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Sobrevivir a la tuberculosis voraz

Richard es el primer paciente en el mundo con un trasplante bipulmonar por una dolencia multirresistente

Ricardo Gutiérrez, ´Richard´, con Ana Rosa Ramos, su pareja.

Ricardo Gutiérrez, ´Richard´, con Ana Rosa Ramos, su pareja. josé carlos guerra

Nació en Las Palmas de Gran Canaria hace 52 años. Se llama Ricardo Gutiérrez Richard. Vivió 20 años en el mundo de las drogas adicto a la heroína y 14 luchando contra los efectos devastadores de una tuberculosis extremadamente multirresistente, con cepas que no responden a los antituberculosos más potentes que le diagnosticaron en 1995. Cree que se contagió en los suburbios de la ciudad en la zona del Puerto de la Luz de los 90, en los fumaderos donde se reunían los toxicómanos y Richard frecuentó durante años. En ellos vivió al borde del abismo una vida loca que finalmente se saldó con la pérdida de sus pulmones, incapaces de plantarle cara a la voracidad de su tuberculosis. La vida de Richard ha sido muy dura y como bien dice “representa lo que pasaba en nuestra ciudad en los años noventa. Noche de carreras, de locura, de mucha droga y de poca información. Yo mismo soy fiel representante de aquella época pero mira, sigo vivo”, dice sonriente. “Es que la tuberculosis que yo sufría era tan dura que me tenía “perforado” los pulmones. Nadie por aquí conocía ese “bicho”, recuerda. Su aspecto físico ahora es estupendo.

Habla su experiencia: “Mira. Siempre hubo tuberculosis en las Islas y ahora los focos están bien localizados y controlados pero el mío, al ser tan resistente, el bacilo mutó por no haber sido tratado a tiempo o venir de afuera”.

A Richard comenzaron a tratarlo en el viejo Hospital del Pino de una tos persistente en 1995, rebelde, agresiva. Más tarde en el Hospital de Gran Canaria Doctor Negrín, hasta que en el 2000 el neumólogo José Caminero Luna decidió someterlo a un duro tratamiento con múltiples antibióticos a los cuales su tuberculosis se hizo resistente por mala absorción y el chico, cansado y metido en la droga, lo abandonó varias veces.

“Es que yo estaba en lo mío, en la droga, no tenía cabeza para más”, recuerda. En uno de los abandonos del tratamiento, Caminero Luna tomó una decisión que no era fácil para Richard pero había que hacerlo. Lo aisló en el Hospital de San Roque en Guía, donde permaneció hasta mediados del 2003 intentado recuperar su salud. La apuesta médica era siete meses de aislamiento hasta que los resultados de las analíticas fuesen negativos y luego a recuperarle del desgaste físico, psíquico y emocional. “Yo allí encerrado me decía: ¿por qué me pasa esto a mí?, y analizaba mi vida paso a paso hasta llegar a la conclusión de que tenía que poner todo de mi parte para salir de allí curado. Quería seguir viviendo”.

Recibió el alta del hospital de Guía en el 2003 y regresa a casa de su madre, la madre que adora, la persona de la que cuando habla no disimula su adoración: “Cada mañana voy a tomar el café con ella, eso es sagrado. Mi viejita... lo más”, y se le quiebra la voz aunque trata de disimularlo. “Ella siempre estuvo ahí, a mi lado, pasándolo mal pero aguantando el tipo para que yo no lo notara y me sintiera peor aún”. Con ella a su lado ambos esperan la mejoría o un trasplante. A Richard las secuelas de la enfermedad infecciosa lo obligaron a vivir nueve años, desde el 2004 al 2013, “atado” a una máquina mientras esperaba un trasplante que al fin llegó. Esperó catorce meses haciendo rehabilitación a diario, pesas y bicicleta, en definitiva, preparando su cuerpo para la grave operación a la que sería sometido.

