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Historia El patrimonio de la muerte

El cementerio del cólera

La epidemia mató en 1851 a más de 5.600 personas, la mitad de ellas, en la capital

Al año 1851 se le conoce en Las Palmas de Gran Canaria como el del cólera. La epidemia no duró tanto tiempo, apenas fueron casi cuatro meses los que estuvo presente en la Isla, pero su paso por ella fue sumamente letal. Más de 5.600 personas murieron infectadas y, la mitad, eran vecinos de la capital. Los restos de todos ellos reposan en el cementerio de Vegueta, algunos en ostentosos panteones, la mayoría en las fosas comunes que se crearon para evitar el contacto y el contagio con aquellos portadores de muerte. A estos últimos es a quienes se ha querido recordar con la última visita que ha organizado el Cabildo por las instalaciones de la primera necrópolis de la ciudad. Porque si en ella descansan personalidades ilustres como Tomás Morales o Alfredo Kraus, también lo hacen miles de anónimos que forman parte del devenir de su propia historia.

Para poder entender lo que albergan las entrañas del camposanto, hay que remontarse al siglo XIX, concretamente a su mitad. Antes de que las murallas cayesen en 1852 pos del crecimiento natural, el municipio ya contaba con una concurrida periferia donde el boom del cultivo de la barrilla, la papa y el millo trajo consigo el asentamiento de numerosas personas procedentes de otros municipios. "Se crearon especies de guetos en los que las condiciones fitosanitarias eran lamentables", explica David Naranjo Ortega, arqueólogo que trabaja para la empresa Tibicena Arqueología y Patrimonio que se hizo con la concesión de las visitas guiadas del Gobierno grancanario.

Esta situación insalubridad fue la que favoreció a que, tras superar los brotes de fiebre amarilla de 1811 y 1813, la sequía de 1839 y la gran hambruna de 1847; la ciudad volviese a ser azotada con ferocidad por una nueva epidemia. El cólera morbo desató el 24 de mayo de 1851 en el barrio de San José. Allí, "la primera afectada fue María de la Luz Guzmán, una lavandera que se afanaba en la limpieza de la ropa de un barco, el Trueno, que llegó procedente de La Habana (Cuba)". La mujer apenas tardó unas horas en morir ya que esta enfermedad apenas concede dos días más de vida a quienes se contagian de ella, "a través del agua o del contacto con las heces". La voz de alarma enseguida saltó y lo primero que hicieron los gobernantes de la época fue crear un cordón sanitario para evitar que se propagase por el resto de la Isla.

La medida tan solo fue acatada por las clases populares ya que las privilegiadas pronto se marcharon de la ciudad. "Fueron ellos los que llevaron el cólera a Arucas, Teror o Telde", apunta Naranjo Ortega. Esto se tradujo en miles de muertes en los citados municipios, si bien la peor parte fue en Las Palmas de Gran Canaria, donde perecieron la mitad de los más de 5.600 afectados. Inevitablemente, el miedo también se propagó como el mismo cólera y la vida social, económica y cultural también sufrió las consecuencias de las letales diarreas.

La epidemia cambió el propio concepto de la muerte, arraigado hasta entonces al hogar donde se acompañaba y despedía a los moribundos hasta su último aliento. El temor al contagio provocó que los enfermos murieran solos y ni siquiera se les tocaba para su sepultura. De eso se encargaban los presos de delitos menores a quienes se les liberó de la cárcel para, literalmente, "quitar el muerto de encima" a los ciudadanos. A ellos se les encomendó la tarea de recoger en carros los cadáveres que eran sacados a la calle y que, después, se llevaban al cementerio. "Cuentan que el olor era muy fuerte y que no se podía ni pasar por la entrada debido a que esta estaba llena de cuerpos sin vida amontonados". Aún así, "nunca se les agradeció a los reclusos su labor, de hecho, la oligarquía los veía como una molestia", comenta el arqueólogo durante la actividad a la que se han inscrito 140 personas.

La mayoría de los fallecidos eran enterrados por los reclusos en fosas comunes. Tan solo los adinerados tenían su propia tumba, como es el caso de Matías Matos Matos, a quien el cólera le arrebató al vida a los 52. Algunos como Magdalena Manrique de Lara descansan en un panteón. Ella tenía tan solo 15 años cuando exhaló su último aliento aquel verano de 1851 en el que se paralizó la cotidianidad grancanaria. Y es que las fiestas se suspendieron y hasta la de la Virgen del Pino se retrasó dos meses, celebrándose el 8 de noviembre. Asimismo, la epidemia tuvo fuertes consecuencias en la natalidad ya que había menos mano de obra para trabajar los campos y, por lo tanto, menos alimentos. Hubo que esperar a la llegada de la cochinilla para que la actividad económica volviese a remontar.

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