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Aquí la tierra. Construir, habitar, delirar

¡Ah del castillo!

En su casa de aspecto medieval en Ciudad Jardín, Juan Fernández Ganza vestía como un guerrero antiguo y tenía una leona sin colmillos

¡Ah del castillo!

¡Ah del castillo!

El reportero se arma de valor y se acerca a la puerta. Quizá pague cara su osadía atravesado por una lluvia de flechas. O cubierto de aceite llameante. O bien en un foso secreto con cocodrilos. Toca. Aguarda. No hay respuesta. Regresa más tarde. Lo mismo. Vuelve al anochecer: Hay luz en el interior. No llama esta vez, pero tampoco levanta el asedio. Pasa otro día y grita: ¡Ah del castillo! Ni con ésas. Intenta otras vías para hablar con sus moradores acerca de este edificio de la calle Santiago Rusiñol. Imposible. Prueba con algunos vecinos. Nada. ¿Cómo puede haber tan grande silencio sobre tan llamativa construcción de Las Palmas?

La intriga aumenta. ¿A quién se le ocurrió fabricar en Ciudad Jardín semejante mansión con aspecto de castillo medieval? Los estudiosos de la arquitectura moderna, que, en principio, conocen al dedillo este barrio emblemático, no la han visto o, al menos, eso dicen. Y eso que se erige a pocos metros del chalet familiar de Miguel Martín-Fernández de la Torre, el arquitecto canario moderno por excelencia. Es de creer, entonces, que el propio Martín, que murió en 1980, se pondría de los nervios al verla. O tal vez no. Igual cuando la miraba pensaba encantado en su torreón del Pueblo Canario.

El reportero sigue dando tumbos y, cuando está a punto de abandonar la empresa, alguien que pide reserva sobre su identidad -la sombra del castillo es alargada- da pistas que resultan decisivas: la vivienda, porque de una vivienda se trata, era hasta finales de los años sesenta una construcción de trazas eclécticas con una cúpula azul. En su reforma, a finales de esa década o principios de la siguiente, se quitaron balcones, se cerraron terrazas y se sustituyeron ventanas neomudéjares por saeteras. Forrada de piedra, las torres almenadas acabaron de darle su aspecto de castillo antiguo. El informante recuerda también que el propietario vivía vestido como un caballero medieval y que tenía en el jardín una leona adulta sin colmillos. Se llamaba, dice, Juan Fernández Ganza.

De por sí, lo anterior constituye ya material suficiente para armar una buena crónica, pero, por precaución, el periodista teclea en internet el nombre de tan enigmático personaje. Sorpresa: este periódico ya ha hablado de él. Aunque no menciona la vivienda de Ciudad Jardín, un magnífico reportaje, El último señor del castillo, firmado por Diego F. Hernández, cuenta algunos episodios de la vida de Ganza en Las Palmas y refiere una fortaleza madrileña, ésta de verdad, en el que pasó sus últimos años. A Hernández le ha puesto en la pista de Ganza y de su paso por la ciudad el programa de historias paranormales Cuarto Milenio. Francisco Pérez Abellán, colaborador del mismo, aprovechó su estancia en el Tercer Congreso Nacional del Misterio para rastrear la vida en la urbe de aquel enigmático individuo, un clásico del espacio que presenta Iker Jiménez.

Había nacido en 1933 en Santander y quedó huérfano de padres desde muy joven. En la Legión Extranjera francesa obtuvo formación militar y contactos para alistarse como mercenario en alguna de las guerras que desangraban África en los sesenta. Ganó dinero con ello, se instaló en Las Palmas y montó negocios inmobiliarios en el sur turístico. Dice Pérez Abellán que en su "afán de grandeza" Ganza planeó construirse un castillo en la isla, aunque, sostiene, nunca llevó a cabo esta empresa. En lo que toca a este detalle, al parapsicólogo no le ha asistido la suerte, como sí al firmante de esta crónica.

Barra americana

Y bien, el inmobiliario no fue el único negocio en el que se movió Ganza en la isla, pero con él seguramente lograría un buen precio para el reformado de su vivienda con aspecto de castillo. También regentó una barra americana en el Puerto, el Master Horse, en la calle Secretario Artiles. Como cuenta Diego F. Hernández, la entrada del local estaba presidida por una cabeza de caballo broncínea -todavía puede verse-, encargo de un propietario anterior al artista José Román Mora.

Con grandes dotes para seducir a las mujeres, Ganza conoció en el Master Horse a quien sería su pareja más estable, la filipina Elsa Pahit Ballesca. La chica trabajaba en el ballet oriental que aquél había contratado como espectáculo permanente del local. Tuvieron un hijo.

Bebedor de ingentes cantidades de coñac, había días en que Ganza estaba especialmente "cruzado", y no por sus delirios medievales, que también, sino porque el alcohol le hacía comportarse de modo violento. A principios de los setenta Elsa Pahit Ballesca lo siguió cuando dejó Las Palmas para instalarse en el castillo, éste si antiguo de verdad, que compró en la localidad madrileña de San Martín de Valdeiglesias. En estos dominios el exsoldado tuvo varios caballos, un tigre y dos leones, uno de ellos, quizá, la felina de su casa de Ciudad Jardín. Detrás de los gruesos muros de la fortaleza, su existencia transcurría entre orgías, borracheras, misas negras y sesiones de ouija en las que invocaba al espíritu de Carlos II el Hechizado, que, según decía, se había apoderado de su cuerpo. En ocasiones Ganza recorría las estancias del castillo disparando al aire para ahuyentar a los fantasmas que creía que le perseguían. Es posible que en su vivienda de Las Palmas se comportara de modo similar, pero éste, a tenor de los intentos realizados por el reportero, será un secreto que no revelarán las paredes de la casa.

Llegado un momento, Elsa Pahit Ballesca abandonó a Ganza y un día de octubre de 1985 el cuerpo de éste apareció con una pistola del 9 corto en la mano izquierda y un balazo en la sien, tendido sobre su cama, de la que afirmaba que había pertenecido a Juana La Loca. Así, como se cuenta, éste fue su fin. En cuanto a la leona sin colmillos que retozaba en el jardín de la vivienda de Santiago Rusiñol, de momento este periódico desconoce su paradero.

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