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El Woermann cumple diez años

La torre, levantada en el solar de una vieja consignataria alemana tras una fuerte polémica, consiguió el reconocimiento internacional por su valor arquitectónico

Promoción para la venta de oficinas y viviendas en la nueva estructura.

Diez años. Ese es el tiempo que lleva la torre Woermann instalada en el modesto skyline de la capital grancanaria. El inmueble, reconocido internacionalmente por su valor arquitectónico, simboliza igualmente el fin de la opulencia en la ciudad. Allá por 2005 el Ayuntamiento y el Cabildo insular abanderaban un ambicioso proyecto de remodelación del Istmo, que pareció inaugurar la emblemática pieza. Sin embargo, las tensiones políticas borraron los bocetos de aquella Gran Marina. El Woermann sustituyó en el espacio a una antigua consignataria alemana, poco antes de la recesión y después de una sonora polémica en torno al derribo del viejo edificio.

El proceso de su diseño y construcción estuvo lleno de obstáculos, fue largo y controvertido e incluso sufrió giros inesperados que alteraron la apariencia final escogida para la obra. La historia de la torre comenzó en marzo de 1997, cuando empezó a despejarse el suelo sobre el que hoy se levanta: la piqueta empezó a tirar la desvencijada Casa Woermann, edificio protegido en el catálogo municipal, bajo la certificación de su ruina por parte del gobierno municipal del Partido Popular. De golpe, desaparecieron cuatro números de la calle Albareda, y surgió un solar de casi 7.000 metros cuadrados.

La primera en aprovecharlo fue la sociedad municipal de aparcamientos, Sagulpa, que adquirió el suelo a Patrimonio del Estado por 530 millones de las antiguas pesetas (lo que hoy hubieran sido 3,1 millones de euros). Allí se dispuso un aparcamiento en superficie, entre tanto el Consistorio resolvía qué hacer con tanto espacio libre en pleno Istmo de La Isleta.

Surgió un debate, aún sin apagarse los ecos del derribo de la antigua consignataria, muy cuestionado desde la oposición municipal. Socialistas, nacionalistas, insularistas e Izquierda Unida acusaron a Soria de propiciar una supuesta operación especulativa que hizo correr ríos de tinta, recursos administrativos y denuncias ante los tribunales. Un torrente de protestas políticas que se quedaron en eso. Nadie detectó una irregularidad firme sobre la intervención.

Un año después de que se evaporara el antiguo inmueble, en marzo de 1998, el equipo de gobierno del hoy ministro de Industria, Energía y Turismo daba a conocer en LA PROVINCIA la maqueta de un proyecto singular, rubricado por el estudio de los arquitectos Óscar Tusquets y Carlos Díaz y su socio en la capital grancanaria, Agustín Juárez. Los mismos autores del Auditorio Alfredo Kraus. Sólo faltaba que el Pleno del Ayuntamiento abordara el necesario cambio en el planeamiento urbanístico para permitir una construcción semejante.

Soria disponía de una mayoría absoluta justa: 15 concejales. Pero no todos comulgaban con su alcalde. A un reducido grupo de ediles se les situaba más cerca del entonces presidente regional del PP, José Miguel Bravo de Laguna, hoy presidente del Cabildo de Gran Canaria. Eran Agustín Montenegro, Rafael Víñes, Julio Aldaz y Pascual Mota. El propio Bravo desvelaba en septiembre del mismo año, el 98, que el regidor capitalino no tenía los votos suficientes para aprobar el cambio de la ordenación en Pleno. Montenegro y Viñes manifestaron su rechazo al proyecto, partidarios "de un gran parque, que es lo que la ciudad necesita". Y lo cierto es que el mandato pasó de largo, y el plan original para la parcela acabó en un cajón del servicio municipal de Urbanismo.

Pero Soria no sólo logró repetir como alcalde en las elecciones de 1999, sino que incrementó su mayoría con un total de 19 concejales en el gobierno. De allí desaparecieron los ediles críticos, ya fuera de las listas electorales. Aunque lo trazado por Tusquets y sus socios sobre el papel parecía algo fuera de su alcance por entonces.

