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Entrevista.

Zenón Sánchez Espino: "A Rodríguez Doreste lo teníamos que escoltar para que la gente no le pegara"

"Cuando llegué, como no había semáforos, teníamos que dirigir el tráfico en los cruces a golpe de pito y brazos", apunta el comisario principal de la Policía Local

Zenón Sánchez Espino, en la trasera del parque Santa Catalina.

Zenón Sánchez Espino, en la trasera del parque Santa Catalina. SABRINA CEBALLOS

Le entregan hoy la Medalla de Oro al Mérito Policial por su trayectoria en el cuerpo, ¿En qué se diferencian los guardias actuales de aquellos de la década de los 70 del siglo pasado?

Cuando llegué a la Policía Local había una forma de trabajar muy distinta a la de ahora. Se pasaba lista tipo cuartel, formando con el salacot blanco y el viejo uniforme. Era jefe el señor Carrillo y pasábamos lista en el antiguo cuartel frente al Obelisco, todos los días, a las seis de la mañana. Formábamos, se comprobaba si tenías el uniforme limpio y se nos asignaba el puesto de trabajo. Como había pocos semáforos todavía, teníamos que dirigir el tráfico en los cruces a base de pito y de brazos. Había que estar coordinado y trabajando con la vista en el compañero para actuar tú según lo que él hiciera. Había mucho compañerismo.

¿Cuántos eran?

Unos 400 hombres. Después se fue incrementando la plantilla cada vez más. Cuando empecé, en 1974, llegaron las primeras emisoras, eran enormes. Trabajábamos con escasez de medios, porque no había la tecnología de hoy, pero con buena voluntad se iba sacando todo. Además, si te veías apurado con cualquier problema, la gente te echaba una mano. Recuerdo una vez en el parque Santa Catalina, que tuve un problema con un vendedor ambulante e intentó echarme a la gente en contra y Lolita Pluma, que estaba al lado, vino en mi defensa y calmó a la gente.

No me diga

Sí. Yo era un practicamente un niño en esa época, y ella me defendió. "¿Por qué te metes con el muchacho?", le dijo al vendedor y la pobre puso paz. Los dos años que estuve en el parque Santa Catalina y sus alrededores los pasé muy bien. Íbamos rotando por toda la ciudad y como mi forma de trabajar ha sido siempre la de dejar trabajar a los demás no he tenido problemas. Yo respeto al tío que está trabajando, al cara dura, no.

¿Cómo le dio por meterse en la policía?

Con veintipocos años empezó a decaer mi carrera deportiva. Estuve en la élite del judo canario, fuí varias veces campeón de España y cuando terminó mi actividad me encontré con las manos vacías en cuanto al trabajo. Trabajaba en la empresa de mi padre, pero no estaba a gusto con la filosofía que mi padre intentaba aplicar y terminé por marcharme. Como no tenía nada, me presenté a la Policía Nacional y a la Local. Aprobé los dos exámenes y opté por la Local porque seguía en mi tierra. Poco a poco me fue entrando el virus de la policía, porque esto es un virus. Es como los amores que, a veces lo pasas mal, pero no puedes vivir sin él.

En estos cuarenta años ha podido trabajar a la orden de muchos alcaldes, ¿Cuál es su preferido?

Entré con Fernando Ortíz Wiot, pero para mí los dos mejores alcaldes han sido, por este orden, Emilio Mayoral y Juan José Cardona. Te lo digo con el corazón. Destaco la segunda etapa de Emilio Mayoral, cuando gobernó dentro del pacto. En esa época yo asumí la jefatura de la Policía, tras la jubilación de Carlos Cabrera. En aquella época no había sitio por donde pasar en la ciudad, por la gran cantidad de obras que había por todos lados y esa fue la época que le tocó a Emilio Mayoral.

Seguramente por esa razón perdió las elecciones, ¿no?

Yo no sé si fue por eso, pero este hombre me llamó como responsable de la Policía y me dijo: "Hay que echar palante porque hay que aprovechar el dinero de Europa y fue un hombre que, para mí, al igual que Ramírez Bethencourt hizo la Avenida Marítima, impulsó grandes obras para la ciudad, entre ellas, los tramos seis y siete. Por otro lado, considero que Cardona ha sido, después de Mayoral, un buen alcalde porque ha tenido la valentía de anteponer el transporte público al tráfico particular. Ha hecho zonas peatonales y eso tiene su mérito. Aunque mi corazón y mi alma la quiero para Dios. Yo soy apolítico.

