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Aquí la Tierra Memoria del Edén

El principio esperanza

Una vecina de la urbanización Monteluz cuida desde hace ocho años un jardín minúsculo, que creó ella misma en la calle junto a la interrupción de la acera, los escombros de una obra abandonada y contenedores de basura

El jardín de E. en la urbanización Monteluz.

El jardín de E. en la urbanización Monteluz.

Dice en algún sitio un famoso escritor que "más vale una visita a un jardín que cien visitas a un museo". La sentencia peca de excesiva, ciertamente, pero si se la lee con la mente puesta en el panorama local, más de un lector coincidirá con el reportero en que con harta frecuencia produce atonía entrar en los museos y que resulta más estimulante la visita a un jardín. Por ejemplo, a uno de los más diminutos de Las Palmas, y uno de los menos conocidos -así debe seguir para su salvaguarda-: el que E. construyó en una parcela de menos de un metro cuadrado en la urbanización Monteluz, entre una acera que se interrumpe y unos contenedores de basura.

Todo comenzó como un juego. Hace ocho años E. ideaba nuevas iniciativas para entretener a su nieto, L., entonces un niño, y a C., amigo de éste y vecino de su abuela. La mujer puso los ojos en el ínfimo lugar descampado que estaba frente a su casa, al otro lado de la calle, y obstinada cuando se empeña con cualquier empresa, adquirió tierra con turba, semillas y herramientas de jardinería. Con la asistencia de sus jóvenes ayudantes fue dando forma al jardín que hoy, con los niños convertidos ya en adolescentes y su atención puesta en otros asuntos, ha seguido cuidando para regocijo suyo, y de los pocos vecinos, familiares y amigos que saben de su existencia.

Estos días, para protegerlo del calor agosteño, E. riega el jardín cuatro veces en semana, con precaución cuando echa agua sobre las hermosas asclepias de flores naranjas y amarillas, para proteger a los gusanos que se metamorfosearán en mariposas monarca. En el recinto hay también lavandas, igualmente florecidas; crisantemos, los más afectados por las altas temperaturas y agapantos e iris, que ofrecerán sus flores violáceas en primavera.

Más próximo a los Kew Gardens, con su trazado irregular y sus plantas aparentemente no domesticadas, que a la estricta geometría de los jardines de Versalles, este diminuto reducto, microcosmos que evoca como todo jardín el dominio macrocósmico del Edén, está ornamentado con piedras blancas -E. las llama "piedras de tanatorio", porque se suelen ver en las terrazas de estos otros lugares- y luce también cartelitos, a modo de botánico, con los nombres de las especies plantadas. Unas vallitas delimitan este reducido espacio de ensueño. Por fuera lo rodean los escombros de una casa nunca culminada, el asfalto, el cemento, un tajo en un terreno y los contenedores de basura.

El balcón de la casa de E., en el lado opuesto al que da al pequeño jardín, ofrece una vista panorámica de Las Palmas: Barranco Seco, en primer plano, la ciudad baja, al fondo, y en un punto intermedio, un extremo de lo que fue el palmeral de El Lasso, el mayor reducto plantado del árbol que dan nombre a la ciudad y que la desidia institucional convirtió en una enorme extensión de palmeras muertas. Cuando se piensa en ese panorama desastroso, el minúsculo reducto de E. adquiere el rango de jardín insurgente.

Los vecinos, que han visto como mima el pequeño cuadrado verde en el espacio de todos, aprecian y respaldan el gesto de E: los niños se cuidan cuando juegan a la pelota en la calle de que no caiga en el jardín y los propietarios de perros los controlan para que no se adentren en él. Entre su círculo de admiradores, E. cuenta además con los trabajadores del servicio de recogida de basura, que operan con los contenedores contiguos al jardín con extrema delicadeza para no dañarlo.

Principio esperanza. Otro escritor famoso que escribió un libro que incluye páginas sobre los jardines, dejó dicho en él que "el efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior". Que duda cabe que este efecto carga con especial intensidad la atmósfera que rodea al jardín de E. Y máxime porque, conocida su debilidad por los enanitos de escayola, se ha abstenido, hasta el momento, de colocar ninguno en su minúscula réplica del Paraíso.

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