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En Belén, con los pastores

El Palacete Rodríguez Quegles alberga un nacimiento napolitano que destaca por la factura de las figuras, sus ropajes y su gestualidad

Un detalle del belén napolitano del Palacete Rodríguez Quegles.

Un detalle del belén napolitano del Palacete Rodríguez Quegles. MARIANO DE SANTA ANA

El visitante contempla el portador de cofre, mostacho enorme, calvo y con coleta; los magnificentes turbantes de los criados negros, las ruinas clásicas sobre el roquedal, las rayas expuestas en la pescadería y en su mente se movilizan infinidad de imágenes: pinturas de Gentile Bellini, Claudio de Lorena, Chardin, Ingres; un montaje de Otello, una película de piratas de Errol Flynn? También espectáculos de títeres, claro, pero es que estos están en el ADN de los belenes napolitanos, como éste que se expone durante las fiestas navideñas en el Palacete Rodríguez Quegles.

Sin duda este año hay otros nacimientos dignos de admiración en Las Palmas: el del Parque San Telmo, siempre, con la magia de las monedas en su río diminuto, o el de Lámparas Perdomo, en la calle Arena, que ocupa un escaparate entero despojado de mercancías, con dos carneros que se topan en una esquina. Pero, sea por la factura de las figuras y sus ropajes, sea por su gestualidad, el caso es que éste del edificio de la calle Pérez Galdós percute especialmente en la memoria del paseante, que, pese a no estar muy bien avenido con la Navidad, sale todos los años a ver belenes.

Universo de las miniaturas

Ciertamente, al paseante le subyuga el universo de las miniaturas, desde los soldaditos de plomo a los souvenirs, desde los exvotos a las maquetas de arquitectura, desde los belenes a los imanes de nevera. Y es que, en su reducción de escala, la miniatura desvía el tiempo y el espacio de la vida cotidiana y sumerge al contemplador en el instante infinito del ensueño.

Pero de entre todas las miniaturas, la singularidad de la imagen del mundo que ofrece el belén es la de mostrar el momento en que la fábula se despierta del ensalmo para entrar en la historia: lo que debiera ser exclusivamente la escena de la adoración de un dios, se convierte en una plétora de gestos cotidianos dónde la escena sagrada casi es olvidada, de tal modo que la mirada debe de esforzarse para encontrarla.

Caldereros y soldados, pescaderos y músicos, posaderos y esclavos, en el belén el universo profano aflora en la historia con un gesto etéreo que proviene de una profundidad anterior a la historia. Y hasta el durmiente, que aquí en el Rodríguez Quegles yace dentro de una cueva, no duerme un sueño lleno de presagios, ni tampoco, como la bella durmiente, el sueño intemporal del embrujo, sino uno sueño profano.

Mientras tiempo después de haber concluido su visita a este hermoso nacimiento, el paseante continúa embelesado con la catarata de imágenes y pensamientos que le han activado en la mente, despistado de lo que tiene delante o, como reza el dicho, en Belén, con los pastores.

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