¿Recuerda algún momento especialmente duro o complicado durante su etapa de policía?

Yo pasé por atestados, tráfico, he estado de motorista controlando a los taxistas...Iba a las dos o tres de la mañana a controlar el turno de los taxistas, cuando los correíllos venían al muelle de Santa Catalina. Muchos de ellos no iban porque no les era rentable y eso había que controlarlo. Durante la huelga de los taxistas, tenía que estar con ellos junto a otros compañeros. Y ahí hice muchas amistades con otros taxistas, con los que todavía quedo para tomar café juntos.

Parece difícil una amistad entre taxistas y policías, ¿no?

No, porque mi forma de trabajar era la siguiente, cuando inspeccionaba los taxis. Primero los denunciaba y les decía que si corregían lo que estaba mal, no le cursábamos la denuncia. La gente apreciaba eso y de esa época me une una gran amistad con Juan Michel, que era taxista y también fue concejal.

¿ Y algún momento complicado en su trayectoria como policía?

El peor momento fue cuando me tocó ir a Gando a recibir, junto al concejal Jesús Rodríguez Dumpiérrez, a los féretros de las víctimas del accidente de Spanair. Todavía lo recuerdo y la imagen de un ataúd pequeño todavía me despierta por la noche. Fue muy impresionante ver pasar un ataúd con un féretro pequeñito encima. Es uno de los momentos que más me ha marcado. Luego, la pérdida de compañeros, ver como se van marchando compañeros de otras generaciones. No me gustan los entierros, pero sí me gusta acompañar. Ahora, el momento de mayor riesgo lo viví un día, siendo cabo, cuando un tío cogió una escopeta de caza y se echó fuera con cientoypico cartuchos y se dedicó a amenazar en la calle Viera y Clavijo. Cuando me vio se echó a correr, se metió por Cano y empezó a encañonarnos. La periodista Marisol Ayala hizo el reportaje. Creo que se titulaba Rambo en Triana. Cuando lo encañonamos, se apuntó a sí mismo con la escopeta, pero cuando me acerqué viró el arma para mí. No llegó a disparar, pero si lo llega a hacer, me coge de lleno. Gracias a Blas Pérez González, que fue mi ángel de la guardia. Ahí le vi las orejas al gato.

La gente alberga sentimientos contrapuestos hacia los guardias, porque su presencia les aporta seguridad, pero se cabrea cuando cae una multa, ¿Cómo lleva usted esa relación?

Tenemos un montón de competencias, cerca de 600. La principal, es la regulación del tráfico y ahí empieza el primer conflicto. El tema más fastidiado es cuando tienes que actuar para evitar un caos y que ciertos señores hagan lo que les da la gana en la carretera. Por eso, aplaudo las políticas de peatonalización de Cardona, porque el tráfico privado provoca muchos problemas. Hay mucho coche y poco aparcamiento. Esa es la parte más complicada de nuestra gestión. Todo el mundo quiere llegar con el coche hasta la puerta de la casa y luego nos vemos obligados a actuar. Esa es la peor labor que nosotros hacemos ante el ciudadano, porque la cosa está jodida con la crisis y una multa es un mínimo de 100 euros. El bolígrafo está en una mano, la libreta en otra y el corazón debe estar en medio, pero hay que corregir las infracciones. Eso de que el corazón debe estar en medio es una frase de mi jefe Javier Henríquez.

Hablando de multas, la entrada en escena de los agentes de movilidad ha provocado la indignación de muchos ciudadanos que se quejan del furor sancionador de este colectivo, ¿Usted como lo ve?

No creas tú que han sido tantas multas, lo que pasa es que los policías, como teníamos tantas competencias, teníamos abandonada la corrección del tráfico. Había que recurrir a una figura que ya estaba creada en otras ciudades, como los agentes de movilidad. Hombre, siempre es más agradable ayudar a una víctima que poner una multa. Por ejemplo, tuvimos que crear el GOIA ante el desbordamiento de eventos en los que era necesario crear personal especializado para actuar en las grandes concentraciones de personas.

¿De todas las competencias que tiene, con cual se siente más cómodo?

Con los eventos.

