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Cinco hogares para un colegio

El Viera y Clavijo se inauguró en 1932 en las instalaciones de Obispo Rabadán alquiladas a los claretianos

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La Ciudad de ayer | El Viera en la memoria

La II República (1931-1939) trajo consigo la secularización del Estado y con ella medidas como la prohibición de los centros de enseñanza religiosos en pos de un sistema educativo público que combatiese la alta tasa de analfabetismo que predominaba en el país. En Las Palmas de Gran Canaria de aquellos inicios de los años 30 esto supuso el cierre de los colegios que dirigían las dominicas, los jesuitas y los Hijos del Corazón de María para descontento de algunos padres que vieron a sus hijos abocados a las escuelas estatales que, en aquel momento, "no gozaban del prestigio que tienen ahora" en lo que al nivel de docencia se refiere, apunta Gonzalo Melián García. En este contexto de cambio político fue precisamente su padre, Juan Melián Cabrera, quien junto a Santiago Sánchez, Pedro Cullen, Agustín Martinón y Ernesto Cantero decidieron buscar una alternativa que satisficiera la necesidad social de una educación de calidad que, finalmente, se tradujo en la creación de uno de los colegios más emblemáticos de la ciudad: el Viera y Clavijo.

"Ellos querían abrir un centro que respondiera a sus ideales, en el que hubiese Educación Primaria, Secundaria y Comercio, que fuese mixto y de ámbito regional, de ahí que eligieran ese nombre", explica Melián García. Fueron necesarias varias reuniones para asentar las bases de este sueño que terminó por convertirse en una realidad en 1932. El Viera, como es conocido popularmente entre su numeroso alumnado, abrió sus puertas ese curso en las instalaciones que les alquilaron a los claretianos y que todavía existen entre las calles Obispo Rabadán y Tomás Iriarte. "Fue todo un éxito y se superaron las propias expectativas de los fundadores al contar con 150 alumnos". Entre aquellos primeros alumnos se encontraban personalidades como el historiador Antonio de Béthencourt y Massieu o el tenor Alfredo Kraus - que estudiaría después en el Claret-, cuya hoja de inscripción conserva Melián.

La excelencia de su profesorado y los buenos resultados académicos del alumnado, que en aquel entonces tenía que ir a examinarse al Instituto Nacional de Enseñanza Media de Las Palmas, hizo que la fama del colegio creciese como la pólvora. Tanto es así que, tan solo un año después de su apertura, 200 niños estudiaban entre sus paredes Primera Enseñanza, 130 Segunda Enseñanza y 16 Comercio, así como 12 eran medio pensionistas y 16 residían en el internado que también tenía el centro.

Sería a finales de ese periodo escolar cuando un nuevo giro en la política durante el conocido como Bienio Negro (1933-1935) en el que gobernó el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux junto con la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) cuando, al levantarse el veto sobre la enseñanza católica, los Hijos del Corazón de María pedirían recuperar sus instalaciones, no sin conceder a los todavía moradores un año de prórroga para encontrar un nuevo emplazamiento. El lugar elegido, la casa del afamado doctor Luis Millares, estaba ya marcado por la historia.

Sede del Cabildo Insular y punto de encuentro y tertulia de la élite intelectual, cuenta Gonzalo Melián que la vivienda era frecuentada en sus visitas a la Isla por Miguel de Unamuno, quien la bautizó como 'la casa del Espíritu' debido al ambiente que allí se respiraba. "Según me contaron, aunque no tengo nada que pueda demostrarlo, en el que nosotros llamábamos salón general se habían celebrado numersos teatrillos y dicen que Unamuno escribió una obra para que se estrenara allí y allí se estrenó", relata como anécdota sobre la edificación que obtuvo los permisos pertinentes para poder adaptar sus dependencias a la docencia. Si bien poco después del traslado al inmueble ubicado en la calle Luis Millares -entonces San Ildefonso- esquina con López Botas, el claustro del Viera y Clavijo viviría uno de los sucesos más duros de su historia. "El día 17 de julio de 1936, un día antes del golpe franquista, don Santiago Sánchez viajó a París con su sobrino Manuel Guerci para operarse de un cáncer de garganta y finalmente falleció". La noticia no llegaría hasta la capital grancanaria hasta octubre de ese año debido a la convulsa situación política.

