Es Arenales el distrito de ensanche y expansión de Las Palmas de Gran Canaria de mediados del siglo XIX. En él se levantaron edificaciones de gran categoría e importancia, en las que no solo se puso mimo y se cuidó detalle en su diseño, sino también en su construcción. Prueba fehaciente de ello es la supervivencia muchos de estos inmuebles. Imperturbables al paso del tiempo, aún conservan su carácter regio, si bien las actividades y la vida que en su interior acogen han cambiado al compás de la evolución de la propia zona. En un paseo por el céntrico barrio salen al encuentro; entre bloques más jóvenes en lo que su alzado se refiere; la Comandancia de Marina de Las Palmas, la Delegación del Gobierno o los dos edificios que albergaron el Instituto Nacional de Sanidad -que a día de hoy acogen la Casa África y el Servicio Canario de la Salud en Alfonso XIII-. Y ahí se encuentra también la plaza de la Feria, donde muy cerca, a tan solo a unos metros, vibra aún el recuerdo de las corridas taurinas y los circos ecuestres que se celebraron en una ya desaparecida plaza de toros. Sus cimientos pasaron a mejor vida, la constancia de su importancia recreativa no.

Hay que remontarse, ni más ni menos, al año 1868. Fue un vecino de la ciudad, Juan Lorenzo, quien solicitó un permiso para instalar un ruedo de carácter provisional para dar tres corridas con motivo de las fiestas de San Pedro Mártir. El lugar elegido era un local propiedad del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, donde ya se había realizado una luchada canaria a principios del mes de septiembre.

El recinto, estaba situado en la "destartalada plaza de la Feria", según apunta María de los Reyes García Gómez en su aportación al libreto publicado para conmemorar el 535 aniversario de la fundación de la capital y que además tiene como protagonista los encantos de Arenales. La institución local concede el permiso a Juan Lorenzo, sin embargo, no hay constancia de que allí se celebrasen finalmente corridas de toros.

El municipio comenzó a crecer y "era necesario darle algo lúdico porque lo único que se podía hacer hasta entonces era pasear por la plaza o las peleas de gallos y había pocas cosas con las que divertirse", explica también García Gómez en La Plaza de la Feria y sus usos lúdicos. Siglo XIX. "Por eso, cuando dos empresarios pidió al Consistorio hacer la plaza de toros, les ceden el local encantados". Se refiere a Francisco de León y Enrique Sánchez, quienes en 1873 realizan una nueva petición para que la construcción sirva a la vez de circo ecuestre y dé cabida a luchadas y peleas de gallos.

La concesión se les otorga definitivamente el 7 de julio de aquel mismo año, ya que la corporación local de la época consideró que la plaza de la Feria no prestaba entonces ningún servicio público. "Se trataba de un arrabal destartalado" al que durante mucho tiempo no se le podía dar las condiciones necesarias de plaza ni tampoco de vía pública por falta de presupuesto en las arcas municipales para sufragar una obra de tal envergadura. Para el Consistorio, construcción del inmueble se tradujo en la perfecta oportunidad de hacer desaparecer el mal aspecto de aquel solar.

En concreto, este local de la plaza estaba limitado por la carretera hacia el oriente y terminado por una fila de tarajales -arbustos de la familia de las Tamaricáceas que crecen hasta tres metros de altura y que son comunes en las orillas de los ríos- en su parte occidental. Colindaba al norte y al sur con varias casas en construcción. "Era un lugar idóneo ya que al estar situado en la zona de arenales del municipio, los licitadores no necesitaban transportar algo tan imprescindible como es la arena para el ruedo", señala la también autora del libro El caballo y Gran Canaria. Historia ecuestre de una Isla. Siglos XIV-XIX.

Seis años

No obstante, y a pesar de la adjudicación, que finalmente fue por seis años a pesar de que la petición era de 15, Francisco León y Enrique Sánchez tuvieron que comprometerse a cumplir con ciertos requisitos. El primero de ellos fue que dicho emplazamiento fuera destinado únicamente al uso que alegaban: corridas taurinas, luchadas y circos de gallos y ecuestres. Otra de las condiciones era que el aspecto exterior se adecuase en su ornato a la importancia que exigía un edificio destinado a distracciones públicas. Durante este periodo de tiempo no tuvieron lugar lidiadas en el ruedo, aunque se sabe que se celebraron varias luchadas con motivo del 395 aniversario de la Fundación de la Ciudad.

Precisamente un entusiasta de esta modalidad de deporte canario, Francisco Morales Medina, en 1892 propone al Ayuntamiento la remodelación del anfiteatro de madera con graderío que existía en la Plaza de la Feria. Las reformas no tardaron demasiado en llegar, ya que el aforo era para unas 8.000 personas. Tiene gran importancia en esta nueva etapa un toldo blanco propiedad municipal "bajo el que todo el mundo se peleaba por sentarse", apostilla García.

El que hubiese poca actividad taurina no quería decir que no se estuviese al tanto de las novedades que al respecto había en la época. Era el director del periódico La Patria, Juan Melián y Alvarado, quien mantenía la llama encendida a través de sus crónicas sobre lo que acontecía en las plazas de toros de La Laguna y de Santa Cruz de Tenerife. Allí toreó el afamadísimo Fernando Gómez, el Gallo. Fue tal el éxito, que también allí se trasladó el nuevo concesionario, Francisco Morales Medina, para llegar a un acuerdo para que el Gallo viniese a torear a la Isla.

Con motivo de este acontecimiento se hicieron nuevas mejoras en el local de la plaza de la Feria. Las nuevas obras fueron supervisadas por el mismísimo Francisco Manrique de Lara y Manrique de Lara, alcalde la fecha, junto con los arquitectos municipales. "Es un tinglado serio, aunque al principio fuese portátil, después se hace una obra de mampostería donde se vendían las entradas y hasta se hicieron pruebas de resistencia en las gradas con sacos de arena", matiza. Y añade que "fue tal la calidad del trabajo realizado que el mismísimo torero hizo una oferta de compra de más de 7.500 pesetas".

Finalmente, la primera corrida de toros se efectuó en el coso de la Feria en octubre. Esta faena inicial no se le dio demasiado bien al torero y por eso, no fue hasta la segunda cuando el Gallo consiguió hacerse con el reconocimiento de los asiduos a los toros. La popularidad de estos festejos era tal, que varios empresarios como Cuyás y Prats se disputaron la construcción de otro ruedo. Algo que no fue posible a pesar de las críticas al respecto por parte de La Patria, que consideró más oportuno que el local de la Feria se le entregase al ramo de Guerra para la construcción de un cuartel.

A pesar de la oposición de algunos vecinos, la plaza se remodeló y en el año 1896 recibió la denominación de circo desde el que se llevaron a cabo dos demostraciones del globo aerostático a manos del capitán Faure. y concluye García Gómez: "Desde su aparición, la Plaza de la Feria fue un espacio lúdico para aquella ciudad que comenzaba a tener nuevas formas urbanas y nuevos gustos sociales".