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Aquí la Tierra. Ir y venir

Amnesia urbana

En el callejón de Cayetana Manrique, en Guanarteme, el barranco de La Ballena reaparece para ser sepultado de nuevo por la ciudad

El barranco de La Ballena en el callejón de Cayetana Manrique.

El barranco de La Ballena en el callejón de Cayetana Manrique. MARIANO DE SANTA ANA

Como en todas las ciudades, en Las Palmas hay espacios que parecen ajenos a la trama urbana, lugares sin una función clara, que provocan extrañeza a los paseantes. Uno de ellos es el denominado callejón de Cayetana Manrique, un intersticio por el que discurre, al descubierto, parte de la desembocadura del barranco de La Ballena.

Aunque es uno de los principales barrancos de Las Palmas, por el aspecto que presenta en este tramo del barrio de Guanarteme, La Ballena parece un accidente geográfico menor. El trecho, que mide aproximadamente ochenta metros de largo, por diez de ancho, se encajona entre viviendas de autoconstrucción. En sus extremos hay sendas galerías de canalización, una que se adentra bajo la calle Fernando Guanarteme y otra sobre la que se levantan los edificios de la calle Vergara, tras la que discurre el barranco hasta morir en la playa de Las Canteras. En uno de los flancos, hay un pasaje hacia el que se abren varias casas. En el opuesto las traseras de las casas caen directamente sobre el lecho, hacia el que se inclina una palmera como recuerdo de un antiguo y agreste esplendor.

En el barranco hay algunos escombros, pero, en general, está más limpio que muchas calles de Las Palmas. O bien el servicio municipal de limpieza vela porque el lugar no se convierta en vertedero, o quizá lo hacen los propios vecinos. Con todo, la mente necesita vencer cierta resistencia para penetrar en esta parte del barranco de La Ballena. Entrevisto muchas veces por el paseante en su deambular por Fernando Guanarteme, su imagen residual transmite inquietud.

Pero esta hendidura del territorio no se basta a sí misma para resultar extraña. La falta de congruencia con su contexto es condición indisociable de su singularidad. Y, de unos años a esta parte, el barrio que lo envuelve ha experimentado uno de los mayores procesos de transformación de Las Palmas: la Avenida Mesa y López se prolongó hasta la calle Fernando Guanarteme -el trazado está casi en línea con el callejón de Cayetana Manrique-; se demolieron viejas viviendas para levantar en sus solares edificios de mayor altura, y el tráfico se ha intensificado enormemente en esta zona, antes periferia y ahora uno de los centros de la ciudad.

Basta entonces con dar unos pasos, los que desvían de la aceleración enloquecida de Fernando Guanarteme al pasaje del barranco, para que el tiempo se rarifique. Una vez dentro los instantes se expanden y los sentidos se aguzan. El perfil de las construcciones modernas, como el vecino edificio Urbis, parecen pertenecer a una realidad contigua pero sin conexión con ésta.

Amnesia urbana: este trozo de barranco que permanece agazapado como un recuerdo reprimido es un índice de cómo se ha construido Las Palmas. Hay que hacer un esfuerzo de imaginación para vislumbrar la conexión de este tramo con el resto del barranco de La Ballena. Como ha ocurrido con otros barrancos, entonces, la ciudad ha borrado lo que podía haber sido uno de sus referentes territoriales. Pero, como el ir y venir a través del pasaje, también se pueden desandar caminos. Y se puede contemplar igualmente este fragmento de barranco como un lugar de posibilidad: un espacio público en el que el paseante podría evocar la cuenca que arranca tierra adentro y a su vez presentir su marcha hasta que concluye en el mar.

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