Una cabalgata de Reyes o de Carnaval parece que no está completa sin su presencia controlando que todo salga bien.

El presidente de la Casa de Galicia me llama el cuarto Rey Mago (Risas). A mí me gusta mucho el tráfico, porque me salieron los dientes ahí. He tenido la suerte de que los dos jefes que he tenido, Cabrera y Henríquez, han confiado en mí para que lleve los eventos. He tenido la suerte de rodearme de gente muy buena y competente. Intentamos controlar hasta los últimos detalles. Hasta la Autoridad Portuaria acepta mis sugerencias. Hay cosas que la gente no entiende, como poner orden en las famosas carrozas del Carnaval. Eso fue muy difícil, pero había que hacerlo porque iba mucha gente montada en plataformas sin ITV, que te metías por debajo y estaba llena de agujeros. Simplemente, se optó por la seguridad. El primer año dejamos algunas fuera porque no cumplían los requisitos, algunas muy significativas. Sufrí presiones, pero fui tajante. Y ahora tenemos seguridad. Antes del accidente con los caramelos, llevábamos años advirtiendo del peligro.

¿Y los automovilistas respetan más las normas de tráfico ahora que hace cuarenta años?

Siempre hay excepciones, pero afortunadamente hay una concienciación mayor, desde que están las campañas de tráfico en la tele. Y la labor que hizo el periodista Bernardo Hernández también nos ayudó mucho. Los controles de alcoholemia también han ayudado en un tema muy grave, porque son muchas vidas las que se van. Es como los que no hacen caso de los carteles que van avisando desde mil metros antes que la carretera está cortada y sigue y sigue hasta.... "Totorota, te hemos dicho que está cortada". Esta gente, que son minoría, es la que no escarmienta

¿Cual ha sido la época de mayor inseguridad en la ciudad?

Cuando empezó la droga, en los ochenta. Fue terrible. Me preguntabas antes por momentos duros y me acuerdo ahora de la época del conflicto pesquero, con la flota gallega atracada en el muelle y los tramos seis y siete abiertos, en obras. Hubo un conflicto, estando Eligio Hernández de delegado del Gobierno. La ciudad se despertó a la seis de la mañana con la Isleta trancada y así estuvo hasta la tarde. Estábamos todos de vacaciones y nos cogió a todos desprevenidos hasta que llegaron los refuerzos de la Policía Nacional de la Península en un avión especial y echaron un mano. Fue un momento duro y me acuerdo de ver a los pescadores a la pedrada limpia contra la Policía Nacional en los tramos seis y siete. Había por cada policía nacional, cuatro policías locales al lado, porque no tenían gente suficiente. Hasta que la cosa se calmó. La flota gallega explotó aquí como consecuencia de un enfrentamiento contra las mujeres de los marineros en una concentración en Galicia. Otra época difícil para la Policía Local fue cuando estaba de alcalde Juan Rodríguez Doreste.

Por la guerra del agua?

Sí (Risas). Yo tengo una anécdota muy buena, porque Don Juan tenía conflictos con la Policía Local, con los vecinos por el agua, con los bomberos y con los taxistas. A este hombre lo teníamos que sacar de los plenos y meterlo en el Opel Senator, el coche que tenía él. Me acuerdo que como yo era yudoca me utilizaban para protegerlo cuando salía del pleno para empujar y contener a la gente. En esa época yo recibía los cogotazos que la gente dirigía a Don Juan. Iban a pegarle a él y los recibía yo.

¿Y quien era esa g ente, los vecinos?

Yo qué se, los vecinos o los taxistas, cualquiera sabe. En las concentraciones había hasta polícías de paisano y claro, yo tenía que arroparlo a él para que no le llegaran los golpes. Me acuerdo una vez de un taxista que se puso delante del coche del alcalde y le cantó el Cara Sol para sacarlo de quicio. El hombre, después de la primera estrofa no se sabía la letra y empezó a preguntar como seguía. Y todo era para fastidiar a Don Juan. Era un hombre con un carisma especial, pero tenía un concepto muy especial del principio de autoridad. De hecho, a nosotros, a la policía, nos hizo entrar por el aro y después nos dio más cosas de las que le pedimos.Como no cedía, llegamos a encerramos hasta en la Catedral. Las cosas de Don Juan.

