Los cementerios son sitios de evocación. Vamos, lugares entrañables donde se agolpan los recuerdos de nuestros antepasados. Y cuando digo nuestros antepasados, me refiero tanto a los familiares directos o indirectos, a los amigos y, en especial, a los personajes relevantes de nuestra historia insular. Y también de algunos que, aun siendo de fuera de las islas, los hemos adaptado por su vinculación a esta tierra canaria.

Dicho esto vale la pena, sin ir más lejos y con referencia a nuestra ciudad, pararse en primer lugar a contemplar el resucitado árbol del responso. Y luego, ya en segundo término, pasear por el interior el Cementerio de Vegueta. Un recorrido que es recomendable -con independencia del tradicional día de los difuntos- para todos aquellos que, dentro de cualquier fecha del año, saben valorar el más allá de la propia nada. Sin embargo, con todas las evocaciones salidas de las propias entrañas de quienes allí recibieron sepultura, no se nos escapa a la vista, como vivos que estamos, algunos inexplicables abandonos hacia quienes tanto aportaron a la cultura -que es éste el caso que nos ocupa- de la literatura insular. Me refiero, digo, al nicho del gran Rafael Romero (Alonso Quesada), que no se encuentra conservado a la altura que merece un personaje de su talla. Verlo abandonado, como está, con la particularidad que las letras con su seudónimo lleva -según nos aseguran- el sello del gran Néstor Martín Fernández de la Torre, no dice nada a favor de quienes con anterioridad se han venido responsabilizando del ornato del campo santo.

En definitiva, creo que a quienes les corresponda bien poco les costaría poner el nicho que nos ocupa (número 659), a la altura de las circunstancias. Lo merece el conjunto de nuestra ciudadanía y, en especial, quienes siguen creyendo en los cementerios como lugares llamados a tener las mejores evocaciones de nuestros antepasados. Entre ellos, repito, en todo lo concerniente al gran Rafael Romero (Alonso Quesada).