Tras este suceso, y con la marcha en 1933 de Martinón y Cantero para hacer cátedra en La Laguna, fueron Cullen y Melián los que se convirtieron en los nuevos directores, cargo que, hasta ese momento, había ostentado el fallecido. La Guerra Civil (1936-1939) no salvaría de problemas al Viera, que sufrió las críticas de algunas autoridades que no veían con buenos ojos que la prole de los encarcelados por sus ideas políticas no tuvieran que pagar las cuotas del colegio. "Muchas madres fueron a quitar a sus hijos porque no tenían dinero para pagar la mensualidad, así que se decidió que fuera algo gratuito para ellos".

Asimismo, el final de la década traería consigo nuevos retos para los dos únicos fundadores que quedaban al frente de la entidad educativa. "Mi padre y Pedro Cullen se dieron cuenta de que había niños que tenían que venir desde el Puerto, que entonces estaba muy alejado del centro de la ciudad, así que decidieron abrir allí también un colegio". El masculino lo haría en el número 54 de Alfredo L. Jones, por donde ahora se encuentra el balneario de Las Canteras, bajo el nombre de Viera y Clavijo del Puerto. Muy cerca, en Nicolás Estévanez, 78, se emplazaría la sección femenina como José Viera y Clavijo del Puerto. En este último estudió Goya López quien recuerda de manera especial los recreos en plena arena de la playa, disfrutando con juegos como el del pañuelo.

Habría que esperar hasta 1944 para que estos centros fueran reconocidos como colegios, ya que hasta ese año dependían de sus homólogos de Vegueta. Pero la fiebre del turismo y la revalorización de los edificios a orillas del litoral hizo que finalmente fueran cerrados sobre los 60, cuando los propietarios de las viviendas en las que estaban instalados las reclamaron para destinarlas a otros usos. Fue así como sus alumnos tuvieron que trasladarse a las instalaciones de la casa del doctor Millares, que en 1941 pudieron comprar Pedro Cullen y Juan Melián; y que tuvieron que reforzar con el alquiler de otras dos viviendas colindantes debido al alto número de estudiantes.

"Yo estaba en quinto o sexto curso cuando llegaron los nuevos compañeros", rememora Gonzalo Melián a quien la memoria le regala la imagen de alguna que otra travesura de la infancia, relacionada, sobre todo, con la separación de sexos que le vino impuesta por el Estado al Viera. "Ellos querían que fuera mixto, pero la ley no lo permitía y nosotros teníamos prohibido pasar por delante del colegio de las niñas", asegura divertido Gonzalo Melián. No obstante, los chiquillos siempre encontraban la manera de "establecer comunicación" con las chicas a las que solían escuchar en el recreo. "Ellas entraban por una puerta distinta a la nuestra, que estaba en López Botas, pero nosotros conseguíamos verlas rascando la pintura blanca que había en las ventanas que daban para su patio", relata. Esta era tan solo una de las inocentes fechorías que, sin embargo, eran innecesarias el día de la excursión del colegio en el que los profesores "hacían la vista gorda" y hasta dejaban fumar o almorzar a todos juntos.

"Eran otros tiempos", apunta entre risas el hijo de Melián. Lo eran. Pero a pesar de la represión imperante, los alumnos del Viera fueron educados en el respeto y la diversidad a todo tipo de ideales, sin que los de sus propios profesores interfiriesen en ellos. "Muchos de los docentes que nos daban clase habían sido expulsados antes de la educación pública por su pensamiento político, pero jamás nos transmitieron ningún tipo de odio", comenta con orgullo quien estuvo hasta el final unido al Viera.

Fue en 1977 cuando el colegio fue traspasado a una cooperativa que, poco después, terminó fracasando. Esto supuso el cierre definitivo del centro educativo "con clase, histórico, maravillosos profesores y muy adelantado para la época que guardaba una estructura con suelos de madera, laboratorios con el típico azulejo pequeño blanco donde se hacían ensayos y más de cuatro esculturas griegas de gran tamaño en el pasillo de entrada que le daban un porte muy clásico, pero precioso", según apunta el hermano menor de Goya López, José Luis. Nada queda de todo ello después de que, a finales de 2008, el inmueble fuese derruido para formar parte de la ampliación del Museo Canario. Una pena para muchos de los que encontraron entre sus paredes las bases de su propio futuro.

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