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Aquí la Tierra Modos de hacer

La última palmera

La última palmera

La última palmera

Antes de que la Circunvalación apareciera, los coches pasaban bajo el acueducto de Almatriche, pero su flujo era reducido, en comparación con los que discurren ahora por el vial, en los flancos de lo que queda del acueducto. Las protestas y sabotajes de los vecinos salvaron un vestigio del mismo. Pero el desarrollo acelerado de la nueva Ciudad Alta, la extinción del entorno agrícola y su encajonamiento en una rotonda, convirtieron este fragmento de obra hidráulica en un objeto autista, en un ornamento extravagante en medio de un paisaje estandarizado.

A través de un desmonte a cielo abierto, la autovía conduce desde la rotonda del acueducto a Tamaraceite, hasta hace unas décadas un núcleo rural y hoy uno de los nuevos centros de esta ciudad que en tiempos solo tuvo un centro. En dirección opuesta, la Circunvalación conduce desde el resto del acueducto a Siete Palmas, barrio de construcción reciente, con dos centros comerciales y el Estadio de Gran Canaria como ejes principales, en el que no hay manzanas, sino largos lotes de bloques con calles privadas y una larga rambla por la que, privada de flujos transversales, no pasea casi nadie. Quizá, otras recombinaciones de la memoria y la invención hubiesen resultado un modo más estimulante de hacer ciudad, pues, como dice David Martín, arquitecto y uno de los paseantes que recorren la zona junto al reportero, "el desarrollo urbano pudo tener en cuenta el paisaje y sus vestigios que, con sensibilidad, se podían haber incorporado perfectamente a esta expansión".

De modo más notorio que en otras zonas de Las Palmas, el tiempo porta en este área el sello de la aceleración y de la subordinación de toda cualidad a la pregunta por el mero cuánto. Con todo, hay elementos que otorgan heterogeneidad a la vivencia de la duración. Uno de ellos es el cementerio de San Lázaro. Construido extramuros en 1960, la eclosión urbana, como ocurre con tantos de estos recintos, lo ha dejado dentro de la ciudad. Contiguo al mismo, y sin conexión funcional posible con él, se ha erigido el nuevo estadio. Estos días, además, en otro solar anexo al cementerio se ha instalado provisionalmente una feria infantil.

Entre el cementerio y la rotonda, por la carretera que se construyó ex profeso para el camposanto, se extiende una hilera de laureles de indias plantados para dar porte a la vía, y hoy deslucidos por el crecimiento urbano. El viento, que sopla desde la Bahía del Confital, ha provocado una ligera inclinación de los laureles hacia la cumbre, la misma que tiene el lomo sobre el que se asientan y la que tiene la propia urbanización, que, por lo demás, ignora la geografía.

Parte de la carretera al cementerio, desde el arranque de la rotonda del acueducto, desapareció para la construcción de un viaducto de la Circunvalación. Junto al mismo, y asomados a la gran hendidura a cielo abierto que se construyó para la extensión de la autovía, se levantan los muros de un estanque relleno de escombros, sobre los que a su vez se alzan varias vallas publicitarias. El estanque recibía agua del acueducto, para regar los campos de cultivo que hasta hace unas décadas funcionaban en la zona. Jaime González, el geógrafo que conduce al grupo, explica que un segundo estanque desapareció por la construcción de la infraestructura viaria.

Junto a los restos del estanque, en el costado opuesto a la carretera del cementerio, hay un descampado en el que se internan los paseantes. En el mismo hay siete palmeras alineadas que están en el origen del topónimo con que fue bautizado este barrio de Las Palmas. Según explica González, la aparición de estas palmeras, más propias de los fondos de los barrancos que de un lomo como éste, está ligada al acueducto y a los estanques puesto que son el antiguo linde de una finca. El geógrafo cuenta también que en una foto del Vuelo Americano de 1956 -primera serie fotogramétrica de España, hecha por el Ejército de Estados Unidos- aparecen unas y otros, en un paisaje en el que todavía no habían irrumpido el cementerio y, mucho menos, el estadio, los centros comerciales y el resto de la urbanización.

Los escombros de las nuevas construcciones han cubierto la base de las siete palmeras. Pese a ello, algunas se conservan en buen estado, otras desfallecen simultáneamente con la eclosión del barrio de Siete Palmas, y, de algunas más, sólo queda el tronco muerto. Los paseantes caminan absortos por este lugar que parece que se ha olvidado del tiempo mientras observan cada uno de los especímenes vegetales. Ya cerca de la tapia del cementerio, el sol de mediodía inunda el cuerpo de lo que parece ser la última palmera, un tronco sin hojas, seco. Pero se trata una ilusión: lo que ven los paseantes es el resto de una torre de mampostería, un artefacto de ventilación ligado a los estanques y al acueducto. Detrás suya, sí, entre el cementerio y la alineación de sus congéneres, se yergue, sin vida, la última palmera.

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