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Un derribo sonado

El edificio de la antigua compañía portuaria estaba protegido como un inmueble "de alto valor", pero se había deteriorado en su olvido

Un derribo sonado

Un derribo sonado

Todo comenzó en la madrugada del lunes al martes, 11 de marzo de 1997. El entonces concejal de Urbanismo de la capital grancanaria, y actual parlamentario regional por el Partido Popular, Jorge Rodríguez, daba el visto bueno a un derribo de urgencia en la antigua Casa Woermann. El gobierno municipal argumentó el estado de ruina de una fachada con carácter de protegida, para tirarla abajo en una actuación sorpresa. Por entonces, la vieja consignataria alemana, desocupada, se había convertido en un punto de reunión de toxicómanos, y presentaba un avanzado estado de deterioro.

El caso es que la ciudad amaneció aquel martes con los tractores tirando abajo el vetusto inmueble. El conjunto arquitectónico ocupaba los números 40, 42, 44 y 46 de la calle Albareda, arteria principal en el Istmo para el tráfico rodado. El Plan de General de Ordenación Urbana definía la sede de la antigua consignataria como un inmueble "de alto valor histórico y/o arquitectónico", por lo que le otorgó la calificación B en su catálogo de edificios protegidos.

Los distintos partidos políticos que conformaban la oposición frente al primer gobierno de José Manuel Soria en la capital grancanaria reaccionaron de forma airada ante el derribo. PSOE, Izquierda Unida Canaria y el Partido de Gran Canaria acusaron a los populares de ejercer de "intermediarios inmobiliarios" y de dar explicaciones "nada convincentes" al respecto. La concejala insularista Rosario Chesa se mostró especialmente crítica con una actuación que también generó una intensa polémica en el Colegio de Arquitectos.

Sin aquella demolición, y sin la victoria que Soria logró reeditar en el municipio en las elecciones de 1999, la actual torre Woermann muy probablemente no se habría levantado. Lo que se perdió fue la antigua casa consignataria, símbolo del auge de las empresas carboneras en el Puerto. La firma Woermann se instaló en el lugar en 1906. Cuando abandonó el negocio en los muelles, el edificio albergó el consulado de Alemania. Y los nazis llegaron a tener un centro de espionaje entre sus muros durante la Segunda Guerra Mundial. Luego vino su abandono... y su paso a la historia, sin dejar rastro.

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