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Yolanda Arencibia: "El léxico no se pierde por el Twitter, sino porque la lengua está viva"

"De pequeña me gustaba leer cuentos infantiles, todas las historias fantasiosas me encantaban", relata la filóloga

Yolanda Arencibia, en la Casa Museo Pérez Galdós.

Yolanda Arencibia, en la Casa Museo Pérez Galdós. ANDRÉS CRUZ

Después de haber recibido en 2007 el mismo título del Cabildo insular, ¿cómo recibe este galardón, como algo secundario?

¡No, en absoluto! Son instituciones distintas. No es lo mismo la ciudad que la Isla. Siempre es agradable que se acuerden de uno, quizás este premio sea más entrañable. No tengo más que gratitud hacia al Ayuntamiento, a la Corporación y a quien haya pensado en que tengo algún mérito para recibirlo, porque hay muchas personas que se merecen esta distinción.

¿Tiene relación con alguno de los premiados?

Conozco a Totoyo Millares, a Antonio González, a Marisol Ayala. Incluso a Pancho Guerra, que le dan el premio a título póstumo, es como si fuera de la familia (ríe) porque he estado trabajando a piñón con el Cabildo en los últimos años para editar sus obras.

¿Qué tienen en común?

El haber realizado una labor continua durante un tiempo, aunque en distintos ámbitos. Tengo quizás más que ver con los que tienen una actividad artística como Marisol, Millares, Pancho, más que con el resto de los premiados.

Es licenciada en Filología.

Sí, doctora y ahora catedrática emérita de la cátedra de Benito Pérez Galdós en la Universidad.

¿Por qué esa vocación?

Desde pequeña me gustaba leer. Después indagué en lo que la gente dice y, luego, como investigadora y doctora, descubrí a Galdós. He sido una galdosiana impenitente desde hace 40 años, aunque siempre he trabajado en literatura española y, en especial, la canaria.

¿Pero qué libro o libros despertaron esa vocación?

De pequeña me gustaba leer cuentos infantiles. Todos los que eran fantasiosos me encantaban. Y luego la poesía sonora. Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín, como el poema de Espronceda. Tenía un tío que le gustaba recitar y se sabía muchas poesías de memoria. Luego me he ido hacia la prosa.

¿Añora la Universidad?

Sigo relacionándome con ellos porque soy catedrática emérita de la cátedra de Pérez Galdós y por los proyectos de investigación, pronto un alumno presentará una tesis.

El día a día de la docencia.

Mi día a día son ahora las investigaciones. Veo a los jóvenes por los pasillos, mis compañeros, me gusta saber que mis alumnos están ya trabajando. Pero los alumnos de hoy son jóvenes muy distintos a los de antes.

¿Demasiado?

Sí.

¿El no tener horario le permitirá tener más tiempo para investigar?

Eso es importante. Pero aún cuando daba clase de Literatura y el horario era más estricto nunca he dejado de investigar. Lo que no echo en falta es la cantidad de papeles que teníamos que rellenar.

Ha sido también decana de la facultad de Filología.

Durante 11 años. Fui una de sus creadoras, en 1986, con un grupo de gente entusiasta y muy trabajadora.

¿Es muy distinta esta Universidad a la de entonces?

Todo es muy diferente. Los años no pasan en vano; yo también me veo muy diferente.

¿Qué necesidades tiene la Universidad hoy en día?

Necesita pasión y profesionalidad. No digo que la necesite, pero sí que es necesario.

¿Por qué siempre está tan denostada la institución?

La gente protesta mucho, pero es verdad que todas las cosas pueden ser mejor de lo que son.

Es también miembro de la Academia de la Lengua Canaria, muchos títulos en su haber.

Mucho trabajo. Tenemos un grupo que se dedica a la lengua, al léxico, la lingüística, y otro a la literatura, pero estoy muy contenta. Somos pocos, pero muy bien avenidos. Editamos una revista digital -Archipiélago de Las Letras-, que ya ha editado su número 3, en el que hemos hecho algunas biografías.

