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Juan Bordes: "La escultura pública tiene una misión y es la de educar la sensibilidad"

"El arte es algo involuntario y no está en todas las obras del artista, ni el mismo Goya lo consigue", afirma el escultor grancanario

El escultor Juan Bordes en la Casa Museo León y Castillo el pasado mayo.

El escultor Juan Bordes en la Casa Museo León y Castillo el pasado mayo. SANTI BLANCO

¿Ya le ha buscado sitio al premio en casa?

No sé en que consiste.

En un diploma.

Me gusta agradecerlos y tenerlos en familia, no soy como un dentista que expone sus títulos. Pero la gente tiene que valorarte por tu obra y esta se tiene que defender sola, independientemente de que te la reconozcan. Hay muy poca gente que tiene espíritu crítico para distinguir entre lo bueno y lo renombrado, pero los premios ayudan mucho a que te miren.

Este año además hace doblete, ya que el Cabildo insular le concedió el Can de Plata.

Sí. Cuando la gente te mira es como cuando un vaso empieza a llenarse de agua gota a gota y, la última, rebosa; es cuando comienzan a ver tu trabajo.

¿No se sentía reconocido?

¡Sí!, muy reconocido. A veces más de lo que espero, porque voy a dar muchísimo más (ríe), casi siento que estoy empezando, aunque desde chiquitito sabía que iba a ser escultor. Pero, a veces, la gente te sorprende más de lo que tu crees y eso te llena de responsabilidad y de satisfacción. Porque en este trabajo siempre asalta la reflexión de que el arte es necesario, pero, ¿para qué? Todos sabemos para qué, para inflar el alma, para salir de otros mundos y, sobre todo, para sentirse fascinado. El arte, las artes plásticas, en general, te hacen pensar. La gente habla del concepto, de las ideas, pero las ideas plásticas son imposibles de verbalizar y están ahí. Ese es el misterio. Por mucho que la crítica lo explique y que uno explique su obra, lo importante es que algo te llegue a fascinar, entrar en un mundo que no sospechabas.

Como entrar en la mente del artista.

Lo hablaba el otro día con Juan Navarro; no sabemos nada del arte, pero, por qué aparece. Y es que es algo involuntario y no está en todas las obras de un artista. Ni en el mismo Goya, que es uno de los grandes genios, lo consigue.

Leyendo el retazo autobiográfico de su web llama la atención la edad a la que quiso ser escultor -ocho años- y cómo sus otras vocaciones infantiles le han ayudado a conformar su trabajo.

Es que los diez primeros años son muy importantes, sales completamente empapado de lo que vas a hacer. La infancia es clave, es un tema que me apasiona, tengo dos libros sobre ella. Uno referido a la infancia en las vanguardias artísticas, en dónde explicó cómo aprendieron de niños los grandes artistas del siglo XX. En ese sentido, me considero hijo de esta tierra, aunque he salido a otros mundos, viajado y vivido en Madrid, París, Roma, y, a veces, tenga el corazón 'partío'. Pero esos primeros diez años te llenan y es la reflexión del resto de tu vida.

¿Qué detalles tiene de ella?

Soy consciente de lo que fueron esos días como si fuera un espectador y me viera en una película. Los recuerdos son muy claros. Mi familia ha sido importantísima en mi formación. Mi madre y mi hermano me llevaron a la Escuela Luján Pérez; el simple hecho del nombre me evoca. Aunque reconozco que no me entusiasmo entonces, pero me formó profesionalmente entre los ocho y los 14 años. Hasta la adolescencia estuve dudando sobre mis estudios. No en si en hacer Bellas Artes, sino en si hacer Arquitectura o Medicina. Estuve yendo al hospital de San Martín [hoy Centro de Cultura Contemporánea San Martín], que entonces era de la beneficencia, para ayudar en el quirófano.

De ahí la fascinación por el cuerpo humano.

Fue más tarde. Al principio trabajé en abstracto como Picasso. Por ejemplo, me acuerdo la primera vez que vi el nombre. Yo vivía en Ciudad Jardín y un hombre invitó a varios niños a pintar la puerta de un garaje y, uno de ellos, el más mayor, firmó con el nombre de Picasso. Yo lo había oído porque mi hermano mayor traía mucha información a casa, pero no lo había visto escrito y comencé a buscar libros sobre él, sobre Matisse, Degás, sobre los artistas que me fascinaban. Llegué a tener una biblioteca importante.

¿Siente nostalgia de la ciudad en Madrid?

No siento nunca nostalgia; creo que no tengo ese sentimiento. Y, si lo tengo, no me gusta regodearme. Igual que no siento nostalgia del pasado histórico. Por supuesto que tengo mono de Canarias en algunos momentos pero me pasa también con Italia, con las ciudades en las que he vivido o he estado, que me apetece volver cada cierto tiempo. Canarias sin duda alguna está ligada a la playa de Las Canteras.

¿Qué función juega la escultura en el paisaje urbano?

Es un tema polémico que se ha ensuciado mucho. Actuar sobre el espacio urbano es una responsabilidad muy grande y la obra no debe ser de cualquiera, porque produce símbolos muy fuertes, más que la arquitectura. Es una equivocación instalarla sin un examen, porque la ciudad se llena de elementos rotos, muy sucios, que no llegan a ser educativos. La escultura pública tiene una misión y es la de educar la sensibilidad, igual que la arquitectura, aunque esta es más tenue.

¿Ocurre eso aquí?

En general, en todos los sitios. Ha habido épocas en que se ha invitado a la gente sin tener una trayectoria, la obra se hacía por costes de ejecución. Eso de que una ciudad es más bella cuantas más esculturas tenga es una equivocación. Mejor pocas, pero que sean buenas.

¿En qué proyecto trabaja?

Siempre es difícil determinar eso porque estoy en varios a la vez. Mi taller es siempre un caos. Lo que más me interesa es la obra en sí sin pensar en una u otra exposición. No solo preparando una muestra, creo sino también cuando colecciono material para mi obra.

¿Qué colecciona?

Elementos de arquitectura. Ahora tengo el proyecto de unir los dibujos de anatomía históricos que he coleccionado desde el siglo XVI al XX y acompañarlo con mi obra, con una reflexión de mi trabajo. La anatomía siempre me ha interesado, coleccionar este material ha sido un proceso largo y lento. Parte de los libros sobre la historia del cuerpo humano los compró el Museo del Prado. Una biblioteca que, modestia aparte, es la más importante que había porque es una materia rarísima. Lo central es mi escultura pero para definirla acabo buscando en territorios marginales.

Como artista estará contento de que el proyecto de crear el Museo de Bellas Artes de la Isla parece que sale adelante.

Sí. La ciudad está teniendo una actividad muy fuerte en este aspecto. Las salas que hay tienen una presencia, La Regenta, el CAAM, San Martín, no hay motivo de queja. Tiene lo que se merece una gran capital y lo que la gente se merece.

¿Le gustaría tener una fundación como la de Martín Chirino?

Hombre, a todos nos interesa esa idea de que tu obra quede bien representada. La Fundación de Chirino es perfecta porque tiene actividades, es envidiable porque si no es así tiene un peligro y es de que la obra quede sepultada como ha ocurrido con Néstor de la Torre y su museo. Claro que me gustaría, aunque no necesariamente tendría que ser una fundación.

¿Le han hecho algún tanteo?

No, ni tampoco tengo edad. Pero sí como proyecto personal me lo planteo; como centro de estudios. Creo que tengo un trabajo, una documentación, unas colecciones que reunidas revertirían en la creatividad de otras personas.

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