El solar de Woermann tuvo su siguiente hito en la vida municipal el 12 de junio de 2001, cuando el Ayuntamiento adjudicaba a la constructora Ferrovial la edificación de un inmueble singular, diseñado por el prestigioso estudio de arquitectos de Iñaki Ábalos y Juan Herreros, que contaron con el apoyo en el proyecto de los profesionales canarios Joaquín Casariego y Elsa Guerra. Antes, en junio de 2000, la Comisión de Urbanismo y Medio Ambiente de Canarias había aprobado la modificación urbanística que frenó la división interna en el PP en la etapa anterior. El camino estaba despejado para la gran torre.

La propuesta sería, nada menos, el segundo edificio más alto de la ciudad, sólo por debajo del vecino Hotel Don Juan (hoy, AC Hotel Gran Canaria). Ábalos y Herreros plantearon un coloso de 15 plantas más grandes de lo habitual, con un total de 76 metros de alto y cubierta acristalada, que en lo más alto presentaba una peculiar flexión de su estructura. Su uso sería mixto: residencial y oficinas, junto a una nueva plaza aledaña.

Fue en este punto en el que arrancó la construcción de la torre, espectacular en su desarrollo y a la vista de la urbe y sus vecinos. El concejal de Urbanismo que gestionó el expediente sería el actual alcalde, Juan José Cardona. Eran las vacas gordas de la construcción. Para ganar el concurso convocado por el Consistorio de la capital grancanaria Ferrovial pujó con 537 millones de pesetas (rondando los 3,2 millones de euros al cambio), poniendo sobre la mesa un plazo de ejecución que debía acabar en el segundo semestre de 2004.

Casi fue así. Como solía -y suele- ocurrir con las licitaciones públicas, a menudo se cumulan algunos meses de retraso en el desarrollo de las actuaciones acordadas. El gobierno municipal en el segundo mandato de Soria anunció luego que sería en noviembre del 2004 cuando se podría cortar la cinta. En realidad, el inmueble se levantó al fin majestuoso y virtualmente acabado a comienzos de 2005, aunque no hubo inauguración oficial para la torre por aquellas fechas.

Sería el 28 de abril cuando se estrenó la aledaña Plaza Woermann, con otra alcaldesa del Partido Popular, Pepa Luzardo. En primera línea de la actualidad estaba en aquel año el ambicioso plan urbanístico de La Gran Marina, auspiciado por el Consistorio, la Autoridad Portuaria de Las Palmas que presidía José Manuel Arnáiz y el Cabildo de Gran Canaria, con el propio Soria como mandatario.

Ciudad, Isla y Puerto defendieron un concurso arquitectónico que terminó por reunir en la capital grancanaria a renombrados equipos de arquitectos, para presentar distintas propuestas de ordenación del Istmo y el área Puerto-ciudad, en el que se incluían grandes inmuebles de carácter singular. El proyecto fue ampliamente criticado, bajo los mismos argumentos de especulación urbanística que se esgrimieron en el derribo del Woermann. Sin embargo, fueron las desavenencias políticas entre sus principales valedores, y las diferencias en torno a quién debía ejecutar la construcción, las que acabaron difuminando aquella Gran Marina. Aunque por 2005 el Woermann apareció como el gran símbolo que anunciaba el cambio de paisaje allí donde la ciudad se estrecha.

El inmueble seguiría siendo polémico. Y objeto de permutas. El Ayuntamiento consiguió el suelo de la antigua central eléctrica de La Cícer, en Las Canteras, a cambio de las dependencias que hoy Endesa tiene en el edificio de menor tamaño que completa el complejo del Woermann. El Gobierno canario obtuvo unas oficinas en la misma torre, en principios reservadas para una biblioteca, tras ceder unas parcelas en el linde de la capital grancanaria con Santa Brígida. Ya en sus primeros años de vida, además, al Woermann se le afeaba el dar sombra en la playa de Las Canteras. Y hoy algunos de los lujosos pisos y áticos puestos a la venta en el auge del mercado se liquidan por las inmobiliarias como activos bancarios cuyo precio puede superar los 1,2 millones de euros. La época de la opulencia pasó, pero ahí queda la silueta de un edificio que, por otra parte, apareció en 2013 el celebrado libro de Enrique Domínguez Uceta, como uno de los cien iconos de la arquitectura española moderna. Y cuya imagen se mostró en 2006 en el MOMA de Nueva York dentro de la exposición On Site-New Architecture in Spain. Avales que le convierten en símbolo estético contemporáneo de la capital grancanaria.

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