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Animal extraterritorial

La ocupación del barranquillo que discurre entre Ciudad Jardín y Altavista, cuyo nombre no aparece en los mapas municipales, puede verse como resumen del desencuentro entre la ciudad y su geografía

Animal extraterritorial

Animal extraterritorial

El desencuentro entre la geografía y la ciudad es en Las Palmas, en buena medida, el desajuste con sus barrancos, accidentes determinantes de su configuración física. Por ello este barranquillo que discurre entre Ciudad Jardín y Altavista, que, si tiene un nombre, éste no aparece en los mapas municipales, puede apreciarse como una metáfora de la ciudad misma.

Si se penetra por la calle Chopin, en la intersección con el Paseo de Chil, nada invita especialmente a un paseo agradable por este barranquillo que conecta la ciudad baja con Ciudad Alta. A la izquierda, parapetado tras un muro alto, se levanta el colegio Hispano Inglés. A la derecha, se extiende la anodina urbanización La Dehesa. Nada indica a los caminantes, que han llegado hasta aquí por el Paseo de Chil, que tras esta calle se encuentra uno de los escasos corredores peatonales entre las dos grandes plataformas de la ciudad. Por el contrario, más bien, se diría que la calle, de aceras estrechas y ensanchada en dos carriles a los pocos metros, está trazada para ocultarlo.

El majestuoso flamboyán que asoma desde uno de los chalets de la urbanización La Dehesa no es suficiente para compensar la ausencia de ajardinado público en el tramo urbanizado. La ladera opuesta, libre de edificaciones, aunque parece un solar en expectativa de ellas, es sin embargo el aspecto visible más interesante del barranco: como todo este brusco desnivel del soporte geográfico de la ciudad, pertenece a la terraza de Las Palmas y contiene sedimentos y fósiles que testimonian que en tiempos remotos el mar alcanzaba sus más altas cotas.

Mientras caminan entre los coches aparcados y la urbanización, en la que destacan por su imagen y altura unos bloques de apartamentos con balcones neocanarios y ascensor exterior, el reportero y los paseantes que le acompañan se sienten un tanto intrusos. Los muros, las vallas, las alambradas y las cámaras de vigilancia de las viviendas, la ausencia de niños en la calle y la carencia de bancos y señalética, amén de la falta de aceras más anchas y de árboles en ellas, hacen que quién no frecuenta este lugar se sienta en él como un animal extraterritorial.

Tras sortear dos callejones sin salida con hileras de viviendas y llegar a la conclusión de la calle Chopin, aparece por fin el corredor peatonal, flanqueado por el propio descampado, ahora colonizado por palmeras en este extremo, y las casas Thorsen y Backhaus, dos magníficas viviendas realizadas en los años sesenta por Salvador Fábregas y de conservación desigual. De trazado sinuoso y construido mediante una escalinata, el corredor registra un escaso trasiego de viandantes, pese a que conecta dos grandes núcleos habitados como son Altavista y Ciudad Jardín.

Si difícil es averiguar el nombre del barranquillo, no resulta más fácil saber cuando fueron construidas las escalinatas. Quizá a finales de los años cuarenta, cuando se levantaron en Escaleritas las primeras viviendas de Ciudad Alta, quizá más tarde.

Los muros de las edificaciones impiden una contemplación amplia del paisaje de la Bahía desde las escaleras y sólo cuando se abre la puerta de un garaje los paseantes alcanzan a ver desde aquí las montañas de La Isleta. En el otro lado del corredor, se ha realizado un intento desgarbado de ajardinamiento de parte de la ladera, que cubre sus marcas geológicas, y se ha dispuesto un lecho de grandes piedras a modo de escorrentía que suma, más que resta, incongruencia visual al conjunto del paisaje.

El pequeño corredor concluye en el paseo de La Cornisa, a través del que continúan el reportero y sus acompañantes para seguir junto al borde del barranquillo. Precedida por el jardín desmañado, su cuenca está ocupada ahora por una sucesión de infraestructuras deportivas de acceso restringido, incluidos recintos de tanta significación social como la gallera y el campo de fútbol López Socas, que se construyeron en el barranco sin adecuación a su hermosa topografía. El entorno del terrero de lucha canaria, que concluye esta retahíla desconcertante de espacios deportivos y remata el curso mismo del barranquillo, refuerza la impresión de los paseantes que se han internado en él desde la calle Chopin: una barandilla, un pasillo en el desnivel y a continuación unas vallas -como si de una frontera fortificada se tratase- contrastan de forma muy discordante con la estructura abierta del graderío. En este final de trayecto, pues, ni la apelación a lo autóctono, impide a los paseantes sacudirse de encima la sensación de ser extraterritoriales en su propia ciudad.

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