Rescatando autores.

Más que rescatar autores, poniéndolos a disposición de los más jóvenes.

¿Se está perdiendo el léxico canario con tanto mensaje corto en forma de Wasap y Twitter?

Wasapear o tuitear no influye de gran manera. Como en la vida misma, hacemos lo mínimo que se nos exige. El léxico se pierde porque la lengua está viva. Ya no se exige saber que un monigote era un chico que ayudaba en misa, porque casi ni existen, igual que pileta; ahora tenemos lavadora. Las palabras se van perdiendo pero aparecen otras nuevas. Mi lucha es que palabras como papagüevos o sopladera no se sustituyan por gigantes y cabezudos y globo. El léxico se pierde como se pierden otras cosas; es inevitable, aunque los jóvenes saben otras cosas que yo no sabía.

Como experta en Benito Pérez Galdós, ¿qué diría de lo que está ocurriendo en España?

Mucho de ello está en sus obras. Él ya pronóstico que la I República fracasaría, y lo hizo, y que la Segunda también lo haría, y ocurrió. Y que llegaría una tercera que no fracasaría. No sé si ha llegado o no, pero el mundo de Galdós es muy parecido a éste. Se ve en Cánovas, en los Episodios Nacionales, y en sus artículos políticos. Fue diputado durante diez o 15 años. Era ya mayor pero iba de forma altruista, porque no se ganaba dinero entonces, sino por la necesidad que sentía de cultura y progreso. Que es lo mismo que estamos pidiendo hoy: cultura y trabajo. No han cambiado muchos las cosas, aunque estamos a años luz en otras la situación de fondo no ha variado.

¿Queda mucho aún por conocer del escritor o está todo dicho?

Cuando hice mi tesis doctoral en 1982 pensé que estaba todo dicho y que no iba a aportar nada nuevo. Pero cada día se descubre algo. Era un hombre muy profundo, muy vasto y aún hay muchas espitas abiertas sobre él.

¿Algún cotilleo?

De sus amoríos no se sabía nada, pero claro que tiene cartas de amor. Él era muy canarión, dominado por muchas mujeres, y bastante irónico cuando hablaba de esos temas. No se casó, pero tuvo muchos amores. Aunque vivió prácticamente toda su vida en Madrid fue canario hasta su muerte, en sus incursiones nocturnas, reservado. Y, sobre todo, con una mente muy clara hasta el final. Dedicó toda su vida a novelizar cómo era España con los españoles de todos los tiempos. Lo tuvo claro desde los Episodios Nacionales.

¿Por qué la ciudad no ha aprovechado su figura?

La Casa Museo Galdós, que es del Cabildo insular, está muy bien atendida y la institución tiene mucho interés y se ha volcado en ella. Pero esta tierra nunca se ha volcado en Galdós, quizás por ir en contra de la Iglesia más constreñidora; por ser republicano cuando se era monárquico. Y luego en el Franquismo fue un maldito. Todo eso ha tenido consecuencias, pero ahora se está empezando a congraciar con la ciudad y la tierra. Soy optimista. A lo mejor los referentes culturales no atraen al turismo de masas, debemos hacerlo mejor, despertar a nuestro grandes, porque hay gente magnífica. Millares, Negrín, Galdós, Kraus; personas de nombre internacional. Podemos hacer un ciclo museístico también con el Museo de Chirino y el próximo de Bellas Artes. Vamos caminando, pero el proceso es lento.

¿Qué se esconde detrás de la frase 'Sí se puede'?

Es lo mejor que podemos decir a todas las cosas de la vida. Me han quitado mi rollo (ríe) porque en el 2014 dije a mis amigos que íbamos a poder con él y, también en el 2015. Siempre hay que decir sí se puede. Lo digo sin connotación política sino vital.

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