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Aquí la Tierra Travesías

Ensayo sobre el exotismo

La placa de la calle Cocotero, y dos árboles nacidos en un mismo alcorque que se curvan,disparan la mente hacia los Mares del Sur

Ensayo sobre el exotismo

Ensayo sobre el exotismo

Si Víctor Segalen llamaba a Pierre Loti "proxeneta de la sensación de lo diverso", por su reducción del exotismo a estereotipos de consumo, el autor de Ensayo sobre el exotismo, a qué dudarlo, tildaría de lo propio a este reportero, que encima le copia el título de su libro para rotular este reportaje. Pero es que en este tramo de la calle Cocotero del barrio de Las Torres, con la placa que indica el nombre de la vía, y ante estos dos árboles emergidos del mismo alcorque que se curvan tan elegantemente, la mente del periodista se sumerge rápidamente en el ensueño de los Mares del Sur.

Cocotero. Su solo nombre evoca un tráfico incesante de barcos que navegan por el siglo XIX cargados con la preciada copra de las colonias polinesias. Pero estos árboles de la calle Cocotero no pertenecen a esta especie, el cocotero, ni tampoco a la familia de las palmeras, otra planta que en este contexto trae ecos de islas y atolones remotos. ¿Serán entonces árboles del pan? ¿O tal vez toromiros, como los que se usaron para trasladar los moai de la Isla de Pascua? Queda pendiente una llamada a Carlos Suárez, el botánico al que este reportero acude cuando se encuentra en apuros en la materia.

Sea como fuere, basta, como se ha dicho, con una placa con el nombre de una calle, Cocotero, y unos árboles de porte exótico, como los que nacen del citado alcorque, para que la memoria del periodista se ponga a trabajar y se olvide, valga la paradoja, de que se encuentra en uno de estos barrios anodinos que han aparecido en las últimas décadas en Las Palmas. Para que se acuerde, por ejemplo, de Tusitala, El contador de historias, como llamaban los nativos de Samoa a Robert Louis Stevenson. Ojalá este otro contador de historias periodísticas sobre Las Palmas tuviera, siquiera, una pizca de los poderes taumatúrgicos para embelesar a su público del autor de En los Mares del Sur. Viajes y aventuras.

Para ser honesto, y mientras no aparezca un experto que sostenga lo contrario, la verdad es que la fotografía tomada por el firmante tampoco acredita mérito suficiente como para ser exhibida en alguno de los más importantes museos del mundo. Pero de ello, en cualquier caso, no tiene la culpa el referente: ni la calle Cocotero, ni su placa, y, ni tan siquiera, los dos árboles que nacen del mismo alcorque. Piénsese, si no, en las extraordinarias pinturas que Paul Gauguin realizó en Tahití. Éstas no son una réplica fidedigna de lo que era la isla cuando el artista la representó entre finales del XIX y principios del siglo XX, pero su mirada abundante se tradujo en cuadros que siguen embelesando a las generaciones actuales. Por lo tanto, no hay que ser una autoridad en arte para afirmar con rotundidad que si Gauguin viviese hoy y, en vez de marcharse a Polinesia, eligiera instalarse en este tramo de la calle Cocotero, sus cuadros convertirían este punto de Las Palmas en lugar de peregrinaje mundial.

Al otro lado de la pequeña calle, mientras observa la acera de enfrente, el reportero no tiene que esforzarse demasiado para imaginarse en el pellejo de Herman Melville, a punto de arribar a una de las islas Marquesas, tras fugarse del ballenero Acushnet, para pasar unas excitantes "vacaciones" entre caníbales. Y, ya puestos, el periodista tampoco necesita estrujarse los sesos para convocar en su cuerpo al espíritu del Capitán Cook, a un palmo de la orilla de una playa de Tahití, donde jóvenes nativas deseosas le aguardan junto a sus tripulantes. Mejor, claro, este primer viaje del marino inglés a Tahití, que el segundo, aquél, como se sabe, en el que fue acuchillado y muerto en esta u otra playa, horizontal y extendida, como la acera de la calle Cocotero, una vez que los indígenas descubrieron que no era la encarnación del dios Lono.

Es verdad que la valla, la verja y la cinta que prohíbe el paso desentonan un tanto con estos efluvios de postal, pero, aliada con la memoria, la imaginación corre presta en ayuda del periodista para que no se vaya al garete un reportaje que, mal que bien, va cogiendo cuerpo. Así, cabe pensar, por ejemplo, en la fase de construcción del atrezzo de Rebelión a bordo, ya sabe el lector, aquella película sobre el motín de la Bounty, el buque de la Armada Inglesa, protagonizada por Marlon Brando, que concluye con parte de los sublevados fugados con unas hermosas polinesias a una de las islas Pitcairn. Estupendo, pero ¿y el enigmático banco en la acera, que no amuebla una parada de guagua ni zona de esparcimiento alguna, sino que se orienta con precisión a la valla que se alza al otro lado de la calle? Pues este solitario banco, como todos los lectores ya han captado, ha sido colocado por el Ayuntamiento para que cualquier transeúnte pueda ponerse a contemplar con placidez el espectáculo de los sacrificios humanos.

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