poderosa: Lanzarote no necesita disfrazarse.

Por eso resulta tan fácil imaginar la atracción de Sara Carbonero por este lugar. Su narrativa personal en redes no es la del lujo evidente, sino la del detalle: un atardecer, una mesa compartida, un baño, una frase escrita a media voz, una canción, una imagen de sus hijos, una amiga cerca. Lanzarote ofrece ese tipo de escenas constantemente.

Los lugares de Lanzarote que explican el flechazo

Quien quiera seguir una ruta inspirada en esa idea de desconexión puede empezar por La Geria, donde el vino de malvasía volcánica se cultiva en un paisaje único. Después, una parada en Timanfaya permite entender la fuerza geológica de la isla. No es un parque para recorrer sin normas, sino un espacio protegido donde conviene respetar itinerarios y recomendaciones.

El norte ofrece otra Lanzarote: Haría, el valle de las palmeras; Jameos del Agua, donde el arte de Manrique se funde con la naturaleza; y el Mirador del Río, con La Graciosa al fondo como una promesa. Desde Órzola, el barco hasta Caleta de Sebo completa el salto a otro ritmo.

En el sur, las playas de Papagayo siguen siendo una de las postales más buscadas, aunque conviene visitarlas con sentido común y respeto por el entorno. Y para quienes prefieren planes más cotidianos, Puerto del Carmen, Tías o San Bartolomé muestran esa Lanzarote vivida por residentes y familias, no solo por turistas.

Jameos piscina del agua lanzarote

Jameos piscina del agua lanzarote / Turismo de Lanzarote

Un destino para volver

Lo que diferencia a Lanzarote de otros refugios de famosos es que aquí el protagonismo acaba siendo siempre de la isla. Sara Carbonero puede poner el foco, pero el paisaje lo sostiene. La Graciosa, La Geria, Timanfaya, el Atlántico, los pueblos blancos y la gastronomía local forman parte de una misma idea: viajar para bajar el ritmo.

Su regreso en junio de 2026, después de un comienzo de año marcado por la hospitalización en la isla y por meses personalmente difíciles, añade una capa emocional a esa relación. Lanzarote ya no es solo un destino de vacaciones. Es un lugar al que se vuelve para reconciliarse con los recuerdos, para acompañar a los hijos, para sentarse con amigas, para bañarse en el mar y para comprobar que, a veces, un paisaje también puede ayudar a cerrar heridas.

Sara Carbonero lo resumió con una palabra: volver. Y en Lanzarote, volver nunca significa exactamente repetir. Significa mirar la misma isla con otros ojos.

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