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Aquí la Tierra La disolución del espacio público

Medias ciudades

Medias ciudades

Medias ciudades

Una ciudad compuesta de dos mitades: una, ligera, hecha de atracciones de feria, otra, compacta, sobre la que se asientan las instituciones sociales. Media ciudad es fija, la otra media, provisional y cada año, llegado el momento, los operarios desarman una de las mitades, la de la ciudad compacta, para guardarla en la otra, la de la ciudad-feria. Hace días, mientras los montadores ultimaban en el Parque Santa Catalina el escenario del Carnaval de Las Palmas, junto a la Casa del Turismo, algún paseante se acuerda de la urbe, Sofronia, que Italo Calvino describe en su maravilloso libro Las ciudades invisibles. Sólo que aquí, en este encuadre de la ciudad, tanto la mitad que se desmonta, el decorado carnavalero, como la que permanece, la Casa del Turismo, son igualmente escenografías y como tales comparten un mismo material constructivo: la ficción.

Concebida en los años treinta por Néstor, que la incluyó en su serie pictórica Visiones de Gran Canaria, y realizada en los años cuarenta por su hermano, el arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre, la Casa del Turismo es una de las piedras angulares del proyecto de Néstor de convertir Las Palmas -como la isla toda- en una ciudad disfrazada para atraer a los turistas. El Pueblo Canario, realizado en los años cincuenta por Miguel Martín es otro de los engranajes de su proyecto. Pero éste no se ceñía solo a los edificios de nueva planta producidos por la fantasía de Néstor.

En un folleto titulado Habla Néstor y escrito hacia 1937, el artista plantea incluso la conversión del Castillo de La Luz en un museo de historia como reclamo para los turistas en el que los documentos verdaderos se mezclarían indistintamente con los falsos, "pues no hay que olvidar -dice- que el turismo se alimenta de la admiración del pasado, que es necesario reconstruir ante sus ojos, inventando, si se quiere para suplir la falta de lo auténtico, sabiamente y con fidelidad". Un proyecto delirante, sin duda. Se ve, dicho sea de paso, que éste es el fátum del Castillo de La Luz cuando los más preclaros artistas locales lo convierten en objeto de deseo.

Ciudades de ficción, la que se desmonta y la que permanece. Quizá, estas digresiones no sean sino proyecciones que se lanzan desde la ciudad del presente hacia la ciudad del pasado. Pero la urbe del presente apunta también a la del futuro: el reemplazo del espacio público por las ensoñaciones del centro comercial y el desanclaje de la realidad mediante los medios de comunicación masivos se orientan hacia la convergencia absoluta de la ciudad que permanece y la que se desmonta.

La condición de consumidor se impone cada vez más sobre la del ciudadano, y así, entonces, tal que el visitante al que aguarda en el Parque Santa Catalina el edificio que concibió Néstor en una de sus Visiones, el habitante de Las Palmas se convierte en turista en su propia ciudad. Una ciudad en la que el Carnaval, otrora una fiesta de raíz transgresora, ya no es otra cosa que un producto envasado para su venta por televisión.

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