Pescar un poco de aire

Hace dos años volvió a nacer. Le llegaron dos pulmones y los hizo suyos en el Hospital Universitario de La Coruña, porque quiso la fortuna que Caminero Luna propusiese su caso al cirujano José María Borro Mate y a la también cirujana Mercedes de la Torre, ellos, junto a su equipo de cirugía torácica, tomarían su caso como un reto profesional y se atrevieran a operarle. Su cuerpo débil todavía se creció y no permitió un rechazo. Recuerda de su proceso de recuperación en La Coruña a Esther y Yolanda, las rehabilitadoras del hospital “a las que les tengo mucho cariño. De sus manos comencé a recuperar fuerzas, caminar de nuevo y a que mi estómago aceptara poco a poco los alimentos... fue duro”, cuenta, “pero respiraba bien y eso era lo que yo quería”. No quiere olvidar a Daniel López, su rehabilitador del Doctor Negrín para quien no tiene más que palabras de gratitud.

“Sólo quería pescar un poco de aire para mis pulmones, secos, sedientos…”

Cuando en 2013 Richard se sometió al trasplante bipulmonar, atrás quedaba un recorrido de delicadísimos tratamientos médicos, alejamiento de la familia para evitar posibles contagios y la certeza de que “esa tuberculosis acabaría conmigo”. Días, semanas meses y años sin poder dormir acostado porque se asfixiaba. Las noches se las pasaba sentado en la cama, en una silla, esperando “pescar” el poquito de aire que le llegaba sus “agujerados pulmones” y deseando que “amaneciera”.

Conoce todo de la tuberculosis porque con ella y sus contratiempos ha vivido veinte años. Él sabía bien que aquella operación en La Coruña era la última puerta de un largo pasillo hacia la muerte, “o me trasplantaban o me moría, no había otra oportunidad”. Su caso fue controlado durante 14 años en la Unidad de Neumología, primero en la Clínica del Pino y luego siguió en el Negrín bajo la vigilancia de Caminero Luna: “Cuando me puse en sus manos yo tenía unos 32 años y ya estaba entrando y saliendo del hospital. Tos, bronquitis, catarros, neumonía y otra vez tos, bronquitis y neumonía. La cepa de mi tuberculosis era tan brutal que me sometían a tratamientos durísimos pero si los dejaba un día o dos, por ejemplo, la mejoría daba marcha atrás”. Todo se iba al carajo y vuelta a empezar, tratamiento nuevo y más fuerte aún.

“Es verdad que en esa época yo estaba más en la droga que en otra cosa. Hasta que no le vi las orejas al lobo, no tomé consciencia”. Richard relata la dureza de su vida sin un ápice de tragedia. “Abandoné el tratamiento varias veces porque mi cuerpo no daba para más pero, claro, abandonarlo provocaba que el bacilo se hiciera inmune a varios fármacos. Imagínate; estaba desenganchándome de la heroína y las pastillas contra la tuberculosis no me permitían ni comer, pero mi cuerpo necesitaba comer algo porque estaba al límite. Lo he pasado mal, oye, y lo han pasado mal la gente que me quiere, mi madre, mi mujer, mi hijo, los amores de mi vida”.

Su caso fue presentado en un Congreso Mundial sobre la Salud Pulmonar ( World Lung Health ) que se celebró en Barcelona el 29 Octubre 2014, donde Richard contó su lucha delante de los mejores especialistas de tuberculosis y enfermedades pulmonares del mundo y más de 3.000 asistentes. “Necesitaba hacer algo así, que sirviese de ayuda mi experiencia a otros pacientes, crear esperanza, que entiendan que no hay que tirar la toalla, que los médicos te diagnostican y te ponen los medios pero eres tú quien tiene que librar la batalla contra la enfermedad, ni un paso atrás. Yo lo entendí algo tarde pero a tiempo de sobreponerme”.

“Para no cansarte, que nadie daba un duro por mí y mira, aquí me tienes, trabajando, llevando una vida normal, con mis cuidados, pero viviendo y ¡respirando!”. Agradece ante todo al donante que comparte la vida con él, y desea animar a todos a hacerse donante de órganos, pues es seguir viviendo en otro cuerpo, compartir la vida de dos personas en un solo cuerpo y seguir adelante, pensar que esos órganos son el recuerdo de la persona fallecida. ¿Qué mejor satisfacción que saber que parte de él sigue vivo, ayudando a vivir a otro? La única secuela que hoy le queda a Ricardo Gutiérrez es una generosa cicatriz que traza, de un lado a otro de su pecho, la historia del trasplante de pulmones que le devolvió la vida. “Yo antes no vivía, sobrevivía. Me conformaba con respirar”.

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