¿Ha sido el alcalde que más rechazo ha provocado entre los ciudadanos o Soria?

De Soria, permíteme que no opine. Rodríguez Doreste tuvo conflictos con todo el mundo. Su filosofía era el principio de autoridad y no toleraba la oposición, Por eso se producían, creo yo, los conflictos con la gente del agua. Hizo que todo el mundo pusiera el contador del agua. Yo entiendo que eso era necesario, pero las formas de imponerlo a lo mejor no eran las adecuadas. Y ahí que íbamos nosotros, los guardias, en las concentraciones de la guerra del agua. Era curioso porque se formaban los follones y se enfrentaban con nosotros y después venían por detrás y nos daban café y agua. Llegaba un vecino con una taza de café y nos decía: "Tenga, tómese un buchito". Eran conscientes de que todos jugábamos un papel. A mí me dieron agua y café en la guerra del agua muchos vecinos.

A pesar de que ustedes cargaban contra ellos

Sí, en algún momento puntual, tuvimos que hacerlo. Los que armaban los follones era mucha gente que no era del barrio y que venía a enfrentarse con la policía. Los mismos vecinos se quejaban de que había gente ajena al conflicto.

¿Usted también vivió la época en la que los vecinos agradecían los servicios a la policía con el aguinaldo de Navidad?

Sí. Nos daban regalos. Esa época la viví. Cuando más se usaba era en la época de las tarimas.

¿Esa cercanía con la gente se ha perdido?

No. Ahora tenemos la polícía de barrio, que está haciendo una buena labor porque está más metida en el día a día de los vecinos. Esa es la ventaja que tiene la Policía Local y que nunca hemos querido perder.

Ustedes pasan ahora por momentos de escasez de personal, ¿Cómo afecta eso al servicio?

Si, llegamos a ser setecientos y pico y ahora tenemos algo más de quinientos. Hay una necesidad y como la política es de restricción de personal, hemos hecho la carta a los Reyes Magos pidiendo más personal, pero no hay forma.

¿Y después de cuarenta años aún le quedan ganas de reengancharse, teniendo la oportunidad de jubilarse?

Me he reenganchado porque el cuerpo me lo pide. Cuando tu trabajo te gusta, no es trabajo es un placer. Mi trabajo me gusta y tengo la foturna de contar con muy buenos compañeros y personal cualificado. Trabajar para mí es distraerme y estar junto a ellos. No los miro como compañeros, sino como amigos. Es que no me veo fuera de la policía. Estoy en la fase de duelo, porque como mucho trabajaré hasta Semana Santa. Tengo que desconectar porque además tengo la suerte de tener una mujer que no me la merezco. Desde los 16 años estamos juntos y siempre ha estado ahí como mi Pepito Grillo.

Usted ocupó el cargo de jefe de la policía, ¿Como recuerda esa época?

Sí. Fue en la época de Emilio Mayoral. Estuve dos años entre Cabrera y Henríquez. Fue la etapa más dura de mi vida, porque había grandes obras en marcha, no teníamos medios y los recursos humanos eran escasos. Existía un gran poder sindical. Estaba el tripartito, no sabía si me levantaba con un alcalde de derecha, de izquierda, delante o detrás, así que cuando vino el señor Soria y me dijo que iba a tener un nuevo jefe casi le doy un beso..Se lo agradecí y respiré.

¿Como ha vivido el enfrentamiento entre los dos comisarios principales?

Para mí son compañeros los dos. Después de mi mujer, Javier Henríquez es la persona con la que más discuto porque tenemos distintos pareceres, pero no permito que nadie me lo toque. Es mi jefe, para lo bueno y para lo malo, aunque discrepo con él. Es un buen compañero y me llevo muy bien con él. Hemos sabido hacer un buen equipo. Y el otro [ Carlos Saavedra Brichis] es una persona que tiene una forma de ver las cosas distinta a la nuestra. Personalmente no he tenido nada con él y he servido un poco de balance entre los dos. Quiero dar las gracias a todos los guardias por haberme aguantado tanto tiempo y darle un fuerte abrazo a los que me han querido más.

¿Es un jefe muy malamañado?

Yo soy un calentón, pero después doy el corazón. Me caliento en su momento, pero no suelo personalizar nada. A veces tengo que pegar algún puñetazo sobre la mesa para corregir ciertas cosas, pero no personalizo nada.

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