Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Aquí la Tierra Artes del extravío

Leer a saltos

En Las Palmas hay graffitis que llaman la atención por su ingenio, hermetismo o extravagancia, si se los reúne componen un poema colectivo de la ciudad

Leer a saltos

Leer a saltos

Como ocurre con los de tantas otras ciudades, la mayoría de los grafitis de Las Palmas consisten en consignas anarcoides, monigotes, pintadas inspiradas en la cultura de masas y, lo que, según parece, obsesiona más a los grafiteros: su propio nombre y el pene. Pero quien, refractario a las tramas cerradas ensaya el extravío por esta ciudad, encuentra en sus muros, ocasionalmente, palabras y frases que sorprenden por su ingenio, hermetismo o extravagancia. Yuxtapuestos de forma más o menos aleatoria en la mente del paseante, unas y otros resuenan como un poema cuyo ritmo teje y desteje relaciones entre espacios discontinuos.

El paseante vaga por Pedro Hidalgo y en una calle encuentra una pintada en un muro que dice no andarás sola, o bien, no andaras sola, pues está escrita íntegramente con letras mayúsculas y no lleva tildes. Puede ser leída entonces como una admonición a una concreta destinataria o, genéricamente, a cualquiera, por parte de alguien que sólo ve en la ciudad peligro y desorden. Pero puede ser leída igualmente como una declaración de amor, íntima y a la vez pública, de un remitente anónimo a una destinataria igualmente anónima. Todo depende de en dónde se pone el acento.

Avanza, se detiene, se sitúa, se orienta, vuelve sobre sus pasos, reanuda el camino, se pierde. El paseante camina por Las Palmas como le ocurre a veces cuando está inmerso en la lectura de un libro. En ocasiones encuentra notas al margen que ha escrito alguien con quien comparte la lectura de la ciudad. Así, en una franja de terreno baldío entre el mar y la autopista, entre San Cristóbal y la playa de La Laja, en la que hay un muro cubierto enteramente de grafitis. Uno de ellos reza así: Grafitería urbana. De tan obvio impresiona. Otro autor, o quizá el mismo, más redundante aún, ha repetido su firma decenas de veces con el mismo esmero que un estudiante castigado a repetir una frase en la pizarra. Quizá aquí el asunto va de marcas territoriales. Tal vez es que el autor piensa que la reiteración de su firma le asegura la hegemonía en la zona frente a aquellos que sólo la han firmado una vez.

Hay grafitis de trazo desgarbado y hay otros realizados con una caligrafía cuidada. Ninguno, en este último caso, como el que quizá existe aún en el muro del paseo de la playa de Las Alcaravaneras, bajo la Avenida Marítima: un signario básico, ordenado en secuencias horizontales y verticales que contiene las letras del alfabeto latino y su equivalencia en los grafismos de un código cifrado. Todo ello está encuadrado en un dibujo que simula un pergamino gastado. Imagen enigmática donde las haya, hace pensar en las señales secretas con las que se comunican tipos que se sitúan fuera de la ley. Señales desveladas en el espacio público por motivos difíciles de imaginar.

Vagar por la ciudad, divagar con el pensamiento, leer el espacio a saltos. En el Parque de las Cucas el paseante encuentra que con letras bien visibles alguien ha escrito en un muro: Amor a la libélula. Quizá, como podía ocurrir en Pedro Hidalgo, se trate de otra declaración de amor, ésta a una destinataria ahora sí identificable, al menos por su sobrenombre. O tal vez ocurre que el autor del grafiti es un científico estudioso de los insectos, un entomólogo, que, con ánimo provocativo, proclama su preferencia por la libélula, ciertamente más bella y menos repulsiva que la cucaracha que da nombre a este parque, tan caro a algunos practicantes del noble arte del extravío por Las Palmas.

Si, por definición, el grafiti es un gesto que aspira a contravenir lo establecido, con frecuencia con afirmaciones contestatarias o insultantes, o con imágenes y textos que se pretenden procaces, sorprende que alguien cometiese la modesta infracción de manchar un muro de la explanada Tomás Quevedo del Puerto de La Luz para escribir, simplemente, respeto. Pero no menos perplejidad provoca otro grafiti escrito en un banco del Paseo de Chil junto a la copa de El Árbol bonito (hay varios "árboles bonitos" en Las Palmas pero a todos se les conoce como El Árbol Bonito). El autor ha escrito de modo bien perceptible para los pocos paseantes y los muchos conductores que transitan por aquí un mantra tibetano: Om ani pedme hung, que quiere decir algo así como ved la joya en el loto. Tal vez una invitación a repetir esta letanía sagrada como protección frente al ruido del mundo.

Y bien, ¿qué decir de este grafiti en un muro de hormigón, en este terreno yermo junto a los túneles donde comienza la sepultura del Guiniguada bajo la carretera, de esta inscripción que con grandes caracteres pregunta: ¿Se me lee? Los escasos paseantes-lectores que se aventuran en este paisaje, en el entorno fundacional de la ciudad, pueden titubear ante la lógica del sentido de la frase, del mismo modo que pueden hacerlo sobre la dirección a seguir una vez que el paseo ha alcanzado este punto. ¿Se me lee? Pregunta propia, en cualquier caso de un autor moderno. Se trate de un grafitero o de, pongamos, un reportero que se ocupa en los grafitis de Las Palmas. Una pregunta que podría entonces ser reformulada así: ¿Tendré algún lector aparte de mí mismo?

Compartir el artículo

stats